lunes, 27 de agosto de 2012

Yolanda y Esther


Yolanda va al banco y encuentra una vieja amiga. En su cartera solo hay una tarjeta de crédito escaseado en fondos. Su amiga- que se llama Esther- lleva  una factura. Ambas entablan sobre el hogar y el día a día. A Yolanda le duele el corazón pero no dice nada, sin embargo, a Esther le duele sonreír porque bien se sabe que no es fácil ocultarse en una máscara. Yolanda usa zapatos de tacón, hoy ha decidido ser la mujer que desea ser. Esther lleva zapatillas, se ha acostumbrado a ignorar su imagen frente al espejo.

Les aguarda una cola interminable de espera. Se funden en silencio. Puede oírse el ruido metálico del cajero automático y Yolanda no desea otra cosa que comprarse aquel vestido que ha visto minutos antes en un escaparate. Pero el vestido tendrá que esperar, hay una bata blanca y azul esperándola en un portal, ha de gastarse una mínima cantidad en fregonas y trapos. Esther deletrea en un papel lo que necesita llenar en el carro de la compra. Hay tres bocas que esperan su llegada.

Yolanda acaricia la baldosa brillante con su zapato y se pregunta cómo puede haber guiado su vida de esa manera. La cola disminuye, huele a perfume y papeles. Esther pende su mirada en el mostrador, se muerde los labios, hay una pequeña herida en la comisura, esta cansada y tampoco dice nada. Yolanda mira los carteles y envidia esos rostros satisfechos. Sabe que su vida cambiará, la esperanza es el pan que la alimenta cuando advierte el vacío que torna su rutina. Mira a Esther y la ve pálida, remilgada. Debería preguntarle si acaso es feliz pero han pasado años y es incómodo. Esther suspira y da un paso adelante, quiere encontrar afecto en alguien, desea oír que todo irá bien. ¿Cómo puede sentirse tan sola rodeada de personas? ¿Cómo puede siquiera desear romper los hábitos que turban sus deseos de volar?

Yolanda se aprende la espalda de Esther y piensa en invitarla a un café. Deben haber sucedido demasiadas cosas, al fin de cuentas no viene mal un poco de compañía. Esther pronuncia un adiós y a Yolanda se le rompe algo dentro. Espera a que su turno acabe y sale a la calle en su busca. Esther camina con los pies torcidos, es una de esas manías que Yolanda aprendió bien y que hizo reconocerla entre la multitud. Cuando la alcanza, la ve indefensa y piensa como puede tener los ojos tan tristes. Esther sonríe y acepta su compañía.

Helas allí, sentadas y solitarias, contándose lo que se perdieron y ganaron a lo largo de la vida. Esther musita que una vez encontrado a Yolanda ha liberado en si esa pequeña esperanza de poder retomar la decisión de ser la mujer que sabe que puede llegar a ser. Y a Yolanda no le importa que esa bata azul y blanca esté esperándola en el portal, ambas se funden en una deliciosa sonrisa que prevé que la vida de estas dos mujeres va a cambiar. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Lo que quedará de ti




¿Qué les diré cuando vean que ya no estás y ese triste piano que está bajo el cuadro que pintaste un día? ¿Qué podré inventar cuando vean mis labios hinchados y silenciosos? ¿Qué podré decirles cuando vean la cama bien hecha y el perchero ausente de tus prendas? ¿Y cuando no vean aquel vaso que escogías siempre para el café? La puerta fue una boca llorona que gritó tu nombre una vez te marchaste. Escupiste que yo no era aquel disco de vinilo que te recordaba a la época de los ochenta.

Aun rio cuando recuerdo que cogiste el abrigo equivocado, era el mío el que te llevaste, ¿cómo no pudiste darte cuenta? Te dije adiós y creíste haber ganado. ¡Pobre de ti cuando deambules esas calles que harán recordarte las curvas de una mujer! Cuando entres en una iglesia y no te quede nada por lo que rezar. Cuando lleguen las noches y lo único que dormirá contigo será tu soberbia. Hemos batallado con nuestras lenguas de fuego y las cenizas son cristales rotos que rompimos creyendo que con eso nos habíamos desfogado. Dijiste: “no te enamores de mí” y preparé la mejor comida del mundo para ti. Susurraste: “sexo” y vestí mi cuerpo con la mejor picardía que encontré. Dijiste: “marcharé un día” y seguí preparando la mejor comida del mundo. Planché tus inquietudes y máscaras, limpié incluso las bisagras de la puerta para que vieses en ellas tu talante ridículo. Nuestra cama era una boca sucia que guardaba nuestros secretos. ¿Qué éramos en verdad? simplemente habitaciones sin cerrojo, dos tazas vacías, un reloj triste, un beso sin ser beso.

He decidido empaquetar lo inservible, estarás lejos mientras yo no desearé otra cosa que lo mejor para ti. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Una sombra en la ciudad.






Hoy la ciudad susurra tu nombre y acribilla mi silencio sobre el asfalto. El sol es tan solo el bostezo de un Dios. Escondo las manos en los bolsillos, empiezan a tornarse maduras, no estoy preparada para crecer. Tal vez hoy pueda concederme ser ese pájaro que encontrarás en el alfeizar de tu ventana. Añoro el balanceo cansado y triste de tus brazos alzando mi cuerpo, y esa mirada, ¡vaya, si, esa mirada! Como olvidarla. Has decidido partir a otra ciudad porque tu nido se hizo pequeño, nada quedaba pendiente a tu alcance, ni siquiera la súplica de estas pupilas mías que brillan tristes bajo una bombilla sucia. El pomo que sintió tus dedos, me ha regalado por última vez esa huella tuya que apenas se ve pero que hago latir entre mi mano. Una vez que te fuiste, aprendí a que no me saliese amargo el adiós. He sentido las nubes muy cerca, han sido mi sombrero cuando caminaba incansablemente hacia aquel lugar donde te conocí. Sé de memoria los números que tiene el calendario que yace clavado en la pared de tu despacho, al igual que sé irónicamente la cantidad de gotas secas que tiene cada ventana que rodea tu calle. En las noches velo por tu sombra, a veces la imagino entrar sigilosa por la rendija de la puerta para acariciar mi piel febril y dolida. He visto tus labios blandirse en la incomprensión. Ya lo ves, soy una esencia más que deambula sin sol y sombra por las calles de esta pequeña y apagada ciudad.