lunes, 30 de julio de 2012

Gato


-         - A ti no te gustan los gatos- dijiste.

Y te respondí “claro que me gustan, el problema es que yo no les gusto a ellos”

Qué de las veces que habías intentado agarrar uno para mí y acababan debajo de los coches. Yo replicaba diciendo que me usaban para alimentarlos con un cuenco de leche. Me mirabas y decías divertido “¡pero si a mí me encantan los cuencos vacíos!”

Te miraba sin entender y tu risa se hacía más fuerte.

-       -   Tal vez debas ofrecerles cuencos vacíos, así intuirán que lo único que puedes darles es tu soledad. A los gatos les gusta no pertenecer a nadie.

Qué razón tenías. Sin embargo, había uno en especial del cual me enamoré, uno pequeño y travieso que parecía una mancha de leche.
-         
  - Me abandonará.- sollocé. Sentí tus brazos rodearme, juré no haber sentido unos brazos tan fríos como los tuyos.

Decías que los gatos no abandonan y yo me oí alzar la voz diciéndote “los gatos aman los tejados y la soledad. Aman por igual la luna, porque les recuerda al pecho de una mujer”.

Acercaste tu boca en mi oído y aquello fue el mayor peligro del mundo.

-         - Ese gato no  se irá de tu tejado si lo alimentas con amor- susurraste.

Hundí la cabeza en tu hombro y depositaste en un mechón travieso de mi cabello una flor que encontraste aquella mañana. Al día siguiente te marchaste y dejaste una caja de cartón en la entrada de nuestro piso. No tardé en descubrir a un gatito que tenía tus mismos ojos. Decidí hacerle un nombre y alimenté nuestra compañía con las palabras que me regalaste un día, aquellos que hicieron hacerme entender que nadie pertenece a nadie.

martes, 24 de julio de 2012

Hasta siempre.




Ya ves, ha sucedido así. Un domingo, ¿qué curioso verdad? A ti que tanto te gustaban los domingos. Lo viviste como habitualmente hacías, pero aquello que realmente te hacia feliz-que era disfrutar de la ciudad y sus aceras-fue lo que terminó matándote. Como odio esa palabra, como detesto tener que sentirla cuando te vi inerte entre mis brazos, pero en tus ojos  ya apagados, solo vi una vida vivida a nuestro lado. Que triste será ahora todo sin ti, ya no te oiré ladrar, siquiera gruñir o llamar la atención. No estarás detrás de la puerta para darme la bienvenida, y tampoco te veré con la cabeza apoyada en el cesto de mimbre. No estarás creando paisajes a mi lado ni veremos crepúsculos y anocheceres. No subirás en mis rodillas para buscar calor ni tampoco intentarás dibujar una sonrisa mía. Ya no nos tendremos el uno al otro, no nos veremos tristes ni contentos. Ya no podré enjabonar tu cuerpecito azabache ni te sacudirás empapándome a mí por igual. No olerá a ti la casa, ni llorarás por las noches. No se oirán tus pasos en el pasillo y no correrás extasiado de alegría al verme llegar en la calle para infundirnos después en un abrazo. Perdóname por las de veces que te he reprochado por no hacer una cosa bien o no aprender a hacer tus necesidades en la calle. Ojala hubieses sabido lo mucho que te quería, y de lo que has aportado en mi vida, de lo maravillosa que me has hecho sentir aquellos días de soledad y de los cuales has compartido conmigo. Fuiste un gran amigo y un gran perro. Ya no volveré a verte y duele mucho, tanto que a veces incluso no lo soporto. Pero dejas la huella de tu existencia y tu recuerdo en mi alma y en mi corazón. 

miércoles, 11 de julio de 2012

Destino: Francia.




Hemos decidido cerrar las ventanas, pronto anochecerá, pero quiero quedarme un poco más acurrucada a su lado. Antonio huele a varón dandy y se mezcla con el aliento de un sorbo de vino lambrusco. Esta noche se presenta fría y el paisaje que se divisa debería ser menos mohíno. Nos abandonamos en caricias y recuerdos. París quedó atrás, impreso en mi billete de vuelta, con una manchita marrón en el reverso, creo recordar que fue por el último sorbo de café. En el vagón hice amistad con un uruguayo que viajaba por primera vez  a Francia. Al principio dudó en compartir su soledad con la mía, después nos vimos reflejados en el cristal de la ventanilla, disfrutando de un buen vino.  En ese trayecto conocimos el sabor de la nostalgia y anotamos en nuestra memoria versos de los grandes poetas, como por ejemplo fragmentos de Pablo Neruda, Mario Benedetti…
 El favorito de mi acompañante era el poeta Roberto Bolaño. A mí, sin embargo, me estremecían las cálidas confesiones del poeta Pablo Neruda. Miguel, que así se llamaba, confesó no haberse sentido tan solo en los últimos meses. Su novia falleció repentinamente justo cuando ambos habian decidido casarse ese mismo año.
La mirada de Miguel era una espiral de desvaríos. Observaba anonadada el movimiento que proyectaba sus labios cuando quería decir algo y no sabía cómo poder expresarlo. En mi anular estaba el anillo de oro que aseguraba mi responsabilidad conyugal. El crepúsculo parecía quemar las ventanas con sus rayos anaranjados y amarillos. Los ojos de Miguel eran el espejo de un mar contaminado.
-        -  ¿Alguna vez has temido encontrar algo que cambiase por completo tu vida?- preguntó con esa chispa de embriaguez.
Sopesé la pregunta unos instantes.
-          -Creo que todos hemos temido poder descubrir algo que no sabemos si nos hará ganar o perder. Ahora por ejemplo temo este momento.
-         - ¿Por qué?
-         - Porque  cuando bajemos de este tren no sabremos más el uno del otro.
-        -  ¿Qué podemos hacer?
Enrosqué un mechón dorado entre mis dedos. Bajé la mirada y susurré: Nada, no podemos hacer nada.
En esas seis horas de viaje, supimos mucho el uno del otro. Me dejé atrapar en la telaraña de su voz y soñé con romper el reloj, perderme en ciudades desconocidas y buscar la libertad que no me había atrevido conocer. Quería vivir otra vida, desaparecer como acostumbran hacer los que deciden olvidar su nombre.
Antonio me sujeta los dedos y los lleva a su boca. Él no sabe que están envenenados por secretos. Miramos juntos las paredes y hacemos el amor en silencio. Cada movimiento es un sigilo.  Mientras inhalo su aliento me pregunto si acaso no estaré enamorada de un fantasma. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Viernes, 22:00 P.M





I

Es viernes y el atardecer deja besos de colores en los suelos brillantes del aeropuerto. Las sombras que proyecta la luz de los escaparates sobre nuestras caras, cuentan historias y encierran soledades. Miro las manos y las comparo a las que deseé durante tanto tiempo. Mientras ansío que el altavoz anuncie mi vuelo, descubro un rostro que mirándolo de lejos parece cercano. Él acaba encontrándome a través de la memoria y me trae el sueño que deseo vivir a su lado. Recuerdo las caricias lentas y suaves, de un juego delicioso.

Hoy no permitiré que mi corazón flaqueé, voy a darle un nombre a esta sombra mía. Ha transcurrido una hora y viajo sentada al lado de la ventanilla, disfruto mirando estrellas y pintando deseos que solo ellas conocen. Sigo soñando entre nubes ácidas y plateadas. Veo mi destino dibujarse en el cristal y lo cubro con mi aliento.

Bajaré del avión, volverán a temblarme las piernas y él estará esperándome después de tanto tiempo. Tratará de adivinar que esconde ahora esta cara surcada de preguntas. Cree conocerme pero nunca se termina de conocer a alguien. Estará entre la multitud con un nuevo jersey o aquella vieja camisa blanca que se puso el primer día que nos conocimos. Una vez reencontrados, abrigaremos nuestra piel con besos inquietos y me llevará a casa.



II

Duerme apacible, juego con sus mechones, aliso y estiro su piel untuosa, sueño no separarme nunca de su lado. Aun no es tarde aunque el reloj nos contradiga. Decido salir a la terraza y respiro la ciudad. El amanecer viste el mar de color naranja y rojo. La brisa de la mañana calienta mis brazos, disfruto de esta soledad. Intento rezar pero he olvidado cómo hacerlo. Hubo un tiempo en que busqué a Dios, pero la fe acabó apagándose como un fósforo en aceite. Podría haber encontrado una respuesta y todo habría cambiado.

Una anciana juega con su reflejo en los cristales de su balcón y aprendo hacerme vieja. Las agujas que crean los minutos son como alfileres que arañan oportunidades y nuestra piel joven y suave. Las gaviotas trizan el cielo con los compases de su libertad y parecen bisbisear mi nombre. Encuentro hermoso lo innombrable.

En unas horas dejaré esta ciudad y todo seguirá igual. Sonarán con la misma melodía sus buenos días, aun quedarán esas miradas que esperarán sentadas. Se acallarán los incesantes ladridos de los perros cuando el sol ofrezca su generosidad. Las campanadas de la iglesia seguirán siendo fieles a las diez, y él me buscará cada día entre el vacío de las sábanas. Cuando me haya ido, encenderá el reproductor de música y volverá a sonar la canción que nos envolvió anoche mientras nos empapábamos en pasión. Tal vez me extrañe tanto que olvidará quitar la función de repetición, o tal vez… solo esta vez, lo apague y enfunde su dolor en la rutina de verse tumbado en la cama sin hacer nada, salvo ver aquella serie que tanto le gusta. Recordará mis posturas traviesas y morderá sus labios imaginando que son los míos. Ignorará el calendario porque a veces las semanas parecen años, es más fácil ignorar la impaciencia.


¿Y yo?, es sencillo, contaré hacia atrás. Dibujaré una sonrisa a quienes esperan mi llegada y fingiré que todo va bien. Cuando llegue la noche pondré la almohada de lado, para darle forma de un cuerpo y dormiré empapada en tristeza. Haré de mi vida un transcurso de inquietudes hermosas y disueltas y mantendré su recuerdo en una cajita de latón que será abierta cuando nos veamos nuevamente. Alguien dijo que no debemos aferrarnos a los corazones que laten lejanos. El avión retorna a esta otra ciudad en la que resido y creo recordar no haberme sentido nunca tan plomiza.

Alguien me espera con los brazos abiertos, escondo la nariz en su suéter con olor a lavanda. Vuelvo a casa.