jueves, 14 de junio de 2012

Natalia




Se llama Natalia. Tiene los ojos grises Y en ellos encuentro nebulosas espirales. Cepillo su pelo cada día. Cuando la miro sé que algún día podrá decirme lo mucho que me quiere. Natalia tiene diecisiete años Aunque parece tener siete. Ambos caminamos en un prado que empieza a florecer. Todo lo que nos rodea es hermoso y Natalia lo engrandece con sus zapatillas rosas y su camiseta de los Simpson. La gente nos mira mientras ella mueve el cuerpo con entusiasmo. Tiene una boca preciosa. Sueño con que algún día un chico pueda decirle lo mismo. Natalia grita mi nombre veinte veces al día y dice que le da suerte. Soy el único que puede hacerla sonreír en esta guerra fría de derrotas y confusiones. Natalia, mi dulce Natalia, daría lo que fuera por comprarle un escaparate entero de golosinas, vestirla a la última moda y ofrecerle el mejor lugar del mundo. No es consciente de lo que está bien o mal, no puede descifrar lo que queremos decirle o advertirle. No debe quedarse sola más de cinco minutos, es el mayor peligro del mundo.


Hoy Natalia ha dejado suelto su pelo rojo. Lleva una bolsa de caramelos en una mano mientras que con la otra agarra fuerte la mía. Somos cómplices en un mundo que solo nosotros conocemos. Inventamos paisajes, historias, todo lo que siempre hemos soñado. Soy confidente de su tristeza y alegría. Nadie entiende que es el mundo para Natalia, ni siquiera yo. A pesar de su enfermedad es inteligente y cuando observa, sabe hacer sentir a alguien que es especial. Podría hacer bailar una habitación. Pronto anochecerá, ella salta de alegría y gira sobre sí misma. La contemplo y quiero decirle lo maravillosa que es, lo feliz que me siento cuando rompe mi soledad. Somos dos moléculas distintas flotando en un universo indescriptible. Natalia es ese baúl que guardará dentro el secreto de su silencio

lunes, 11 de junio de 2012

Ángel de la victoria




Anduve perdida un miércoles, los pájaros borraban mi sombra sobre el asfalto. ¿Qué pretendía encontrar?.

Me alertó el susurro que escuché la noche anterior a tu partida. Terminarías volviendo y así esperé tu aliento para despertar. Recorrí la ciudad buscando tu nombre en letreros, en los adoquines, en las esquinas donde los ancianos recrean día tras día las mismas historias. Los semáforos brillaban como unos pendientes polícromos. Subí al un autobús y tampoco encontré tu nombre en los asientos. Odiábamos los lunes y nos habíamos conocido en ellos. Se hizo tarde e intenté alcanzar mi sombra.

Te fuiste y no pude susurrarte que vi un ángel escondido entre la frondosidad de aquel parque que JUNTOS contemplamos, ahora apenas transitado. Olvidé decirte tantas cosas...
¿A qué sabían mis lágrimas? ¿Por qué era tan amargo aquel café?. Dos puertas heridas parecían las alas de aquella estatua de piedra que miraba hacia otro horizonte. Decidí esperarte mientras las nubes empezaban a cubrir con sombras a aquel ángel que soplaba mi nombre mientras yo limpiaba la humedad de mi cara.

Volviste y te dijeron que yo había desaparecido, pero no supieron que había fundido mi alma entre las piedras antiguas que ahora miran tu ventana.