domingo, 27 de mayo de 2012

Bohemios.



De repente todo parece ridículo. Somos dos sombras tumbadas en un colchón que huele a cerveza y tiene algunas manchas grises y rojitas. La habitación parece la casa de un enano, duermes a mi lado. Observo como mueves los labios intentando atrapar el aire que se escapa. Tengo la piel como jirones de cera y por un momento dudo si soy real o fantasía. Abres ligeramente los ojos y vuelves a quedarte dormido. Podría preguntarte porqué siempre terminamos huyendo incluso cuando abrimos los ojos. La ventana hace de nuestro calidoscopio y volamos a través de los cristales, cada día les paso un trapo húmedo. Busco caras en las baldosas de mármol, no entiendo como pudimos elegirlas, temías descubrir líneas extrañas.

Nos dolían las rodillas porque dejábamos demasiado tiempo los papeles y cuadernos en ellas. Decidí enmendar la situación, fui a una tienda de antigüedades para comprar un atril. El olor a viejo rozó mi nariz cuando entré en la tienda.  Dentro había un sinfín de muebles antiguos, espejos donde mi reflejo era un fantasma pálido y olvidado. Los sifonieres recordaban a bocas dentadas. Las baldosas estaban algo pegajosas y cubiertas de serrín. Había una enorme estantería preciosa donde podrían ir colocados libros, reliquias de literatura. Dejé la huella de mis dedos en una pequeña parte de la estantería, imaginé acariciar palabras. Del techo pendía una lámpara en forma de araña, en la estancia sonaba una sinfonía, aunque no recuerdo de quien podría tratarse. Hubo también algo que llamó mi atención, trataba de una silla de lectura, servia también como mesa, era perfecto para aquellas noches en vela. Las bisagras estaban algo oxidadas, pero el respaldo firme y orgulloso podría soportar las tristezas de mi espalda y manos. El atril estaba hacia atrás, por lo que sería útil, lo toqué y su tacto era suave, tentador.

El suelo, revestido en tablas de madera,  crujía a medida que avanzaba. Aquello recordaba un  desván, las vigas estaban algo desgastadas. Tropecé con una mesa de madera de ébano, las esquinas estaban fundidas en esculturas de galgos de bronce, era hermosa. Imaginé una habitación con picaporte de oro, paredes tapizadas de persa, muebles legendarios  y una gran ventana con vistas a un paraíso, donde las estrellas fulgurasen y desordenasen nuestros nombres.
El propietario de la tienda estaba inclinado sobre algo, se trataba de un atril. Con un paño seco y sucio frotaba las esquinas del mueble, una vez terminado se sorprendió con mi presencia.
-        
  -    -¿Desea algo?- me preguntó llevándose la mano en la frente para limpiarse la pegatina sudada de horas de trabajo.
-        -  Ese atril.
-        -  Solo queda este y temo poder decirle señorita, que no está en venta.
-        -  ¡Pero lo necesito!
-        -  ¿Porqué?- se puso en pie y se cruzó de brazos.
-         - Simplemente lo necesito.

Se volteó y siguió limpiando otros muebles. Dispuesta a seguir con mi plan de persuasión decidí intentarlo una vez más. Pensaba en tu sonrisa, tu rostro, en esa ventana que abriríamos cuando dejásemos el atril riendo en la esquina.
-          
     -Por favor, necesito hacer feliz a alguien con ese atril.

El hombre, ahora que lo tenía frente a frente, tenía una boca gruesa y pequeña, algo desproporcional con la nariz y sus ojos de búho. Tenía las cejas muy pobladas, era difícil no fijarse en ellas. Su enorme barriga se balanceaba cuando hacia un gesto brusco. Sacó de su bolsillo un paquete de cigarros y salió afuera conmigo. El sol pintaba las aceras.

-     -     Fíjese, hace un bonito día. Usted es joven y bonita, ¿no cree que puede hacer feliz a cualquiera?


Quedé un rato en silencio, no supe que decir.


-   Le daré una cantidad generosa de dinero por él.

El hombre tardó un momento en responder. Se tomó su tiempo. Fumaba prolongadamente mientras yo frotaba mis brazos, el crepúsculo empezaba a apagarse. Dio una última calada, tiró el cigarro entre las rendijas de la alcantarilla y volvió adentro. Pensaba en tu nombre, no podía dejar de pensar en otra cosa.

-          -Debo estar loco, pero acepto. Espero que consiga hacerle feliz.
-          -Yo también, gracias- y deposité en su mano el dinero.

Al llegar a casa, esforzándome para subir el atril por las escaleras, te vi sentado frente a la ventana. Levantaste la mirada asombrado cuando me vistes cargando con él. Al principió note desorden en tu voz, pero luego acariciaste mis labios con tus dedos manchados de tinta. Reí cuando me miré en el espejo, ¿aquella…era yo?

-No deberías haberte gastado dinero en esto.- dijiste con la cabeza agachada. De vez en cuando podía descifrar ese brillo que volaba de tus pupilas, te había halagado aunque no lo dijeses en voz alta.
-          -Lo hice por ti, por mí, por esto.- Señalé una habitación pequeña apretada entre tantos papeles, trastos inservibles, colecciones antiguas, bibliografías de música…
-         - Tenemos todo lo que podemos desear.
-         - ¿Tú crees?

Me dirigí hacia la gramola, elegí a Rachel portman. Te tumbé en la cama e hicimos el amor, mordisqueé tus labios regalándote la huella de mi aliento. Palpé los huesos de tu clavícula, gritabas mi nombre como si temieses olvidarlo. Cuando llegabas al orgasmo yo hundía la nariz entre tu pecho, sentía como me ahogaba tu sudor. “cariño abrázame, cariño bésame y nunca me abandones”. La canción terminó.

Pedí que volvieses a decir mi nombre pero fue el silencio el que habló. Nuestra vida es una cáscara vacía y nosotros dos polluelos inexpertos. Tus besos no saben a nada, la sal de tu sudor es agria, el tacto de tus manos es áspero, olvido no quererte demasiado. Nos preguntan cómo podemos ser felices viajando a través de las calles agarrados por la filigrana de la esperanza. Tú pintas historias y yo las resucito en cuadernos viejos. Nos preguntan que es la felicidad, tu los miras y les respondes: << la felicidad no hay que perseguirla, sino crearla diariamente. Es aquello que debemos intentar olvidar mientras vivimos>>

sábado, 19 de mayo de 2012

Cuerdas.




Decidí rescatar las cuerdas del tendedero de mi madre. Mi padrastro las había tirado en un contenedor asegurando que no servían para nada, lo viejo y roto había que ser despojado de los grandes hogares. Mi madre lloraba e intenté limpiarle las lágrimas con mis besos, pero solo dejé marcas rositas en sus mejillas y no era suficiente. Mi madre sollozaba que esas cuerdas habían mantenido todas las prendas de su juventud, recuerdos, habían soportado tempestades y los bruscos empujones. Aquellas cuerdas habían sido testigo del sacrificio a altas horas de la noche lavando a mano todo aquello que quiso ocultar o dejar impune. Colgaba con delicadeza toda esa ropa mojada con olor a limpio, fresco. Salía al balcón y vigilaba constantemente el proceso de secado. Cuando miraba las cuerdas, mi madre parecía vivir en otro lugar, se quedaba horas en pie observándolas. Un día le pregunté por qué sentía aquella extraña admiración hacia unas cuerdas roídas.
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  - Fíjate en ellas, son resistentes. Soportan el peso de nuestras manos y nuestra ropa. Son… admirables. Esa es la palabra que las define: fuerza.

Hubo un tiempo que creí que mi madre estaba loca pero cuando la veía sentada y tejiendo algo nuevo para mí con esa dulce mirada llena de secretos, intuí que mi madre era la persona más extraordinaria que alguien pudiese conocer.  Cogí la bicicleta y recorrí las calles en busca del contenedor en el que mi padrastro había tirado las cuerdas. Revolví la chatarra tapándome la nariz. El hedor era insoportable pero no falló el entusiasmo. Por mi madre yo era capaz de revolver toda la basura del mundo con tal de ver su sonrisa. Una preciosa chica rubia pasó por mi lado, murmuró que yo estaba loca dejándome las horas dentro de un espacio lleno de cosas que no servían para nada. Pero ella no sabía que yo estaba triste porque mi madre lloraba y tampoco sabía lo que esas cuerdas significaban para ella. Le hice burlas y seguí hurgando.  Encontré de todo, desde bragas hasta sujetadores, botes vacíos, peluches, comida podrida; libros de todos los géneros, un pintalabios de  la marcha channel, un corazón de cristal partido en dos…esto último me hizo pensar en el día que vi partir a mi padre en un autobús con su sonrisa de hielo, haciéndose pequeño a medida que se iba alejando.

Decidí meter en una bolsa que afortunadamente encontré debajo del contenedor, una pila de objetos que podría rescatar, aquellos que habían sido parte de la vida de una persona y que ahora serian parte de la mía. El cielo proyectaba líneas grises y rosas, imaginé un ramo de lilas para mi madre.  A medida que hurgaba dentro de la basura me di cuenta de que algo rozaba mis pies, era un gato negro. Tenía un ojo levemente enfermo y en sus pupilas manchitas rojas. Lo cogí y lo mecí entre mi pecho, algo tan adorable no podría estar abandonado. Le entregué un poco de mi soledad y el cariño que podría anhelar, porque a pesar de que dicen que los gatos son traicioneros también necesitan unos brazos que los rescaten. Encontré las cuerdas en otro contenedor que no estaba muy alejado del cual registré. Olían mal y apenas estaban lo bastantes fuertes. Aun así, las metí en la bolsa y emprendí el camino con alegría, vería la sonrisa de mi madre y ese sería el regalo de mi cumpleaños. “Feivel” que así decidí llamar al gato, decidió desprenderse de mis sucios brazos y se quedó quieto en la esquina.

El rostro malhumorado de mi padrastro me recibió cuando entré en casa. Mi madre estaba arremolinada en sábanas, en su sillón de siempre. Al verme, noté indiferencia pero cuando vacíe la bolsa delante de ella y los objetos hacían ¡clic plaf! mi padrastro se llevó las manos en la cabeza y gritó que yo era una sinvergüenza por traer porquerías. A mi madre se le iluminaron los ojos cuando vio las cuerdas, se abalanzó sobre ellas y se las paso delicadamente por su rostro corrido de rímel. No esperé besos o un abrazo. Quedé quieta y aliviada apoyada en el marco de la puerta, viéndola rezar para que no la abandonasen. Busqué a Feivel asomada en la ventana y vi un rabo negro  en forma de interrogación asomado en la esquina, sabía que estaba esperándome. Bajé a toda prisa y lo que vi de Feivel solo era una sombra perfilada y tranquila. Acaricié su lomo e inventé para él un mundo que podría haber conocido. Las noches son constelaciones vacías,  los días bolsas de golosinas caducadas y mi corazón una piedrecita de titanio cuando mi madre vuelve a llamarse madre y feivel hace de compañero en tardes provistas de aventuras. 

martes, 15 de mayo de 2012



Un café a las cuatro. Un edificio lúgubre que arde en adoquines desiguales. Intento recordar lo que sucedió esta mañana, pero la sombra que proyecta la ventana distrae mi pensamiento. Pienso en aquella nube que no llegó a ninguna parte, y ese mensaje que debí mandarte pero que sin embargo no hice llegar. Dos hombres hablaban de un traje y lo que vislumbré fue tan solo un estúpido traje que burla mis huesos. En ellos, la tira adhesiva con tu nombre y todo aquello que no logré decirte. 

Se oculta la enfermedad del silencio y ese prolongado dolor de no saber si hago bien en caminar hacia varias direcciones o quedarme en un punto fijo. Ese traje tan bonito que disfruté cuando bailamos aquel tango y que ahora está revestido en óxido, con perlitas puntiagudas, brillantes y empañadas. Ese mismo que conoció la huella de tus manos.

Son las cuatro, no puedo dejar de mirar el reloj, deseo que se derrita en mi muñeca para imaginar el calor de tus manos. El sol tapiza los coches con una capa de brasa y esta epidermis enferma. Recuerdo por entonces la lava tibia de tu semen desparramándose sobre el caliente y húmedo trozo de carne dentro de mí. El éxtasis de tu cuerpo encima del mío, pareciendo dos légamos. Recuerdo el cosquilleo de tus dientes mordisqueando mis lóbulos y haciendo de mis surcos labiales una sopa de letras. ¿Acaso puedo pedir en este momento que no sean las cuatro y olvide tu nombre?


domingo, 6 de mayo de 2012



Hoy me has partido el corazón, esperaba tener tiritas en el botiquín pero… ¡nada!, vacío, y las heridas no bastan con betadine, suficientes coloradas están ya, no quiero un color feo naranja encima de ellas, lo empeoraría mas.

Afuera las lumbres ardían en la ciudad y yo ideaba guerras frías para jugar a desafiar el peligro. Hoy he sentido cuchillos oxidados clavándose como estacas en todo mi cuerpo. No presencio un paisaje al cual admirar, ni unos ojos que podría amar esta noche. Hay una voz que me ha olvidado, y siento soledad, más que antes, he de admitirlo. Mi mundo no es como lo imaginan, adoro creer en las inverosimilitudes, tal vez eso reta el hecho de que en este momento de mi vida viva una mentira. Recorro con vigilia los rincones donde jugué a ser personajes deseados, intenté encontrar cariño en brazos que creí seguros y acabaron pudriéndose.

Hoy me has roto el corazón y todo sigue intacto, procurando no convertirse en fósforos inservibles. Siento que ardo en algún lugar y no vendrán a rescatar mis cenizas. Hoy soy un bosque desnudo que suspira sin saber que tierra cultiva. Viene a mi cabeza la triste balada que canté anoche en un local, cuando la única compañía que obtuve fue un vaso de whisky y unos zapatos empapados.

Regresé a casa con un puñado de semillas, creí que crecerían junto a mis esperanzas, pero murieron cuando dejé el abrigo olvidado en el trasero de un coche. Ahora doy la razón a quien dijo que los días grises eran marcas que dejaba una vida vacía y absurda. No he encontrado la caja de lápices, debí habérmela dejado debajo de una mesa o en la última clase de secundaria. Tal vez se cayó de mi mochila cuando corrí para alcanzar unos labios que creí poder besar siempre, o tal vez sin recordarlo la tiré en la basura porque pensé que no tendría que pintar mis días de otros colores. Que equivocada estaba y que inútil fue pensar que tú estarías siempre en mi vida. Nada perdura, debí haberme clavado en los sesos esa verdad. Debí aprender a apagar las luces cuando no necesitaba la luz, debí olvidarme de tu voz o de tus manías, de aquellos paseos agarrados de la mano, aprendiendo de la vida.

Hoy has roto el corazón de esta casa que te espera cuando regresas, cuando me abandonas y vuelves días más tarde, como si nada hubiera ocurrido.Olvido todo en una habitación contagiada de soledad, dejando que las manos posean estos papeles que hablan de ti y esta bujía que parpadea enfadada esperando ver tu cuerpo desnudo. No podré dormir porque sentiré otra vez la ansiedad de no poder gritar o decidir. He encontrado una canción que acunará un poco esta soledad. Tiene gracia ¿verdad? A mí que nunca me han gustado escuchar canciones antes de dormir. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Avestruz, pez, piedra.


En el diccionario avestruz significa lo consiguiente: Ave estrucioniforme corredora que puede llegar a medir 2 m de altura, de patas largas y robustas, cabeza y cuello casi desnudos y plumaje suelto y flexible.
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     - Tú eres como ellas.
-        -¿piernas finas? ¿ cabeza desnuda? Tengo una manta de pelo que parece oro.
-        - Aparte de eso es porque corres como el viento a pesar de no tener alas lo bastantes grandes. Tienes la cabeza desnuda de muebles que puedan molestar tu estancia por la vida. Además, cuando te enfadas, bramas muy alto para que puedan oírte hasta los dioses, que a saber tu si existen.
-        - Creo en su existencia, ellos han sabido protegernos.
-         - ¿De nosotros?

(Risa)
-      
           -A mí de ti.
-         -Bonito piropo.

Media hora después...
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      -No puedo dejar de mirar esa imagen.
-         -¿Tanto te recuerdo a un avestruz?
-         - Cuando te sentías amenazada te escondías. Cuando algo te incomodaba pasabas desapercibida entre la multitud mirando siempre las baldosas.
-         -Los avestruces no esconden la cabeza entre las baldosas.
-        - Conviertes tierra en arena.
-        -  Y tú la arena en tierra.
-         -¿Aprenderemos a no discutir?
-        -¿Aprenderemos a saber discutir?
-         -Dejémoslo, somos el ying y el yang.
-         -Eso es lo mejor cariño, lo mejor.
                                                       
                                                            -pez-
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      -Tú eres como Orange.
-         - ¿El pez?
-         -Vives respirando en una pecera de alambres.
-        - ¿Crees que Orange ha decidido nacer naranja? Obsérvala por un momento. ¿Qué te transmite?

(Silencio)

Orange chapotea, le brilla las escamas, envidio que sea tan preciosa.
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           -   Es solo un pez que vive respirando bajo el agua.
-       -  ¿Lo ves? Solo sabes eso cuando la miras. Es lo que te dicen los ojos, tu cerebro.
-       -  ¿Qué intentas decirme?
-       -Aquello cuanto parece insignificante verdaderamente oculta algo grandioso.
-        -¿Puedo besarte?
-        - Dejémoslo para mañana.
     -  Nunca se sabe si habrá un mañana.
-        -  Lo habrá.
-        - ¿Cómo estás tan seguro?
-        -  Porque haré que sea posible.

 Orange abre la boca y nos habla en silencio. Se da cabezazos imaginando poder saltar de la pecera y conocer algún lugar. Tiene los ojos saltones y su pupila es como un huevo podrido. Orange vive en una pecera redonda y demasiado pequeña para sus necesidades. Se queda muy quieta cuando oye gemidos de placer en la habitación o la luna pinta su espacio. A veces Orange nos hace pensar y otras veces somos nosotros quien la hacemos pensar a ella. Sabemos que llegará un día en que tendremos que enterrarla en una boca que recoge y evacua nuestros excrementos y residuos. Orange vive sin vivir y nosotros vivimos sin saber cómo vivir.
                               
                                                                 -piedra-
- Quiero ser una piedra.
-¿Porqué?
- Son duras, resistentes, inmortales.
-¿No lo eres ya?
- Soy más bien esa tierra árida que rodea las piedras.
- ¿Qué hay de malo?
- Estoy cansada de ser arrastrada por el viento. Quiero estar fija en alguna parte.
- Las piedras también viajan.
- En ese caso seré de esas bien colocadas que suele haber al lado de la carretera.
- No serás feliz siendo piedra.
- Tampoco lo seré si sigo siendo tierra.