lunes, 23 de abril de 2012

Límites.


El invierno te hizo pensar que esta piel fría necesitaba un cuerpo que la protegiese. Me declaro culpable porque es cierto que anhelaba tocar el tuyo, besar tus labios sin temor, olvidar las adversidades. Al igual me siento culpable porque te he hecho venir en sueños a expensas de que no podré ni debo enamorarme de ti. 

Anoche la luna besó el cuadro que pintaste imaginando mis curvas bajo el camisón. Deseabas lapidar mi soledad con tus labios de cartón, quería romperlos con mi pasión, el tiempo sorteaba minutos concedidos. Este antro es nuestro secreto para hablarnos con la mirada. El pasillo es una lengua enferma que nuestros zapatos recorren sigilosos y traviesos. 

Inventé una primavera que colgase en mi cuello para que siempre pudieses oler mi perfume aun estando lejos. Permití que tus manos acariciasen mis hombros, espalda, senos. Sabias calmar mi temperamento con tu alegría y paciencia. Deseabas hacerme el amor entre papeles tatuados de poesía.

Solía imaginarte asomado en el umbral y lanzarme a ti sin prejuicios. No entendías el por qué  me escabullía cuando había una oportunidad de tomarme entre tus brazos. Me pides vivir, ¿Acaso no estoy viva cuando encuentro tu sonrisa? ¿Acaso no soy feliz cuando concedes una libertad consentida? ¿Acaso no soy feliz cuando nos rozamos, burlando el fuego que se disipa al desearnos prohibidamente? ¿Qué me dices cuando decido buscarte?

Te esperé doce horas, doce segundos, doce minutos, dedicaba mi vida a esperarte en doce. Pero aquella mañana viendo que te ibas, todo se redujo a un miserable cero, sin agujas, avisos,  el tintineo puntual. Desvestí la carne de mis muslos, mis piernas  acostumbraron a rozarse y herirse con las tuyas. Disfrutaba de ese veneno que dejábamos capítulo a capítulo, y por el que jugábamos torturándolo. Placer y peligro, nuestros fieles esclavos.

Hoy enmarco nuestra historia en un pergamino escondido. Sé que ocurra lo que ocurra estarás ahí, cuidando de mi e imaginando una vida que podríamos haber tenido, tal vez en un pasado o en una próxima reencarnación. Las dudas son un cúmulo de acertijos que no logramos descifrar, pero nos gusta acontecer sin precisar respuestas. Una nube de leche flota entre el café, esta distancia prohíbe que nuestros labios alcancen lo deseado. Debemos cuidarnos, hay lobos disfrazados. Temes que huya cuando el atardecer pinta esta habitación de ocre y vea como tus ojos son circunferencias encendidas sobre mis pechos. No huiré para alejarte de mi vida, lo haré para no destruir la tuya. 


sábado, 21 de abril de 2012

Deslealtad.




Esperas en el coche, empiezan a dolerte las rodillas. Las manos sudadas en el volante. Una ciudad vive a través de tu parabrisas,  envuelto en soledad, observas. Hay quienes hablan solos, otros bajan la mirada cuando ven tu silueta. Una mujer le pega un azote a su hijo, otra al suyo le da besos en el pelo y en las mejillas. Algunos sacan el pañuelo y se suenan, otros deciden tragarse hasta sus propias lágrimas. La una de la tarde y el cielo anuncia lluvia. Ella tarda demasiado, es propensa a entablar conversaciones con cualquiera que dispone de tiempo justo para disfrutar de esa sonrisa que ella sabe deslumbrar. Un globo escapa de las manos de una niña,  mientras ella patalea porque su fiel amigo ha escapado, un perro acaricia su pierna, el llanto cesa.

Hasta ahora nunca habías observado a las personas. Vives demasiado deprisa. Recuerdas  aquel que te dijo que su pasatiempo favorito era mirarlas. Disfrutas de una vista panorámica secreta donde analizas cada gesto, palabra, actitud. Este mundo es grande y te sientes muy pequeño. Formulas preguntas pero nadie podrá responderlas. ¿Te sientes solo? preguntó ella cuando te conoció. ¿Quién no lo ha estado tantas veces en su vida? respondiste. Te besó y fue en ese preciso instante, en esos 18 minutos y 16 segundos que decidiste convertirla en la princesa de tu mundo. 

Faltan cinco minutos para que ella suba al coche y caliente el asiento con sus pantalones de lana. Ordenarte que arranques el coche para llevarla lejos, muy lejos, en un lugar llamado nada. Reprenderá tu descuido al dejarte la barba crecer. Cinco minutos que mirará a través del parabrisas y confundirá su identidad con las otras almas que caminan en su constante rutina. Cinco minutos para decidir qué hacer con el momento que se os concede. Los bolsillos de la chaqueta son estrechos para guardar en ellos las alhajas, pero ella guarda el anillo siempre en el lado izquierdo, debe ser porque está cerca del corazón. 

La miras y no sabes si lo que te mantiene fiel es la palabra prohibida o deseada, si es costumbre o necesidad. Miras esos labios que hacen de almohada cuando notas cansados los tuyos y las dudas desaparecen cuando su saliva se hace esclava de tu lengua. Aprietas su mano, los nudillos siempre han sido huesudos, es una hermosa característica de ella. <<Llevas el reloj muy ajustado, algún día se te clavará en el hueso>>,  ella se relame el labio y te mira traviesa. <<Es la herida que dejas cuando llegas tarde>> respondes acariciando su rodilla.

El cielo se ha vestido con una vieja manta gris, el aire es una caricia empalagosa que huele a cloaca. Ella mira a través de la ventanilla y se frota los ojos. Sabes que todo terminará algún día, el remordimiento muerde la conciencia. Piensas en los pechos pequeños que conociste hace unas semanas. Aquel ángel rubio esperaba ansiosa un encuentro provisto de acontecimientos. Sabias que no deberías mirar aquellas piernas, pero el simulado relieve que apreciaste cuando las abría para cruzarlas, acabó con tu lealtad.
-        
-¿  -¿ Donde me llevas?- pregunta.
-   -  A un lugar llamado siempre.

Ella sonríe y no se percata de que en tu bolsillo asoma un trozo de papel que contiene la prueba insensata de tu infidelidad.

lunes, 16 de abril de 2012

Muñeca en noviembre.




Soledad es lo que enmarca los rostros que veo cada mañana. Estos labios que dejaste se incendiaron de odio, abandonaron proyectos cuando cumplí los veinte y marché muy lejos contigo. Aprendieron a ser como una barrita de incienso que olían a ti cada vez que entrabas y salías de la habitación. Ahora estos labios son un crucigrama que juega con los tuyos. Las sábanas son la piel de un tigre que fenece cuando nos ve abrazados. Llegó la mañana y desapareciste como habituabas hacer, quedé sola, enfundada en una bata que olía a detergente, salí al balcón e intenté encontrar la marca de tus zapatos en la acera.

Tal vez pronto decidas volver con una bolsa de comida, dispuesto a compartir conmigo una velada pronosticada en secuencias, o quizá escribas en mi piel la palabra adiós con tu navaja. El sol parece la cabeza de un niño albino que me hace burlas. Me tiemblan las piernas y sé que muy pronto seré un cuerpo vestido de arrugas y dejarás de desearme. Porque esas cosas ocurren, es algo que aprendí a asimilar cuando te vi compartir risas con otras bocas pintadas de rojo. Usabas disimuladamente la mano para acariciar el escondite que había bajo las faldas que daban permiso a ello.

La pared que sostenía mi espalda mientras te observaba envuelto en virutas de humo, con esa carcajada horrible y excitante, fue cómplice de todos los dolores que soporté.Te sentía lejos, y tú me notabas cerca. Mordí las palabras A-B-A-N-D-O-N-O  y sonreíste. El cielo escupió la lluvia de noviembre y en nuestra habitación de la 302 hubo una profusión de mentiras y verdades. Cogiste la bolsa de plástico y metiste en ella todas mis pertenencias. Solía gustarme aquel olor a nuevo, de repente sentí que lo odiaba con todas mis fuerzas. La costumbre es más fuerte que el amor, bien lo sabías. Yo era un prospecto que no conseguías aprenderte de memoria, como una de esas mujeres que daban a tu vida continuas intermitencias para que las sacases del abismo. Te asustaste porque las cadenas dejaban marcas perpetuas en tu piel y yo empezaba a ser esa herida que temías no poder curar con el tiempo. 

Ahora soy una muñeca rota que deambula por las calles de Manhattan, medias de nylon, zapatos de charol y un escote que muestra dos protuberancias tristes. Un niño me mira y murmura que soy luna caminando en busca de estrellas. Flaqueo mientras pienso en tu estúpida sonrisa y precisamente en la esquina otra estúpida sonrisa me espera con un cigarro en los labios. El amor es como una habitación, dijiste una vez. He decidido abrir las ventanas, tal vez esta nueva habitación tenga una llave que permita decidir su salida o encierro. 

jueves, 12 de abril de 2012

Espejos





El minutero de la pared marca las doce de la mañana. Unos arrugan el papel de su cita entre las manos, otros miran al suelo entre un silencio incómodo. Te limitas a mover las piernas y a cantar para ti misma. No te gusta el hospital, enfermar es de débiles. Te duele el estómago, ruge pidiéndote algo que le niegas, pero distraes su llamada. Pronto el especialista estará sentado frente a ti queriendo saber una historia que tú bien conoces pero que no quieres compartir con nadie. Enmudeces y muerdes las palabras. Ignoras el espejo, las fotografías de antes y después, ese programa que habla sobre la belleza y las preciosas chicas con esas piernas tan perfiladas y perfectas, ese porte que sueñas. Nadie te entiende. El diablo te llama a través del frigorífico. No quieres escuchar esa voz que te dice lo que significas en el mundo.


Te sientes una pegatina sucia que no se adhiere en ninguna pared y que todos pisan una vez que no encajas en ninguna parte. Estas harta de sentirte vacía, dolorida y necesitada. Tu madre mira el calendario de su móvil y te recuerda que faltan siete días para que tu menstruación regrese. Pero sabes que no volverá, te has atiborrado de pastillas que diluyen la grasa en la sangre. Obligas y disciplinas a tu cuerpo hacer treinta abdominales tres veces al día y el retrete recibe con aplausos la comida que has ingerido a expensas de que pueden descubrirte. Entonces te ingresarán y todos mirarán lo débil que resultas con ese pantalón de la treinta y dos. Tu rostro famélico deambula perdido, sin querer hablar con nadie. La aguja del reloj te recuerda a aquel alfiler que quisiste clavarte en las venas, fuiste valiente, o tal vez fue el timbre del teléfono lo que te salvó. Tu madre tamborilea sus uñas pintadas de rojo sobre tus rodillas, te molesta el tacto de cualquier cosa que se pose en tu cuerpo. La séptima, siempre hablan de la séptima, amenazan con ingresarte allí, rodeada de personas desequilibradas.


Quieres escapar, pero los dedos de tu madre empiezan a darte miedo. Un anciano en una silla de ruedas  grita estar cansado de ver ojos por todos lados, quiere morirse, pero ellos son malos y no lo dejarán irse de este mundo egoísta. Te preguntas si también lo son las personas que te quieren. No dejaban que te tomases tu tiempo para mirar las calorías que sellaban los alimentos del supermercado, preguntaban adonde ibas a las ocho de la mañana, tu rutina era hacer ejercicio para acelerar el metabolismo, después te pesabas y tu dieta se hacía más estricta. Excusabas qué te dolía el estómago para vomitar todo mientras las lágrimas salían como si fuese tu alma la que te pedía que parases. Sentías que lo que habías ingerido era una masa perversa que transformaba tu cuerpo en una figura obesa. Solo pensabas en correr hasta que te doliesen los huesos y apartar al mundo real. Espejos por todas partes, odiabas reflejarte en ellos. Tus cabellos empezaban a ser hebras frágiles que se posaban en tus hombros. Te cansaste de cepillarte, porque quedaban atrapadas entre las púas. Empezabas a sentir frío por las noches a pesar del calor del verano. Tu padre sentenciaba que era debido a la falta de alimento para hacer bombear la sangre. A escondidas cogías dinero para gastártelo en tu lugar favorito, el herbolario. Allí te sentías segura, parecían comprenderte. Les mentías y salías feliz del establecimiento con cereales integrales, alimentos con fibra y sin azúcar y una gran variedad de tés. Al llegar a tu habitación escondías lo comprado en una caja de zapatos.


Empiezas a sentirte insegura y temerosa. No estás loca. Esa imagen de ti es real. Ellos no lo entienden, no pueden ver lo que ves, no estás delgada, no lo bastante como para que los huesos se noten triunfantes. Tu madre grita que no te das cuenta de la realidad, y te haces más pequeña. Tus amigas empiezan a mirarte como odias que lo hagan, y vuelves a repetir que es verdad lo que viste aquella mañana frente al espejo. La niña que hay frente a ti te sonríe y algo se aviva en tu interior, una especie de esperanza.


Otra enfermera pronuncia un nombre que no conoces. La persona se levanta y acude cabizbaja a la llamada. La puerta se cierra fuertemente y piensas que el diablo pronto saldrá, porque has sido mala, egoísta y estúpida, has hecho daño a los que te quieren. La autoestima era una huella inexistente.
El reloj cruje en cada minuto y sientes que tus esperanzas se rompen. Recuerdas las palabras de tus amigas, cada silaba era una tortura cuando aseguraban que no estabas bien, que estabas enferma. Decidiste tomar un descanso por un tiempo, nada de tés, no más básculas, no más fotografías de modelos para visualizarte con una treinta y dos de talla. Esgrimías la mejor de tus sonrisas y afirmabas que todo había terminado, al fin de cuentas tanto lo bueno como lo malo pasa. Pero la ansiedad incrementaba y se reflejaba en tu palidez. Tu madre tenía razón, siempre se vuelve a decaer.


Los huesos que intentaste disimular bajo la ropa holgada ya no podían hacerlo por más tiempo. Apenas podías leer, nada quedaba en ti, ni los latidos más vitales. La puerta se abre y por un momento imaginas al diablo reírse a carcajadas mientras te hace inflar como un globo, quieres abrazar a tu madre porque sientes que verdaderamente puedes estar loca. Una enfermera joven pronuncia tu nombre, te adormeces cuando arrastra la última sílaba, nadie te había llamado de esa manera, su mirada te tranquiliza. Tu madre ayuda a que te pongas en pie, temes que el estómago se aplaste y te quedes sin nada, deshacerte en huesos sin nombre, últimamente tienes miedo hasta llorar. La enfermera agarra tu mano y tu madre decide esperarte afuera, cree que es mejor que enfrentes tus problemas. La habitación huele a vainilla y alcohol, te sientas y lo ves todo borroso. Observas tus manos que descansan sobre las rodillas, no quieres mirarla a los ojos, el mundo se te echaría encima, te obligas a no llorar.


El cielo es una manta de besos que se posan rojizos sobre el cabello de la enfermera que asegura llamarse Maribel. Confías y empiezas diciéndole lo incomprendida que te sientes y lo que dice el espejo. Ella asiente con la cabeza, te comprende. Apunta en su cuaderno naranja y blanco la lista de cosas que ocurren y el temor que infunden los gritos del frigorífico. Todo termina, el reloj ha dejado de martirizarte, el despacho de Maribel es un respiro hacia una libertad que no habías encontrado. Sientes crecer tu corazón, al fin alguien te entiende. Maribel te acompaña a una sala donde hay muchas como tú que mantienen secretos. Te sientas al lado de una chica que no conoce las palabras.


Semanas después empiezas a ver las cosas con más claridad. Has engordado tres kilos, Maribel te dice que lo superarás, efectivamente lo consigues, no solo ha sido ella la que te dio aquel empujón hacia la realidad, fueron aquellas chicas que como tú, sufrieron ese desvarío de la vida, aquellas que ya no viven porque no pudieron soportarlo. Desde el momento en que sentiste que la vida se te escapaba en una habitación, supiste que querías vivir, comenzar de nuevo. Ahora eres una guerrera que supera las ansiedades que siguen procediendo en contadas ocasiones. Cuando miras alrededor y ves cuanta gente te quiere, sientes que al fin y al cabo ha merecido la pena.


video


Luchad por vivir, sois maravillosas.

martes, 10 de abril de 2012

Tigre, Tigre.


Finalmente terminé de leer “Tigre, Tigre” de la joven autora Margaux fragoso. Debo admitir que al principio  el entresijo de la historia no proyectaba en mí el suficiente interés para continuar leyendo. Pero a medida que los hechos se iban disolviendo y acarreando otros, empezó a florecer en mi ese “interés  ineludible”. Margaux narraba los ejes de su relación con un hombre mayor que ella, cuyo interés se basaba en destrozar su inocencia, truncando su destino con falsas palabras de amor y mentiras. Margaux se vio sometida a abusos sexuales durante la mayor parte de su infancia. Este libro es sin duda un viaje hacia el pecado y trastornos, y ante todo un prospecto de la pederastia. Os la recomiendo, a mi me ha encantado. 


No obstante os dejo un enlace donde explican mejor de que trata:

viernes, 6 de abril de 2012

Noche caótica



Soledad, la percibí a través de sus gestos. Las palabras se le quedaban estancadas. Decía que el mundo tenia varias capas pero las había descuartizado. Cada mañana jugaba a mirar el amanecer, de edificios pintados por la aurora, era para ella el verdadero arte. Maquillaba sus labios con un tono rosa chicle, sus ojos eran dos caramelos de café. En ese rostro marcado de cicatrices hubo una vez belleza.

La niebla es el aliento de un sol vago. Aquella mañana sudaban los cristales y nuestra piel parecia la corteza de una naranja. La noche anterior jugamos a lanzar dardos contra una diana. Yo veía la vida de igual manera.

Ambas nos parecíamos tanto que tu quedabas anonadado con nuestra peculiaridad. Coincidían hasta nuestras sombras, todo cuanto la rodeaba era lo que se percibía en mi alrededor. Nuestros ojos eran auténticos, la forma del arco en el labio superior, el lunar en la ceja, la forma de peinarse…

Temías que fuese una especie de demonio acechando en las esquinas y que yo, débil de por sí, cayese rendida en sus tentaciones y trampas. Ella era una flor, abierta y sedienta, yo un tiesto vacío y solitario. Ella tenía la afición de saborear los placeres de la vida, yo rehuía los peligros. Ella sonreía sin temor a mirarte, yo escondía mis instintos y amor por ti.

Aquella noche no dijo nada. Se limitaba a observarnos en silencio y me pregunté; ¿como entendería ella el significado de los acontecimientos?


Algunas parejas habían salido a la terraza para contemplar la lluvia de estrellas. Yo deseaba tenerte en cualquier parte y tú permanecías atento a mis debilidades. El estroboscopio del pub proyectaba puntos brillantes que danzaban sobre nuestra piel. Me gustaba la sensación de bailar sobre un mismo punto y marearme, sin importar caerme en ese suelo sucio de pisadas, cigarros y papeles. Sentía las miradas sobre mí y me excitaba. La música hacía temblar la pista, haciendo cosquillear mis pies. Agarraste mi cintura e hiciste sentarme a tu lado. Mis ojos eran dos constelaciones enfermas, sentía la sangre hervir por las venas.


El vaso de ron se tambaleaba cuando mi pierna rozaba la pata de la mesa. Su aroma dibujaba un destino que pese a que parecía negro por el veneno del alcohol, simulaba un entresijo de dudas y esperanzas. Ella cogió mi mano y su sonrisa magnética me hizo saber que no tenía por qué temer nada. La vida sin ti tenía que comenzar tarde o temprano, porque los corazones no deben pertenecer a nadie. Yo era un espejismo de un pasado turbio y tú eras el futuro incierto. Nos mordimos los labios y prometiste que jamás me dejarías.

A la mañana siguiente solo recuerdo una gran mancha carmesí entre las sábanas, un paquete de tabaco bajo tus pies inmóviles y una sonrisa muerta dibujada en tu cara haciéndote parecer un bufo.