martes, 28 de febrero de 2012

Claudia.



Se llamaba Claudia, era preciosa, tenía el cuello largo y delgado. Solían llamarla patito feo, pero a mí me recordaba a un cisne. Todas las mañanas la veía salir de su puerta  con un montón de libros bajo el brazo,  gafas mal puestas y  zapatillas multicolor. Claudia era  de aquellas curiosidades que a uno no se le podría escapar un lunes por la mañana. Mientras intento dibujarla en mi cuaderno,  Claudia se afana bajo el constante sonido de su corazón y me limito a observarla sabiendo que pierde un bonito tiempo arrebujada en un espacio que no deja conceder a nadie que intenta conocerla. Yo era como ella, pero la vida ha sabido ponerme en su debido pedestal y sé que no hay peor enemigo que la soledad. No sé  qué edad tiene pero ronda sobre los dieciséis. Claudia no era el énfasis de belleza, sus dientes intentaban ser alineados con un aparato, varias pecas sorteaban su cara y siempre recogía su pelo en un moño enmarañado. Danzaba como las sirenas e imaginaba acariciar el aire en un ritmo lento y sensual. A Claudia la dejaron en el olvido en una esquina donde solo se oían a las palomas velar por su talento;  sin embargo no sabían que ese mismo cuerpo virginal y extraordinario que danzaba para ellos un viernes por la noche, era ella misma, transformada en una improvisada belleza.

viernes, 24 de febrero de 2012

Veintitrés.


Hoy te fuiste para siempre de mi vida, pero una parte de ti permanece. Hoy es veintitrés y el cielo clama que estás bien dónde estás. Hay un vacío que agujerea mi corazón y nadie parece darse cuenta, tal vez encontré la manera de cubrir el dolor con una máscara de piel.

Marqué tu número imaginando que tu voz ronca me diese los buenos días. Pero otra voz informática avisó de que tu número ya no existe. Ya no queda nada, ni tu sonrisa, tu esencia, olor... se fue todo. Deambulo por la calle y siento odiar al sol, la vida circulando, aquellos que se cruzan en mi camino sin intermediar palabra, sin saber que ando perdida, buscando respuestas.

Entonces aparece ese edificio de ladrillo rojo sucio, y recuerdo tus últimos días allí; postrada en la cama, viendo la vida pasar a través de una ventana sucia. Decías que todo tenía principio y final, pero siempre quedaban las huellas. Afirmabas que él te esperaba, y tu pasado se representaría por escenas cuando cerrases los ojos. Temí decirte adiós, sabía que una parte de mi también iba a morirse allí dentro, y te fuiste, dejándome asustada e indefensa ante una nueva vida. Amabas el invierno y fue un día frío el que te llevó de este mundo.



domingo, 19 de febrero de 2012

Peligro.




Dijiste que era experta en coleccionar miedos, al fin de cuentas, vivimos de ellos. Hubo una carta urgente bajo el felpudo de mi puerta. Tu letra legible y experta, detallaba lo que las noches traían con mi recuerdo. Sonreí y me vino el olor de tu pelo, tu aliento cosquilleando mi cuello, tu mirada hacia mis caderas cuando salía por la puerta tras una breve e intensa conversación. En tu carta relataba lo que sentías al encontrar un asiento vacío en el autobús, donde muchas veces solíamos encontrarnos, jornadas largas de trabajo. Hacia frío y las ventanas eran cortinas de niebla, imaginabas que me colaría entre ellas y depositaria en tus labios ese beso que deseabas desde hacia tiempo. Solías decir que mis ojos eran leyendas cromáticas en verde, mis labios los aposentos de tu reino soñado. Estaba entre tus poesías y canciones, tú estabas entre los pliegues de mi ropa, imaginaba tus benditas manos acunando ese temor que infundía la posibilidad de saborear los placeres que me otorgabas. Sin embargo, algo nos ata, acontecimientos irreversibles. 

Hoy viajo con el sol pegado a mi espalda, anhelo abrazarte, dejar que el mundo gire por nosotros. Enterramos las lenguas que vociferan extasiadas una posible infidelidad, no importa,  sabemos que nuestro escondite proyecta verdades y confesiones. A veces te busco para desahogar lo que me atormenta día tras día, sonríes, alegras el paisaje gris que veo a través de los cristales, y olvido todo. No quiero ser la culpable de tus idas y venidas, no pretendo robarte tiempo, aunque sé que mis lágrimas no conducen a una respuesta exacta. Algo nos mantiene unidos, tú anhelas mi juventud, yo deseo ser adulta para intentar dar pasos grandes y seguros.

Intentas desnudar el mapa de mi piel pero hay demasiadas cicatrices. Un día te dije que bastaría que estuvieses en algún lugar, verte feliz, aunque yo no forme parte de tu vida. Quererte en secreto mientras deambulas en busca de algo o alguien, y saber que una vez fuiste ese salvavidas que surgió de la nada para guiarme. Notarte cerca y distante, saber que una pequeña parte de ti piensa y vive por mí, que estas sobreviviendo para ordenar tus sentimientos. En esa carta destruías la posibilidad de que yo fuese mujer en tus brazos, esclava de tus lecciones, querías que aprendiese, porque yo deseaba vivir sin miedo. Acariciaste mi brazo y me preguntaste si algún día podría dejar que esa barrera se rompiese. Formas parte de todos los sentidos que puedes imaginarte.

Hoy al establecer esa norma de no acercarme a ti, rompí la barrera. Necesitaba verte de nuevo, porque despiertas algo en mí que nadie logra. ¿Recuerdas aquellas tardes imaginando ser libres? La terraza era nuestro telón de posibilidades, el roble que yacía frente nuestra era un libro abierto donde plasmamos una historia que juré escribir un día. Relatabas los minúsculos detalles de cuando eras niño, amarrabas el tiempo entre las manos y con tu bicicleta aventurabas las calles en busca de algo que te afirmarse el adjetivo que te definía, un niño precoz y entusiasta ante un mar de cocodrilos. Siempre consideré en ti un Dios, una persona que tenia tanto valor para mí que todo lo demás se reducía. 


Oteábamos el horizonte, y en silencio observabas mis gestos, las contracciones de mi rostro cuando recordaba algo que quería compartir contigo pero que sin embargo no podía. Extraño esos días donde no me importaba que el frío se colase entre mi ropa y temblaran hasta los huesos, todo por esperarte. Intenté escribir algo para ti cuando regresé de una de nuestras citas. Al llegar a casa me di cuenta de que intentabas que obtuviese un beneficio, tenía miedo de perderte y podías olerlo a kilómetros. Las mañanas eran efemérides que inventábamos  para descifrar nuestra parte más intima. Gustabas de verme indefensa, confundida y no obstante, me delataba ese extraño placer de ser el huracán de tu vida. Era como una lolita al alcance de tus deseos, pero sin llegar a saborearlos. Provocaba en ti ese instinto que temías por hacerme daño o ser cautiva del arrepentimiento, tus ojos recorrían mi piel, inhalabas con deleite mi perfume y  retrocedías porque aquello no estaba bien. Yo buscaba tus brazos, porque en ellos me sentía segura, capaz de afrontar cualquier cosa, y al mismo tiempo, temía que pensases que era frágil como el papel.

Una vez leí que el sufrimiento es siempre permanente, oscuro y triste, y posee el carácter de lo infinito. Relativamente puede ser cierto, en mi camino ha habido espinas, en el tuyo carisma. Pero siempre conseguías hacerme reír cuando creía que mi corazón estaba decrépito. Acaricié la carta que me dejaste, e imaginé verte escribiéndola, con ese leve temblor que se escapaba cuando plasmarías algo que no debería saberse. Relatabas la excitación que te producía verme joven e ingenua, lo doloroso que era para ti acercarte y no poder aliviar la línea exangüe de mis labios, porque las heridas que tenía en el corazón salían hacia mi exterior. Había ocasiones en que lloraba en busca de tu exilio, pero algo retenía mis pasos y no llegabas a descubrir lo que verdaderamente me atormentaba. En un momento determinado, pensaste que era de madera, que el dolor había endurecido cada centímetro de mi cuerpo. Querías que esa mujer que permanecía dentro de mi saliera para florecer en cada decisión heroica que podría ejercer, esa que sabíamos que tendría un buen provecho en mi camino del autodescubrimiento. 


Un día preguntaste que cuando dejarías de existir para mí y tu recuerdo se desvanecería, te contesté que ese día llegaría cuando me hiciese lo bastante adulta y tu lo bastante mayor. Lo cierto es que no tengo valor para sacarte de mi vida. ¿Soy tal vez esa sombra que deambula por una calle paralela a tu descanso y  ves a lo lejos fulgurando en la ventana? ¿Qué soy exactamente para ti?.

Deseo encontrar un barco que me llevará hacia mi libertad, ese que temes porque no quieres cargar con mis maletas. Hoy he vuelto a subir las escaleras y hemos hablado con la sonrisa cómplice que el tiempo nos ofrece, la mesa que nos separaba era un plato vacío que tu inquietud había devorado. Habías esperado demasiado y yo había prolongado el tiempo de espera. Me mirabas y mis ojos eran tu respuesta ¿Sabes ser feliz? Preguntaste, ni recuerdo como se hace, contesté. Tres personas entraron en ese instante y cortaron la conversación, olía a peligro y decidí apaciguar la llama que empezaba a lamer mis venas. 


Me fui y te quedaste pensando, no todo necesita respuestas. Tú preguntas que eres para mí,  solo puedo responderte que hay sentimientos que no pueden ser expresados,  mientras camino hacia casa rezo para que no te vayas de mi vida. Eres ese bálsamo que encuentro en cada momento cuando siento que me duele el alma, y comienzo diciendo tu nombre, hablo contigo aunque no estés presente. ¿Qué eres para mí?, el milagro de encontrarte, la paz hallada cuando me abrazas, la resurrección de mis ilusiones. Simplemente le das vida a mi corazón.

domingo, 12 de febrero de 2012

Autobús, destino a...






09:10. La estación está atestada de extranjeros, huele a humedad y sudor. No llevo más que una pobre maleta escasa de ropa y un bolso cuyo contenido se basa en un libro de Marcel Proust, un espejito, bálsamo, chicles y un monedero provisto de cincuenta euros y  una tarjeta de crédito. Compro un billete de ida hacia Madrid, he decidido ser libre; el estrés laboral que he conllevado en tres largos meses, han hecho darme cuenta de que en verdad, necesito un soplo de aire que implique un punto de partida. Estoy sola, decidida y asustada. Cuando vas a un lugar que no conoces y no sabes hacia dónde dirigirte y salgas de la boca del metro, es muy probable que termines:

·         Engañada por un incompetente transeúnte que se divierte estafar a jóvenes aventureras.
·         Dar con suerte y recibir ayuda de un guapo madrileño que te invite después a unas copas y acabes felizmente satisfecha de una noche loca de sexo.

El autobús sale a las once de la mañana. Decido pedir un café con leche. Un anciano arrastra su bastón mientras camina cabizbajo. Los dos camareros hablan sobre la educación social y estudios de sus hijos. Mientras muevo el café con la cucharilla, y su olor me embriaga, pienso en los últimos acontecimientos de mi vida; las decisiones que había tomado, las oportunidades que dejé escapar,  todo aquello que debería haber experimentado y no hice por temor. A través del cristal puedo ver parte de la ciudad, un nebuloso sol, maletas de aquí para allá, conversaciones, despedidas, parejas, tráfico…
Frente a mí, dos hombres engullen un enorme bocadillo. Uno de ellos mastica mirando al otro en silencio. El otro se concentra en cada mordisco que deja en el pan. Recuerdo esa frase de Confucio que decía: “el silencio es el único amigo que no traiciona”.
Miro el reloj, las diez y media.
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       -   No serás feliz mientras estés ahí sentada- me dice una mujer vestida con una chaqueta de cuero y los ojos manchados de rímel. Hace tiempo que no veo una mirada tan triste. Se va a toda prisa, torpemente, subiéndose el bolso. Tiene razón, no podré ser feliz esperando tener una vida que deseo y no busco. Solo oigo murmullos, bullicio, estruendos de vasijas, estornudos y de fondo, la radio. Sin embargo, puedo oír los latidos de mi corazón, ojala alguien pudiera escucharlos también.

-si no sabes a que suenan tus latidos, no sabrás hacia dónde va tu capacidad de transmisión- me dijo una vez alguien.

El hecho de que en este mismo momento, sentada en una cafetería, a las diez y media de la mañana, con el corazón hecho añicos y una maleta pintada de libertad, haya podido oir la voz de mi interior es algo que realmente me asusta. Hay quienes dicen que el día que te conoces a ti mismo puede ser tu suerte o desgracia. Es satisfactorio saber que en este día he aprendido a saber quién soy. Cojo mi maleta, termino el café, me encamino hacia el andén con una sonrisa y espero a que el autobús aparezca para llevarme hacia el camino del autodescubrimiento. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Ellos.




Podría decirles que se disfrutasen mutuamente, que la muerte no tendrá compasión por los años llevados,  será una insinuada intermitencia que los visitará y se los llevará para siempre. A veces, la tiranía es cómplice del rencor y ha sido consecuente en cada discusión que ambos lisiaban. Cuando ella llega a casa ve un cuerpo longevo esperándola con esa costumbre de asegurarse que no viene con los huesos rotos. Ese mismo cuerpo ha sido toda la exultación de amor y admiración. A ella le duelen las manos, a él el corazón. Han sido esclavos de las injusticias y derrotas, de la pobreza e infaustos de la vida. Pero el dolor permanece en cada rincón y el teléfono es un aviso que arde en la tarde, cuando sienten que los hijos ya son libres totalmente. Podría osarme a llamar a su puerta y mirarlos detenidamente sin importarme la disparatada situación. Quería preguntarles que fue del amor, donde lo enterraron y cuando llegaron a recuperarlo. ¿Es acaso un papel que se lija con el tiempo?.

En su casa huele a libro viejo, la cocina es un habitáculo ordenado y decorado con medicamentos, recordatorios y tarros de alimentos sin azúcar. Las baldosas impregnadas de grasa seca, pero que sin embargo apenas se percibe por los dibujos simétricos de rosas silvestres. Cuando eran jóvenes, la cocina era para ellos el escondite perfecto para experimentar el placer del comer. Dulcificaban la tensión experimentando nuevas recetas, y comían sentados en el suelo, riéndose al ver como el humo había nublado el techo y el horno.

Ella suele llevar una estampa de San Francisco de Asís, reza cada noche, sintiendo la fe incluso con los párpados cerrados. Él siempre lleva un monóculo cuando se enfrasca en las noticias que el periódico trae por las mañanas. Él no se deja ver mucho, supongo que dedica su tiempo sentado en el sillón viendo documentales o intentando leer la primera página del periódico. Rara vez puedo verlo paseando en la calle, disfrutando del cálido día, contando palomas o interviniendo en las conversaciones de otros ancianos, que como él, están cansados de ser viejos. Ella siempre sale a la misma hora, con el carrito de la compra y sus medias antiembolias,  el cabello níveo recogido en un moño bien cardado. Me sonríe, y siento como si el tiempo no hubiese encogido para ella. Mientras exprimía los últimos minutos de limpieza en el portal, se acercó a mí como el sigilo de un gato y me susurró que era demasiado joven para clavar las rodillas en el suelo. Le contesté que al fin de cuentas, el dinero era el dinero, y aunque no fuese lo bastante elevado, podría ejercer mis quehaceres debidamente, con el fin de cumplir mis expectativas. Un día me dejó entrar en su casa, entramos en una pequeña habitación donde un calendario clavado en la pared y dolorido de cruces, nos enseñaba que el mes traían días importantes. La buena señora se  puso sus gafas, y con suavidad, me cogió de la mano.
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-    -¿Qué ves?- estábamos ante el calendario, y lo único que podía distinguir eran números escondidos bajo la marca redonda de un rotulador rojo. En silencio, intenté diluir lo que ella querría que viese. Señaló un número con el dedo.

-       - Un 9.- respondí.

-       - ¿Y si lo volteas?

Esperaba mi respuesta con entusiasmo.

-Un 6.

Ella rió.
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    - ¿No te das cuenta? Es como la vida misma, las dos caras de la verdad y la mentira.

Ella tenía razón, todo tenía dos caras, y en mi mano solo había encontrado la mentira, el miedo y el dolor.
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-   - Cuando pienses que algo es relevante ante tus ojos, míralo con más detenimiento. La realidad de las cosas son en ocasiones inversas a lo que creemos. – dijo con un ápice de amargura.

Aquel día  me enseñó a ver la vida de otra manera. Me convertí en una persona realista y pacífica. Todo debía llegar a su tiempo, ella me lo hizo saber. Cuando la veía salir por la puerta algo en mí crecía, me alegraba las mañanas con sus anécdotas, aunque no contábamos con suficiente tiempo. Ella por su quehacer de comprar la comida y ocuparse de su marido, y yo por el trabajo que debía realizar. El último día que la vi, no mostraba el entusiasmo de los otros días, me confesó que no podía dormir por las noches y que su final se acercaba. La animé aclarándole que aun la vida la esperaba a ella, me dio una débil sonrisa y un hasta luego.

A los pocos días, su puerta era una tabla de madera sucia y quemada. Dijeron que había sido un accidente, acercaron demasiado el radiador a las sábanas. Encontré de lo único que se salvó, una fotografía apenas visible pero que aun podía distinguirse el color sepia de un recuerdo permanente. En ella, había una pareja con dos hijos preciosos, atrás decía: “Nosotros e hijos, 1942”.

En sus rostros pude encontrar la respuesta, el amor no es un papel que se arruga, es titanio, y fue lo que ellos supieron conservar con el paso de los años. Limpié las cenizas que asomaban por la rendija de la puerta e imaginé que nada había ocurrido. Que ella saldría con su carrito y deseándome los buenos días,  y acto seguido él saldría a la calle, con su bastón y mirando con frecuencia el reloj de su muñeca, para asegurarse que ella llegaría sana y salva.




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