sábado, 28 de enero de 2012

Una mañana para nueva york



Un agradable olor a café me llama desde la otra punta de la calle. Entro con el recuerdo de aquellos días donde esperaba su encuentro, enfrascada en un catálogo de Dior, soñando con adornar mi cuello con una gargantilla de plata, y con la promesa de un anillo donde nuestras iniciales serian grabadas. Deseaba parecerme a Audrey hepburn. El cielo es un manto ocre que no ayuda a apaciguar el dolor de la nostalgia. Decido sentarme frente a la ventana, los adoquines del pasaje están lubricados de humedad.  Apenas noto el pulso del tiempo, una mirada de alguien se cruza con la mía y la desvío, huyendo entre las palabras de Oscar Wilde, su libro me acompaña a todos lados. Las mañanas son soplos de rutina, a pesar de que el cansancio aprieta mis huesos y difumina mi visión, aguzo los oídos en busca de anécdotas que escuchar. Soy una extraña que solo conoce su nombre. Un gran cuadro de nueva york cuelga encima de mi cabeza, se sitúa en la gran avenida de Times Square. Los edificios parecen cuchillos de mercurio, los transeúntes son marionetas perdidas y famélicas que en cualquier momento parecen poder salir del cuadro. Es soledad lo que percibo en cada movimiento. Debería haber nacido en una gran ciudad, podría haber poseído alas para descubrirlo y ahora mismo, mientras la espuma del café empapa mi comisura y acaricia mi garganta, no deseo otra cosa que ser neoyorkina por un día.

miércoles, 25 de enero de 2012

Reilly




Desperté con un agudo dolor pegado en las pestañas,
Otra vez ese sueño que apretaba mis costillas,
la realidad de este crucigrama que dejé estampada en la libreta.

El armario abierto,
La sombra de un homúnculo
Que no tenía compasión con mis manos,
Porque son en ellas donde se posee.

Te encontré soñoliento,
Envuelto en esa niebla de muerte.
Mary Reilly, - susurraste- Mary Reilly…”
Pero yo no era Mary Reilly, era la tormenta fiel que penetraba en la madrugada,
Para acurrucarse entre tus pesadillas,
El deseo te mordía las uñas,
Querías hacerme pedazos,
No tuviste valor.

 

Pasaban los días y enfermé a tu lado,

Veíamos la vida como una masa de plastilina,

Amé tu cabeza loca,

Eras Gulliver en mi mundo real.

 

Nadie entiende el sentido de quererte,

será porque hace tiempo que me acostumbré a quererte sufriendo.

Un Cenotafio escondido bajo el suelo,

dormiré a tu lado sin querer despertar.

 

Programaré nuevamente por donde dejamos la escena

en que Dr. Jekyll desencaja la mandíbula para convertirse en Mr. Hyde,

Tus ojos son dos cuencas amarillas pálidas,

En ellas descubro un final.

 



sábado, 21 de enero de 2012

El final.





Corramos por el páramo,
Juguemos a no respirar,
La ceniza quema nuestros labios,
La boca de la montaña despertó,
Los bostezos pueden ser peligrosos.

Espesa saliva naranja barre la esperanza que profana la tierra,
doblega la naturaleza,
pero no podrá borrar la fuerza de nuestra fe.
Tu hogar solo es un entresijo de cemento,
el terror cosió tu grito.

Estabas entre  cuerpos carbonizados,
aun vivías,
el humo ennegreció tu pelo y tu piel,
todo había terminado.

Los buitres ya no son la amenaza,
el enemigo está frente nuestra,
el pecho de una montaña rodeado de musgo,
clamando un profético aviso;
la tierra pare oro, fuego.
Una cesárea que engendra el final
de nuestra existencia.

miércoles, 18 de enero de 2012

Crepúsculo.


Cuando el crepúsculo escupa su fulgor sobre la ventana y revele un nuevo día, yo estaré lejos de aquí. Cuando el piano sollocé las últimas notas que dejé, te darás cuenta de cuánto significabas para mí en los doce meses del año. Cuando decidas abrir los ojos e intentes hallarme en las sábanas o en esas cartas que solía escribirte un domingo tarde, sabrás lo que perdió tu corazón. Decías que el amor era una armónica oxidada, lo poco que quedaba, lo enterraste en el trasfondo del armario. ¡Cuantas veces lloré a escondidas! ¡Cuántas veces había buscado tu olor entre tu ropa! Sabias que no podría olvidarte y aun así, dejaste pistas. Me cansé de respirar cenizas, voy a meter canicas en los bolsillos, y cada recuerdo tuyo será una piedra que golpeará el camino que he decidido dejar atrás. 

jueves, 12 de enero de 2012

Amanecer.






El momento más especial que concibo a lo largo del día es cuando amanece. Las luces de la ciudad centellean como luciérnagas. El cielo regala un crepúsculo rosado y ambarino. El sol perfila las montañas transformándolas en cartón. La ciudad parece una maqueta viva y revoltosa. En este ángulo solo nos rodea montañas y pensamientos, la libertad grita desde el otro lado, hay algo realmente extraordinario esperándonos.

 Las nubes duermen sobre la tierra, como espectros que arropan los corazones dormidos. Los pájaros se alegran que el día les de una nueva oportunidad. Probablemente hay otros como yo observando este mismo momento, amaneciendo con la ciudad, siendo parte de ella; haciéndose preguntas, pensando que cosas aprenderán hoy. Dos finas líneas rosas fosforescentes asoman entre unos tejados, imagino que son mensajes de amor que alguien ha mandado, o tal vez son heridas abiertas que ha sufrido un ángel. El trayecto de un avión acaricia el cielo, dejando una lágrima que el firmamento ha arrojado. Casualmente otro avión aparece,  ambos casi logran rozarse, formando una línea transversal. Tal vez en ese fragmento de segundo, alguien habrá atisbado un rostro en otra ventanilla,  si se hubiesen sonreído, podría haber surgido amor.

Una persona deambula solitaria calle arriba, no lleva abrigo, me pregunto si no tendrá frío. Otra sale de un portal y camina calle abajo con rapidez. Podría inventar historias saboreando este mismo momento. Cierro los ojos y dejo que el viento atice mi cara, huele a leña y a esperanza. Cada día es una oportunidad para volver a empezar. 

lunes, 9 de enero de 2012

Inés.



Sandalias blancas con florecitas azules, vestido marrón con lunares naranjas, la señora Inés viene dispuesta a hacer temblar la ciudad. Destaca en ella su voluminosa cabeza, a pesar de que el tiempo ha dibujado su recorrido por las raíces, hay un predominante color violáceo burlándose sobre las puntas. Llegué a pensar que la reina malvada de los mares y enemiga de la sirenita, se había reencarnado en la pequeñita y ojerosa Inés. Tamborilea sus uñas pintadas de amarillo sobre el mostrador, dice que lleva días sin pegar ojo, no sabe lo que le pasa y que es duro saber que está llegando a ser una vieja gris.


- Así es tesoro, tengo todo lo que tengo que tener, menos un cuerpo de infarto y unas buenas tetas que mi difunto marido hubiese podido agarrar. -dice con tono jocoso.
Me muerdo la lengua para no soltar una risotada, cambia de tema y charla sobre la telenovela de la primera, esa que está ambientada en los años cachapum. Habla de Mauricio Salcedo, lo bien que le queda el traje de médico, de cuanto le gustaría ser su paciente personal.
- Ese es un hombre de los que ya no quedan, ¡si señor!, un hombre de los que hay que tener- comenta risueña.- ¿crees que algún día vendrá a mí un hombre como ese?
Le contesto un ¡claro que sí!, está más animada, cuenta algún que otro chiste, deja revelar el odio que siente hacia el programa de se llama copla los sábados por la noche, “borregos” los llama ella. Cuenta en cómo ha acabado la telenovela de canal sur, de los próximos que vendrán. Se rodea, me mira asombrada con sus ojos color sepia y se contempla en el espejo. Las arrugas rodean sus sienes y la comisura de la boca, le brilla tanto la frente que llego a pensar si se la ha frotado con abrillantador. Saca de su bolsito un pintalabios rojo.
- Acabo de ver a un hombre que ha pasado por ahí y no veas que guapo era, todo un señor, casi como Mauricio Salcedo, ¿crees que si me acerco a él...?.
La animo diciéndole que vaya a por todas. Me da un inesperado abrazo, sale afuera contoneando las caderas pareciendo una muchachita de diecisiete años, le dedico una sonrisa, el tintineo de la campanilla parece llorar cuando se va.

viernes, 6 de enero de 2012

Viernes.


Estoy sentada en un autobús, el sol me quema la cara, a ambos lados se proyecta un hermoso paisaje. Hace un momento saboreé un café, leí el libro que siempre traigo en el bolso e hice el intento de no dejarte llegar a través de las páginas, como esa droga que se palpa en la lengua y adormece tu inteligencia.

Dos personas  me han hablado entre una descomunal multitud de un viernes, decían que la vida es como una gramola donde elegimos canciones para cada momento. Tú eras mi canción más triste. Dentro de mí hay montañas, como las que hay ahora a ambos lados de la carretera. Soy tierra árida. Quiero gritarle al mundo como me siento, apoyarme en unos brazos que no estén fríos, como los míos, como este invierno. Estás en mi monedero, con tu sonrisa de siempre, dándome suerte en cada paso que intento dar en mi vida, y pese a que estoy sola, no tengo miedo. Sé que encontraré lo que ando buscando y ahora puedo decir con toda seguridad, que no te necesito. En cierta medida, pese a que tú lo eras todo para mí, aunque te quise con todo mi corazón, ahora es cuando debo decirte adiós. 

lunes, 2 de enero de 2012

Enero.





Tenía los ojos secos, la noche era una cortina de dudas. Íbamos por la autovía, iluminados por las luces del coche. El mundo estaba vacío, escaseaba el tráfico. En la radio sonaba “dont worry, be happy”, ¿cómo puede uno no preocuparse cuando está lleno de problemas?
-        
-  - Dios aprieta, no ahoga- musitó sin apartar los ojos de la carretera. 
  Apoyé la cabeza contra el frío cristal. 3 grados bajo cero y solo  quedaba nuestro aliento impregnado en el parabrisas.
-          -¿Porqué las estrellas son blancas?
-          -Están muy lejos, al decir verdad, yo también me planteé esa cuestión.

Pensé en todos los deseos y plegarias que había mandado en más de una ocasión, e incluso dibujé su nombre junto al mío, para que cuando me sintiera perdida, pudiera mirar arriba y ver centellear una esperanza. Miré su rostro, estaba lleno de heridas, a pesar del tiempo transcurrido, era evidente que no todas habían cicatrizado lo suficiente. Y hablamos del espacio, las oportunidades, los caminos que terminan y otros se alzan. Tal vez las lágrimas que dejé salir, habían salido disparadas para estrellarse contra el cielo.

No te preocupes, sé feliz”. Dibujé una pequeña sonrisa, y eso bastó para que los kilómetros se hiciesen más cortos. Miré arriba, un avión emprendía su viaje, te imaginé sentado, intentando encontrarme a pesar de la oscuridad, dejé que el miedo no exprimiese mi corazón.