sábado, 8 de diciembre de 2012

Desearás volver



Ella dijo: “lo mismo que deseas irte, desearás volver”.

La puerta, que recibía a mi madre  en esas noches donde la luna pintaba mi rostro como un retrato, ahora la extraña a ella de tal manera, que apenas puede abrirse.  Es como si el espíritu del vacío hubiese anunciado su catastrófica llegada. Extraño la boca burlona y ligeramente torcida de mi madre e incluso esas palabras que yo odiaba oírle decir. Palabras como aquellas: desearás volver.

Yo era una chiquilla incomprendida que deseaba encajar en alguna parte.  Quería atizar mis alas vírgenes hacia los horizontes soñados. En esos valles con musgos revestidos de un verde fluorescente yo Imaginaba ser gaviota. Quise  irme para no volver, y la voz aguda e impetuosa de mi madre arañaba mis oídos diciendo lo de siempre: desearás volver. 

Llevaba en mi pelo las caricias muertas de sus manos, empecé a anhelar los amaneceres al lado de ella. Mi madre no tenía nombre, no quería que la llamase madre, su hogar apenas tenía ventanas, y  las estaciones del tiempo, parecían no adherirse en su marchita piel.  Era una paloma que olvidó su nido en algún lugar.

-¿Qué harás cuando estés lejos de mi? - gritó cuando subí a aquel navío.

El mar, como una boca hambrienta, hizo que me ocultara en una ligera niebla. No volví a ver a mi madre hasta cinco años después. Regresé porque su voz - que fue lo único que llevé conmigo-, interrumpía mi descanso.

Aquel árbol que había sido testigo de nuestras lecturas en voz alta  y oraciones, pendía una hoja marchitada que no  tardó en caer sobre mi pelo. La casa que me había visto nacer ya no era un hogar, era un cimiento quebrantado por el transcurso del tiempo, dolorido por la soledad de mi madre. Subí los peldaños oyendo como estos crujían bajo mis zapatos. Había un silencio anormal.  Al entrar, las telarañas se abalanzaron furiosamente hacia mí por el descaro de mi visita. Las tablas de madera estaban casi carcomidas. Era extraño, porque cinco años no era demasiado tiempo.

Oí un susurro que me heló la sangre. La mecedora que aun estaba en el rincón del salón, se meció suavemente.  En ella, el espíritu de mi madre me miraba como si hubiese estado esperando este momento toda su vida. Entreabrió sus labios heridos de pellejos y dijo al mismo tiempo que tomaba mis manos entre las suyas: “te advertí que desearías volver”.

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Hay una parte que me pareció una imagen fuerte y bien elaborada; "Llevaba en mi pelo las caricias muertas de sus manos". Excelente. Un beso
    Comienzo a seguirte. Ahora voy a comentar la entrada pendiente de la convocatoria de los Jueves y mira me detuve antes a leer este relato jeje

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