domingo, 11 de noviembre de 2012

Paseo.





-¿Quieres que demos un paseo?- propone mi madre colocándose sobre los hombros su chaqueta.

Acepto. Busco en el armario un conjunto ligero y cómodo. Deposito el pijama en la cama para que aguarde mi llegada, y salimos a la intemperie. Las terrazas están repletas de gente que cuenta los quehaceres del día y beben despacio una cerveza. Hay quienes necesitan sentirse rodeados, como nosotras en este momento. Andamos en silencio, mi madre lleva una falda que baila traviesa con el viento, en su rostro hay un ápice de ternura y desolación. Inhalamos la brisa que trae las montañas, hay rostros que encontramos en el camino, algunos nos conocen, otros nos ha olvidado. Encontramos un banco y nos sentamos. Oímos los coches circular a nuestras espaldas. Ella agradece que haya abrazado su soledad,  deposita su mano suave en la mía. Me encantaría poder decirle que la quiero a pesar de todo, que estoy perdida en laberintos.
Le pregunto sobre el ochenta y siete, ella concentra la pregunta en un murmuro. Fue el año que nací, aquel instante que cambió todo: su cuerpo, proyectos y pensamientos. Yo fui la que le salvó, dice ella. ¿Hasta dónde somos capaces de querer a alguien?
 Mi madre no es mi madre. Se convierte en madre cuando ruego su voz y acaricia mi cabeza. Ahora vuelve ser mi madre, porque esta acariciando mi corazón con su compañía. Somos dos almas que pese a haber estado unidas, no nos conocemos lo suficiente. Ella  es como una libélula que escapa de las plumas de mi almohada y me trae estrellas que perdí en sueños.
Mi madre es como una niña que olvidó crecer y proyecta su juventud frente al espejo cuando dan las doce. Es como el corazón de una fruta madura que solo puede intuirse bajo un caparazón peliagudo. Una fragancia que exalta mis noches de insomnio. La que se deja ver entre la mitad de la puerta escondida de su luz.  La que permite que le grite e ignore lo mucho que puedo llegar a quererla. La que espera mi llegada sea la hora que sea y advierte mi sufrimiento cuando esquivo la mirada. Ella, que abre los cerrojos y olvida como echarlos, porque una madre siempre perdona.
Cuando digo que la quiero, ella lo repite cinco veces más. Y siempre sabe hacerme conocer los espejos para que yo vea que esconden trampas; porque no siempre sacan defectos. Ella idealiza mi futuro adhiriéndolo al suyo, porque teme perderme, pero sabe que no me iré del todo. Hay trocitos de mi que tendrá siempre.
Acaricio su mano y apoyo la cabeza en su hombro. Hoy soy una madre para mi madre. Nos hemos perdonado las batallas, y decirnos lo que no nos atrevíamos a formular. El dolor es una diana herida de dagas, las dagas propias de nuestras palabras.
La ayudo a ponerse en pie, froto su brazo con la manga de mi jersey. Hoy tocará arroparnos con los recuerdos. 

5 comentarios:

  1. Que relato más hermoso has escrito para tu madre. Creo que cualquier hija se siente identificada contigo, yo lo he hecho, y me ha gustado la sensación.

    Un beso, guapa.

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  2. Tienes el don de la escritura, con tus relatos y las metáforas que usas me pones la piel de gallina y me llega directamente al corazón. Gracias Guapa!!

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  3. Gracias Lola y Encarni. La verdad es que sentí deseos de alargarlo más pero hay momentos que no sabes explicar el amor hacia una madre. Es una relación supongo complicada. Siempre nos damos cuenta de cuanto la necesitamos hasta que nos hacemos madre también.

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  4. Te he leído porque San puso tu enlace, a veces paso en algún blog nuevo en silencio, pero hoy tengo ganas de gritar a los cuatro vientos lo que acabo de leer. Es precioso, está escrito desde la belleza del alma, por eso tus palabras llegan a madres o hijas. Felicidades por escribir un texto tan lindo. Un abrazo.

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    1. Gracias Pepi, tus palabras me emocionan. Verdaderamente la de la foto es mi madre, quise escribir algo para ella. Se lo merecía.

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