jueves, 1 de noviembre de 2012

Confesiones.




Hay llamas que no terminan apagándose nunca. Vi como te marchabas, cruzabas la puerta y no quise decirte adiós, ¡maldita palabra! Cogí la chaqueta, me la puse sobre los hombros, aún tenía clavado tu olor. Debí haber cogido el último tren, pero como siempre, olvidé la cartera en casa. Desde aquí se vislumbra el perfil de una ciudad que me es desconocida. A través de la ventana de este hotel intento creer que no fuimos mentira, que era cierto. Hubo pasión, fuego y deseo. Entretuve el tiempo dejándote dentro de mí, poseyéndote en cada mirada, en los mordiscos que clavaba en tu piel. Quisiera verte entrar ahora, con tus pantalones bien sujetos por un cinturón comprado en rebajas, y esa camisa apretada que sobresale por los dejados días de ejercicio. Quisiera no tener que lubrificar mi pasión en un baño caliente y lleno de rosas marchitas, aquellas que trajiste un día para pedir disculpas por no haberte comportado como un caballero. Añoro tu bendita voz, que sacrificaba las penurias, y que elevaba mi fortaleza e ilusiones. Perdóname por depender de tus besos de aguja y ese abrazo que me sumergía en un océano cuya profundidad no llegamos a entender. Me repito a mi misma que aún puede ser que me quieras, que no se han muerto del todo las opciones de tenerte muy cerca. Lo sufro con tanta intensidad que dejar escapar el aliento es solo una premisa estúpida. Indago entre las fotografías que guarda el baúl en el desván, y en ellas encuentro viejas historias de una adolescencia perdida. Quiero repetirme que no me has olvidado, ¿cómo ibas a poder hacerlo? Y entonces aparecía ella, yo, tú y los fantasmas, porque hay espectros que no terminan yéndose jamás; se ausentan pero regresan, dejándome ese sabor en la garganta como los tragos de un whisky o un vino añejo.

 Intento abrigar en mi silencio palabras que suenen a un “te quiero” pero he conocido el entresijo de tus instintos, ¡bendita sea! Claro que los he conocido. Y entonces los dedos apuñalan el teclado. He intentado encontrarte en alguna parte pero no logro atraparte, ni besarte, ni tan siquiera arroparte con el resplandor de mis besos rojos. Permíteme arropar en tu vientre el despojo de mis sentimientos, aquellos que fecundan incesantes entre tus párpados. Hay mirlos que encuentro y vuelan encima de mí para hacer estallar mis pensamientos. Y pintar en el cielo, un corazón con mi nombre y el tuyo.

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