miércoles, 4 de julio de 2012

Viernes, 22:00 P.M





I

Es viernes y el atardecer deja besos de colores en los suelos brillantes del aeropuerto. Las sombras que proyecta la luz de los escaparates sobre nuestras caras, cuentan historias y encierran soledades. Miro las manos y las comparo a las que deseé durante tanto tiempo. Mientras ansío que el altavoz anuncie mi vuelo, descubro un rostro que mirándolo de lejos parece cercano. Él acaba encontrándome a través de la memoria y me trae el sueño que deseo vivir a su lado. Recuerdo las caricias lentas y suaves, de un juego delicioso.

Hoy no permitiré que mi corazón flaqueé, voy a darle un nombre a esta sombra mía. Ha transcurrido una hora y viajo sentada al lado de la ventanilla, disfruto mirando estrellas y pintando deseos que solo ellas conocen. Sigo soñando entre nubes ácidas y plateadas. Veo mi destino dibujarse en el cristal y lo cubro con mi aliento.

Bajaré del avión, volverán a temblarme las piernas y él estará esperándome después de tanto tiempo. Tratará de adivinar que esconde ahora esta cara surcada de preguntas. Cree conocerme pero nunca se termina de conocer a alguien. Estará entre la multitud con un nuevo jersey o aquella vieja camisa blanca que se puso el primer día que nos conocimos. Una vez reencontrados, abrigaremos nuestra piel con besos inquietos y me llevará a casa.



II

Duerme apacible, juego con sus mechones, aliso y estiro su piel untuosa, sueño no separarme nunca de su lado. Aun no es tarde aunque el reloj nos contradiga. Decido salir a la terraza y respiro la ciudad. El amanecer viste el mar de color naranja y rojo. La brisa de la mañana calienta mis brazos, disfruto de esta soledad. Intento rezar pero he olvidado cómo hacerlo. Hubo un tiempo en que busqué a Dios, pero la fe acabó apagándose como un fósforo en aceite. Podría haber encontrado una respuesta y todo habría cambiado.

Una anciana juega con su reflejo en los cristales de su balcón y aprendo hacerme vieja. Las agujas que crean los minutos son como alfileres que arañan oportunidades y nuestra piel joven y suave. Las gaviotas trizan el cielo con los compases de su libertad y parecen bisbisear mi nombre. Encuentro hermoso lo innombrable.

En unas horas dejaré esta ciudad y todo seguirá igual. Sonarán con la misma melodía sus buenos días, aun quedarán esas miradas que esperarán sentadas. Se acallarán los incesantes ladridos de los perros cuando el sol ofrezca su generosidad. Las campanadas de la iglesia seguirán siendo fieles a las diez, y él me buscará cada día entre el vacío de las sábanas. Cuando me haya ido, encenderá el reproductor de música y volverá a sonar la canción que nos envolvió anoche mientras nos empapábamos en pasión. Tal vez me extrañe tanto que olvidará quitar la función de repetición, o tal vez… solo esta vez, lo apague y enfunde su dolor en la rutina de verse tumbado en la cama sin hacer nada, salvo ver aquella serie que tanto le gusta. Recordará mis posturas traviesas y morderá sus labios imaginando que son los míos. Ignorará el calendario porque a veces las semanas parecen años, es más fácil ignorar la impaciencia.


¿Y yo?, es sencillo, contaré hacia atrás. Dibujaré una sonrisa a quienes esperan mi llegada y fingiré que todo va bien. Cuando llegue la noche pondré la almohada de lado, para darle forma de un cuerpo y dormiré empapada en tristeza. Haré de mi vida un transcurso de inquietudes hermosas y disueltas y mantendré su recuerdo en una cajita de latón que será abierta cuando nos veamos nuevamente. Alguien dijo que no debemos aferrarnos a los corazones que laten lejanos. El avión retorna a esta otra ciudad en la que resido y creo recordar no haberme sentido nunca tan plomiza.

Alguien me espera con los brazos abiertos, escondo la nariz en su suéter con olor a lavanda. Vuelvo a casa.

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