martes, 24 de julio de 2012

Hasta siempre.




Ya ves, ha sucedido así. Un domingo, ¿qué curioso verdad? A ti que tanto te gustaban los domingos. Lo viviste como habitualmente hacías, pero aquello que realmente te hacia feliz-que era disfrutar de la ciudad y sus aceras-fue lo que terminó matándote. Como odio esa palabra, como detesto tener que sentirla cuando te vi inerte entre mis brazos, pero en tus ojos  ya apagados, solo vi una vida vivida a nuestro lado. Que triste será ahora todo sin ti, ya no te oiré ladrar, siquiera gruñir o llamar la atención. No estarás detrás de la puerta para darme la bienvenida, y tampoco te veré con la cabeza apoyada en el cesto de mimbre. No estarás creando paisajes a mi lado ni veremos crepúsculos y anocheceres. No subirás en mis rodillas para buscar calor ni tampoco intentarás dibujar una sonrisa mía. Ya no nos tendremos el uno al otro, no nos veremos tristes ni contentos. Ya no podré enjabonar tu cuerpecito azabache ni te sacudirás empapándome a mí por igual. No olerá a ti la casa, ni llorarás por las noches. No se oirán tus pasos en el pasillo y no correrás extasiado de alegría al verme llegar en la calle para infundirnos después en un abrazo. Perdóname por las de veces que te he reprochado por no hacer una cosa bien o no aprender a hacer tus necesidades en la calle. Ojala hubieses sabido lo mucho que te quería, y de lo que has aportado en mi vida, de lo maravillosa que me has hecho sentir aquellos días de soledad y de los cuales has compartido conmigo. Fuiste un gran amigo y un gran perro. Ya no volveré a verte y duele mucho, tanto que a veces incluso no lo soporto. Pero dejas la huella de tu existencia y tu recuerdo en mi alma y en mi corazón. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario