lunes, 30 de julio de 2012

Gato


-         - A ti no te gustan los gatos- dijiste.

Y te respondí “claro que me gustan, el problema es que yo no les gusto a ellos”

Qué de las veces que habías intentado agarrar uno para mí y acababan debajo de los coches. Yo replicaba diciendo que me usaban para alimentarlos con un cuenco de leche. Me mirabas y decías divertido “¡pero si a mí me encantan los cuencos vacíos!”

Te miraba sin entender y tu risa se hacía más fuerte.

-       -   Tal vez debas ofrecerles cuencos vacíos, así intuirán que lo único que puedes darles es tu soledad. A los gatos les gusta no pertenecer a nadie.

Qué razón tenías. Sin embargo, había uno en especial del cual me enamoré, uno pequeño y travieso que parecía una mancha de leche.
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  - Me abandonará.- sollocé. Sentí tus brazos rodearme, juré no haber sentido unos brazos tan fríos como los tuyos.

Decías que los gatos no abandonan y yo me oí alzar la voz diciéndote “los gatos aman los tejados y la soledad. Aman por igual la luna, porque les recuerda al pecho de una mujer”.

Acercaste tu boca en mi oído y aquello fue el mayor peligro del mundo.

-         - Ese gato no  se irá de tu tejado si lo alimentas con amor- susurraste.

Hundí la cabeza en tu hombro y depositaste en un mechón travieso de mi cabello una flor que encontraste aquella mañana. Al día siguiente te marchaste y dejaste una caja de cartón en la entrada de nuestro piso. No tardé en descubrir a un gatito que tenía tus mismos ojos. Decidí hacerle un nombre y alimenté nuestra compañía con las palabras que me regalaste un día, aquellos que hicieron hacerme entender que nadie pertenece a nadie.

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