miércoles, 11 de julio de 2012

Destino: Francia.




Hemos decidido cerrar las ventanas, pronto anochecerá, pero quiero quedarme un poco más acurrucada a su lado. Antonio huele a varón dandy y se mezcla con el aliento de un sorbo de vino lambrusco. Esta noche se presenta fría y el paisaje que se divisa debería ser menos mohíno. Nos abandonamos en caricias y recuerdos. París quedó atrás, impreso en mi billete de vuelta, con una manchita marrón en el reverso, creo recordar que fue por el último sorbo de café. En el vagón hice amistad con un uruguayo que viajaba por primera vez  a Francia. Al principio dudó en compartir su soledad con la mía, después nos vimos reflejados en el cristal de la ventanilla, disfrutando de un buen vino.  En ese trayecto conocimos el sabor de la nostalgia y anotamos en nuestra memoria versos de los grandes poetas, como por ejemplo fragmentos de Pablo Neruda, Mario Benedetti…
 El favorito de mi acompañante era el poeta Roberto Bolaño. A mí, sin embargo, me estremecían las cálidas confesiones del poeta Pablo Neruda. Miguel, que así se llamaba, confesó no haberse sentido tan solo en los últimos meses. Su novia falleció repentinamente justo cuando ambos habian decidido casarse ese mismo año.
La mirada de Miguel era una espiral de desvaríos. Observaba anonadada el movimiento que proyectaba sus labios cuando quería decir algo y no sabía cómo poder expresarlo. En mi anular estaba el anillo de oro que aseguraba mi responsabilidad conyugal. El crepúsculo parecía quemar las ventanas con sus rayos anaranjados y amarillos. Los ojos de Miguel eran el espejo de un mar contaminado.
-        -  ¿Alguna vez has temido encontrar algo que cambiase por completo tu vida?- preguntó con esa chispa de embriaguez.
Sopesé la pregunta unos instantes.
-          -Creo que todos hemos temido poder descubrir algo que no sabemos si nos hará ganar o perder. Ahora por ejemplo temo este momento.
-         - ¿Por qué?
-         - Porque  cuando bajemos de este tren no sabremos más el uno del otro.
-        -  ¿Qué podemos hacer?
Enrosqué un mechón dorado entre mis dedos. Bajé la mirada y susurré: Nada, no podemos hacer nada.
En esas seis horas de viaje, supimos mucho el uno del otro. Me dejé atrapar en la telaraña de su voz y soñé con romper el reloj, perderme en ciudades desconocidas y buscar la libertad que no me había atrevido conocer. Quería vivir otra vida, desaparecer como acostumbran hacer los que deciden olvidar su nombre.
Antonio me sujeta los dedos y los lleva a su boca. Él no sabe que están envenenados por secretos. Miramos juntos las paredes y hacemos el amor en silencio. Cada movimiento es un sigilo.  Mientras inhalo su aliento me pregunto si acaso no estaré enamorada de un fantasma. 

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