martes, 15 de mayo de 2012



Un café a las cuatro. Un edificio lúgubre que arde en adoquines desiguales. Intento recordar lo que sucedió esta mañana, pero la sombra que proyecta la ventana distrae mi pensamiento. Pienso en aquella nube que no llegó a ninguna parte, y ese mensaje que debí mandarte pero que sin embargo no hice llegar. Dos hombres hablaban de un traje y lo que vislumbré fue tan solo un estúpido traje que burla mis huesos. En ellos, la tira adhesiva con tu nombre y todo aquello que no logré decirte. 

Se oculta la enfermedad del silencio y ese prolongado dolor de no saber si hago bien en caminar hacia varias direcciones o quedarme en un punto fijo. Ese traje tan bonito que disfruté cuando bailamos aquel tango y que ahora está revestido en óxido, con perlitas puntiagudas, brillantes y empañadas. Ese mismo que conoció la huella de tus manos.

Son las cuatro, no puedo dejar de mirar el reloj, deseo que se derrita en mi muñeca para imaginar el calor de tus manos. El sol tapiza los coches con una capa de brasa y esta epidermis enferma. Recuerdo por entonces la lava tibia de tu semen desparramándose sobre el caliente y húmedo trozo de carne dentro de mí. El éxtasis de tu cuerpo encima del mío, pareciendo dos légamos. Recuerdo el cosquilleo de tus dientes mordisqueando mis lóbulos y haciendo de mis surcos labiales una sopa de letras. ¿Acaso puedo pedir en este momento que no sean las cuatro y olvide tu nombre?


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