sábado, 19 de mayo de 2012

Cuerdas.




Decidí rescatar las cuerdas del tendedero de mi madre. Mi padrastro las había tirado en un contenedor asegurando que no servían para nada, lo viejo y roto había que ser despojado de los grandes hogares. Mi madre lloraba e intenté limpiarle las lágrimas con mis besos, pero solo dejé marcas rositas en sus mejillas y no era suficiente. Mi madre sollozaba que esas cuerdas habían mantenido todas las prendas de su juventud, recuerdos, habían soportado tempestades y los bruscos empujones. Aquellas cuerdas habían sido testigo del sacrificio a altas horas de la noche lavando a mano todo aquello que quiso ocultar o dejar impune. Colgaba con delicadeza toda esa ropa mojada con olor a limpio, fresco. Salía al balcón y vigilaba constantemente el proceso de secado. Cuando miraba las cuerdas, mi madre parecía vivir en otro lugar, se quedaba horas en pie observándolas. Un día le pregunté por qué sentía aquella extraña admiración hacia unas cuerdas roídas.
-          
  - Fíjate en ellas, son resistentes. Soportan el peso de nuestras manos y nuestra ropa. Son… admirables. Esa es la palabra que las define: fuerza.

Hubo un tiempo que creí que mi madre estaba loca pero cuando la veía sentada y tejiendo algo nuevo para mí con esa dulce mirada llena de secretos, intuí que mi madre era la persona más extraordinaria que alguien pudiese conocer.  Cogí la bicicleta y recorrí las calles en busca del contenedor en el que mi padrastro había tirado las cuerdas. Revolví la chatarra tapándome la nariz. El hedor era insoportable pero no falló el entusiasmo. Por mi madre yo era capaz de revolver toda la basura del mundo con tal de ver su sonrisa. Una preciosa chica rubia pasó por mi lado, murmuró que yo estaba loca dejándome las horas dentro de un espacio lleno de cosas que no servían para nada. Pero ella no sabía que yo estaba triste porque mi madre lloraba y tampoco sabía lo que esas cuerdas significaban para ella. Le hice burlas y seguí hurgando.  Encontré de todo, desde bragas hasta sujetadores, botes vacíos, peluches, comida podrida; libros de todos los géneros, un pintalabios de  la marcha channel, un corazón de cristal partido en dos…esto último me hizo pensar en el día que vi partir a mi padre en un autobús con su sonrisa de hielo, haciéndose pequeño a medida que se iba alejando.

Decidí meter en una bolsa que afortunadamente encontré debajo del contenedor, una pila de objetos que podría rescatar, aquellos que habían sido parte de la vida de una persona y que ahora serian parte de la mía. El cielo proyectaba líneas grises y rosas, imaginé un ramo de lilas para mi madre.  A medida que hurgaba dentro de la basura me di cuenta de que algo rozaba mis pies, era un gato negro. Tenía un ojo levemente enfermo y en sus pupilas manchitas rojas. Lo cogí y lo mecí entre mi pecho, algo tan adorable no podría estar abandonado. Le entregué un poco de mi soledad y el cariño que podría anhelar, porque a pesar de que dicen que los gatos son traicioneros también necesitan unos brazos que los rescaten. Encontré las cuerdas en otro contenedor que no estaba muy alejado del cual registré. Olían mal y apenas estaban lo bastantes fuertes. Aun así, las metí en la bolsa y emprendí el camino con alegría, vería la sonrisa de mi madre y ese sería el regalo de mi cumpleaños. “Feivel” que así decidí llamar al gato, decidió desprenderse de mis sucios brazos y se quedó quieto en la esquina.

El rostro malhumorado de mi padrastro me recibió cuando entré en casa. Mi madre estaba arremolinada en sábanas, en su sillón de siempre. Al verme, noté indiferencia pero cuando vacíe la bolsa delante de ella y los objetos hacían ¡clic plaf! mi padrastro se llevó las manos en la cabeza y gritó que yo era una sinvergüenza por traer porquerías. A mi madre se le iluminaron los ojos cuando vio las cuerdas, se abalanzó sobre ellas y se las paso delicadamente por su rostro corrido de rímel. No esperé besos o un abrazo. Quedé quieta y aliviada apoyada en el marco de la puerta, viéndola rezar para que no la abandonasen. Busqué a Feivel asomada en la ventana y vi un rabo negro  en forma de interrogación asomado en la esquina, sabía que estaba esperándome. Bajé a toda prisa y lo que vi de Feivel solo era una sombra perfilada y tranquila. Acaricié su lomo e inventé para él un mundo que podría haber conocido. Las noches son constelaciones vacías,  los días bolsas de golosinas caducadas y mi corazón una piedrecita de titanio cuando mi madre vuelve a llamarse madre y feivel hace de compañero en tardes provistas de aventuras. 

3 comentarios:

  1. ¡TE FELICITO, SARA, DE TODO CORAZÓN, POR TU BRILLANTE ARTE DE PROFUNDIDAD, CALIDEZ Y SENCILLEZ, EN TU ESCRITURA: ES UN REFRESCO LEERTE, ERES MUY DULCE; GRACIAS, OTRA VEZ, Y CONTINUAMOS EN CONTACTO, UN ABRAZO!!

    ResponderEliminar
  2. Mil gracias José, me halaga tu comentario, es un placer saber que te gusta :)

    ResponderEliminar
  3. Muy Emotivo, como todo lo que escribes, sacas el jugo de la esencia a las cosas cotidianas convirtiéndolo en arte. ¡Enhorabuena!

    ResponderEliminar