viernes, 6 de abril de 2012

Noche caótica



Soledad, la percibí a través de sus gestos. Las palabras se le quedaban estancadas. Decía que el mundo tenia varias capas pero las había descuartizado. Cada mañana jugaba a mirar el amanecer, de edificios pintados por la aurora, era para ella el verdadero arte. Maquillaba sus labios con un tono rosa chicle, sus ojos eran dos caramelos de café. En ese rostro marcado de cicatrices hubo una vez belleza.

La niebla es el aliento de un sol vago. Aquella mañana sudaban los cristales y nuestra piel parecia la corteza de una naranja. La noche anterior jugamos a lanzar dardos contra una diana. Yo veía la vida de igual manera.

Ambas nos parecíamos tanto que tu quedabas anonadado con nuestra peculiaridad. Coincidían hasta nuestras sombras, todo cuanto la rodeaba era lo que se percibía en mi alrededor. Nuestros ojos eran auténticos, la forma del arco en el labio superior, el lunar en la ceja, la forma de peinarse…

Temías que fuese una especie de demonio acechando en las esquinas y que yo, débil de por sí, cayese rendida en sus tentaciones y trampas. Ella era una flor, abierta y sedienta, yo un tiesto vacío y solitario. Ella tenía la afición de saborear los placeres de la vida, yo rehuía los peligros. Ella sonreía sin temor a mirarte, yo escondía mis instintos y amor por ti.

Aquella noche no dijo nada. Se limitaba a observarnos en silencio y me pregunté; ¿como entendería ella el significado de los acontecimientos?


Algunas parejas habían salido a la terraza para contemplar la lluvia de estrellas. Yo deseaba tenerte en cualquier parte y tú permanecías atento a mis debilidades. El estroboscopio del pub proyectaba puntos brillantes que danzaban sobre nuestra piel. Me gustaba la sensación de bailar sobre un mismo punto y marearme, sin importar caerme en ese suelo sucio de pisadas, cigarros y papeles. Sentía las miradas sobre mí y me excitaba. La música hacía temblar la pista, haciendo cosquillear mis pies. Agarraste mi cintura e hiciste sentarme a tu lado. Mis ojos eran dos constelaciones enfermas, sentía la sangre hervir por las venas.


El vaso de ron se tambaleaba cuando mi pierna rozaba la pata de la mesa. Su aroma dibujaba un destino que pese a que parecía negro por el veneno del alcohol, simulaba un entresijo de dudas y esperanzas. Ella cogió mi mano y su sonrisa magnética me hizo saber que no tenía por qué temer nada. La vida sin ti tenía que comenzar tarde o temprano, porque los corazones no deben pertenecer a nadie. Yo era un espejismo de un pasado turbio y tú eras el futuro incierto. Nos mordimos los labios y prometiste que jamás me dejarías.

A la mañana siguiente solo recuerdo una gran mancha carmesí entre las sábanas, un paquete de tabaco bajo tus pies inmóviles y una sonrisa muerta dibujada en tu cara haciéndote parecer un bufo.

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