lunes, 16 de abril de 2012

Muñeca en noviembre.




Soledad es lo que enmarca los rostros que veo cada mañana. Estos labios que dejaste se incendiaron de odio, abandonaron proyectos cuando cumplí los veinte y marché muy lejos contigo. Aprendieron a ser como una barrita de incienso que olían a ti cada vez que entrabas y salías de la habitación. Ahora estos labios son un crucigrama que juega con los tuyos. Las sábanas son la piel de un tigre que fenece cuando nos ve abrazados. Llegó la mañana y desapareciste como habituabas hacer, quedé sola, enfundada en una bata que olía a detergente, salí al balcón e intenté encontrar la marca de tus zapatos en la acera.

Tal vez pronto decidas volver con una bolsa de comida, dispuesto a compartir conmigo una velada pronosticada en secuencias, o quizá escribas en mi piel la palabra adiós con tu navaja. El sol parece la cabeza de un niño albino que me hace burlas. Me tiemblan las piernas y sé que muy pronto seré un cuerpo vestido de arrugas y dejarás de desearme. Porque esas cosas ocurren, es algo que aprendí a asimilar cuando te vi compartir risas con otras bocas pintadas de rojo. Usabas disimuladamente la mano para acariciar el escondite que había bajo las faldas que daban permiso a ello.

La pared que sostenía mi espalda mientras te observaba envuelto en virutas de humo, con esa carcajada horrible y excitante, fue cómplice de todos los dolores que soporté.Te sentía lejos, y tú me notabas cerca. Mordí las palabras A-B-A-N-D-O-N-O  y sonreíste. El cielo escupió la lluvia de noviembre y en nuestra habitación de la 302 hubo una profusión de mentiras y verdades. Cogiste la bolsa de plástico y metiste en ella todas mis pertenencias. Solía gustarme aquel olor a nuevo, de repente sentí que lo odiaba con todas mis fuerzas. La costumbre es más fuerte que el amor, bien lo sabías. Yo era un prospecto que no conseguías aprenderte de memoria, como una de esas mujeres que daban a tu vida continuas intermitencias para que las sacases del abismo. Te asustaste porque las cadenas dejaban marcas perpetuas en tu piel y yo empezaba a ser esa herida que temías no poder curar con el tiempo. 

Ahora soy una muñeca rota que deambula por las calles de Manhattan, medias de nylon, zapatos de charol y un escote que muestra dos protuberancias tristes. Un niño me mira y murmura que soy luna caminando en busca de estrellas. Flaqueo mientras pienso en tu estúpida sonrisa y precisamente en la esquina otra estúpida sonrisa me espera con un cigarro en los labios. El amor es como una habitación, dijiste una vez. He decidido abrir las ventanas, tal vez esta nueva habitación tenga una llave que permita decidir su salida o encierro. 

1 comentario:

  1. Querida amiga, tu descarno es visible, dale fuerte a quien sea el desalmado, yo estoy en ello también. Ay!! qué lenguaje has utilizado, qué metáforas tan adecuadamente puestas en su sitio.
    Besos Colombe.

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