jueves, 12 de abril de 2012

Espejos





El minutero de la pared marca las doce de la mañana. Unos arrugan el papel de su cita entre las manos, otros miran al suelo entre un silencio incómodo. Te limitas a mover las piernas y a cantar para ti misma. No te gusta el hospital, enfermar es de débiles. Te duele el estómago, ruge pidiéndote algo que le niegas, pero distraes su llamada. Pronto el especialista estará sentado frente a ti queriendo saber una historia que tú bien conoces pero que no quieres compartir con nadie. Enmudeces y muerdes las palabras. Ignoras el espejo, las fotografías de antes y después, ese programa que habla sobre la belleza y las preciosas chicas con esas piernas tan perfiladas y perfectas, ese porte que sueñas. Nadie te entiende. El diablo te llama a través del frigorífico. No quieres escuchar esa voz que te dice lo que significas en el mundo.


Te sientes una pegatina sucia que no se adhiere en ninguna pared y que todos pisan una vez que no encajas en ninguna parte. Estas harta de sentirte vacía, dolorida y necesitada. Tu madre mira el calendario de su móvil y te recuerda que faltan siete días para que tu menstruación regrese. Pero sabes que no volverá, te has atiborrado de pastillas que diluyen la grasa en la sangre. Obligas y disciplinas a tu cuerpo hacer treinta abdominales tres veces al día y el retrete recibe con aplausos la comida que has ingerido a expensas de que pueden descubrirte. Entonces te ingresarán y todos mirarán lo débil que resultas con ese pantalón de la treinta y dos. Tu rostro famélico deambula perdido, sin querer hablar con nadie. La aguja del reloj te recuerda a aquel alfiler que quisiste clavarte en las venas, fuiste valiente, o tal vez fue el timbre del teléfono lo que te salvó. Tu madre tamborilea sus uñas pintadas de rojo sobre tus rodillas, te molesta el tacto de cualquier cosa que se pose en tu cuerpo. La séptima, siempre hablan de la séptima, amenazan con ingresarte allí, rodeada de personas desequilibradas.


Quieres escapar, pero los dedos de tu madre empiezan a darte miedo. Un anciano en una silla de ruedas  grita estar cansado de ver ojos por todos lados, quiere morirse, pero ellos son malos y no lo dejarán irse de este mundo egoísta. Te preguntas si también lo son las personas que te quieren. No dejaban que te tomases tu tiempo para mirar las calorías que sellaban los alimentos del supermercado, preguntaban adonde ibas a las ocho de la mañana, tu rutina era hacer ejercicio para acelerar el metabolismo, después te pesabas y tu dieta se hacía más estricta. Excusabas qué te dolía el estómago para vomitar todo mientras las lágrimas salían como si fuese tu alma la que te pedía que parases. Sentías que lo que habías ingerido era una masa perversa que transformaba tu cuerpo en una figura obesa. Solo pensabas en correr hasta que te doliesen los huesos y apartar al mundo real. Espejos por todas partes, odiabas reflejarte en ellos. Tus cabellos empezaban a ser hebras frágiles que se posaban en tus hombros. Te cansaste de cepillarte, porque quedaban atrapadas entre las púas. Empezabas a sentir frío por las noches a pesar del calor del verano. Tu padre sentenciaba que era debido a la falta de alimento para hacer bombear la sangre. A escondidas cogías dinero para gastártelo en tu lugar favorito, el herbolario. Allí te sentías segura, parecían comprenderte. Les mentías y salías feliz del establecimiento con cereales integrales, alimentos con fibra y sin azúcar y una gran variedad de tés. Al llegar a tu habitación escondías lo comprado en una caja de zapatos.


Empiezas a sentirte insegura y temerosa. No estás loca. Esa imagen de ti es real. Ellos no lo entienden, no pueden ver lo que ves, no estás delgada, no lo bastante como para que los huesos se noten triunfantes. Tu madre grita que no te das cuenta de la realidad, y te haces más pequeña. Tus amigas empiezan a mirarte como odias que lo hagan, y vuelves a repetir que es verdad lo que viste aquella mañana frente al espejo. La niña que hay frente a ti te sonríe y algo se aviva en tu interior, una especie de esperanza.


Otra enfermera pronuncia un nombre que no conoces. La persona se levanta y acude cabizbaja a la llamada. La puerta se cierra fuertemente y piensas que el diablo pronto saldrá, porque has sido mala, egoísta y estúpida, has hecho daño a los que te quieren. La autoestima era una huella inexistente.
El reloj cruje en cada minuto y sientes que tus esperanzas se rompen. Recuerdas las palabras de tus amigas, cada silaba era una tortura cuando aseguraban que no estabas bien, que estabas enferma. Decidiste tomar un descanso por un tiempo, nada de tés, no más básculas, no más fotografías de modelos para visualizarte con una treinta y dos de talla. Esgrimías la mejor de tus sonrisas y afirmabas que todo había terminado, al fin de cuentas tanto lo bueno como lo malo pasa. Pero la ansiedad incrementaba y se reflejaba en tu palidez. Tu madre tenía razón, siempre se vuelve a decaer.


Los huesos que intentaste disimular bajo la ropa holgada ya no podían hacerlo por más tiempo. Apenas podías leer, nada quedaba en ti, ni los latidos más vitales. La puerta se abre y por un momento imaginas al diablo reírse a carcajadas mientras te hace inflar como un globo, quieres abrazar a tu madre porque sientes que verdaderamente puedes estar loca. Una enfermera joven pronuncia tu nombre, te adormeces cuando arrastra la última sílaba, nadie te había llamado de esa manera, su mirada te tranquiliza. Tu madre ayuda a que te pongas en pie, temes que el estómago se aplaste y te quedes sin nada, deshacerte en huesos sin nombre, últimamente tienes miedo hasta llorar. La enfermera agarra tu mano y tu madre decide esperarte afuera, cree que es mejor que enfrentes tus problemas. La habitación huele a vainilla y alcohol, te sientas y lo ves todo borroso. Observas tus manos que descansan sobre las rodillas, no quieres mirarla a los ojos, el mundo se te echaría encima, te obligas a no llorar.


El cielo es una manta de besos que se posan rojizos sobre el cabello de la enfermera que asegura llamarse Maribel. Confías y empiezas diciéndole lo incomprendida que te sientes y lo que dice el espejo. Ella asiente con la cabeza, te comprende. Apunta en su cuaderno naranja y blanco la lista de cosas que ocurren y el temor que infunden los gritos del frigorífico. Todo termina, el reloj ha dejado de martirizarte, el despacho de Maribel es un respiro hacia una libertad que no habías encontrado. Sientes crecer tu corazón, al fin alguien te entiende. Maribel te acompaña a una sala donde hay muchas como tú que mantienen secretos. Te sientas al lado de una chica que no conoce las palabras.


Semanas después empiezas a ver las cosas con más claridad. Has engordado tres kilos, Maribel te dice que lo superarás, efectivamente lo consigues, no solo ha sido ella la que te dio aquel empujón hacia la realidad, fueron aquellas chicas que como tú, sufrieron ese desvarío de la vida, aquellas que ya no viven porque no pudieron soportarlo. Desde el momento en que sentiste que la vida se te escapaba en una habitación, supiste que querías vivir, comenzar de nuevo. Ahora eres una guerrera que supera las ansiedades que siguen procediendo en contadas ocasiones. Cuando miras alrededor y ves cuanta gente te quiere, sientes que al fin y al cabo ha merecido la pena.




Luchad por vivir, sois maravillosas.

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