viernes, 23 de marzo de 2012

Manuela.











"El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad" ( Gabriel Garcia Marquéz)



Manuela tenía los ojos tristes esa mañana. A pesar de sus 82 años  era una mujer lúcida y culta. Decía que su vida era un carrusel de viajes sin retorno. Como cada día, me coloqué la bata y comencé a limpiar. Su hogar  recordaba a una casa de muñecas. Aunque le regalaba puñado de sonrisas, Manuela seguía hermética. Dijo que estaba cansada, pero no era cierto, empezaba a conocerla para empezar a saber el significado de sus palabras. Manuela se enfundó en un pijama gris y se metió en la cocina para preparar su habitual desayuno: café con leche semidesnatada y un bollo integral empapado en aceite. El olor a café acarició mis tripas, me escabullí de la cocina. A última hora solía relatarme las historias de cada etapa de su dura e insignificante vida. Las repisas del salón contaban con un gran repertorio de fotografías: nietos, hijos, Manuela de joven, recién casada, montando a caballo…
Una gran colección de novelas históricas y una gran variedad de música clásica. Debussy acariciaba la nostalgia de Manuela cada mañana, le gustaba escucharlo siempre y eso era igualitariamente satisfactorio para mí. Cuando tocaba darle brillo a las estanterías observaba los momentos atrapados en las fotos, siempre me ha fascinado ver la felicidad de otras personas.

Manuela era guapa pero con los años solo quedaba en ella una máscara arrugada capaz de hacer saltar del asiento a cualquier persona con sus dotes culinarias y artísticas. Había una figura de Chopin en mármol, me gustaba cogerlo e imaginar que cobraría vida entre mis manos y compusiera una sinfonía para mí. Cuando Manuela asomaba por la puerta con su pequeñita y abultada cabeza de rulos yo volvía a colocar a Chopin en su sitio correspondiente. 

Aquella mañana 6º recorría la ciudad, desde el balcón entraba un olor a galletas recién hechas. Alguien tocaba el saxofón con melancolía e imaginé bailar con alguien en la luna. A lo lejos, empezaban a cobrar vida los tambores, faltaba poco para la semana santa. Manuela se tapó los oídos y cerró el balcón con un portazo. Hacía tiempo que había dejado de creer en la religión. Se puso a mi lado, su aliento a leche rodeaba el pequeño espacio del que disponíamos. Subida a unas escaleras, agucé el oído intentando comprender las palabras de Manuela que aseguraba que todo en los jóvenes era incomprensible. Después interrumpía la conversación dándome instrucciones para limpiar uno a uno los frascos de cristal que pendían de la lámpara. El tintineo quejumbroso de los cristales al chocar me hizo recordar el día que sentí como se partía mi corazón en aquella época de los dieciséis. Yo tenía la faceta de voltear el significado de las cosas, hablaba conmigo misma mientras las horas se vaciaban en el minutero de la cocina. Me tomé un descanso y saboreé un zumo de piña que manuela me ofreció en agradecimiento por haberle dejado pulcra la casa. Su marido llegó después con los ojos levemente obstruidos y tambaleándose, tantas horas en una sala recreativa hacia convertir a los hombres en prisioneros del alcohol. El marido me miró de arriba abajo, sonrió y se metió en su habitación.

-¡Ala! hay lo tienes, otro vago más para el mundo- dijo manuela. Y me quedé a su lado, analizando los porqués de aquella vida que tuvo y no pudo aprovechar. Antes de irme cogió mi mano, acarició los dedos y dijo que tenía que hacer de mi vida algo de lo que me sintiera orgullosa. La miré y supe que no quería llegar a los ochenta y tener la palabra “fracaso” en la frente. No quería llegar a ser lo que era ahora manuela, una anciana taciturna que huele a leche rancia y se sienta al lado de un hombre que ya no conoce.

- No dejes entrar a lobos en tu vida, les gusta comer corazones bondadosos, y tu lo tienes- dijo.

Los ojos de manuela eran azules y en ellos se podía oler el mar. Cada vez que se sentaba en su taburete podían oírse los huesos crujir, ella no decía nada, miraba pensativa el paisaje que se discernía a través de la ventana. A ratos hablaba si parar, decía frases que nunca había oído e incluso refranes. Otros momentos el silencio era tan espeso que temía que a Manuela ya la habían llamado desde los cielos.
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-    -Ese tonto del culo no me hace ningún caso- dijo señalando con la cabeza la puerta de la habitación donde su marido había entrado. Una pequeña tos rugió desde dentro.- le toca tomarse su medicación y cree que puede hacerlo solo.

Le propuse ayudarlo pero ella negó mi petición.
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     - Déjalo, allá él. ¿ sabes? Es triste. Todo lo he ejercido yo a lo largo de los años. Él suministraba dinero a la casa, pero no tenia palabras para decirme que me quería. Yo cuidaba de nuestros hijos, coserle la ropa, todo lo que podría desear en una mujer. Y no obtuve su calor, no pude sentir a su lado lo incomparable. Al principio el amor es bonito, manejable, y luego se convierte en un agujero roto que no puede ser cosido.
Manuela tosió y por un momento creí que las paredes lo hacían con ella. Me senté a su lado y dejé que el frío de sus manos acariciasen las mías. A pesar de que ella no pertenecía a mi vida sabía que me apreciaba como una hija más. Yo aprendía a su lado, las heridas se apaciguaban a medida que acariciaba con sus palabras todas las tormentas que sentía adheridas en mi piel.
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     -Vuelve mañana, tu compañía alivia la soledad- me dijo. Abrió el monedero y me obsequió con una cantidad generosa. – no digas nada, esto te lo doy por que tu eres la única que me escucha sin interrupciones, al menos hay  alguien que  le importa lo que cuenta una vieja gruñona como yo. Hacerse mayor es difícil,  al igual que lo jóvenes aprenden de los mayores, debo decir que igualitariamente nosotros aprendemos más de vosotros.

-Manuela ¿hacerse mayor es bueno o malo?

Ella rió con ganas.

-        -  Cuando llegues a los ochenta ya me dirás si es bueno o no.

Salí a la calle, cada paso era una oportunidad para pensar y decidir. Aun sentía la huella fría de Manuela en la palma de la mano. 

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