viernes, 24 de febrero de 2012

Veintitrés.


Hoy te fuiste para siempre de mi vida, pero una parte de ti permanece. Hoy es veintitrés y el cielo clama que estás bien dónde estás. Hay un vacío que agujerea mi corazón y nadie parece darse cuenta, tal vez encontré la manera de cubrir el dolor con una máscara de piel.

Marqué tu número imaginando que tu voz ronca me diese los buenos días. Pero otra voz informática avisó de que tu número ya no existe. Ya no queda nada, ni tu sonrisa, tu esencia, olor... se fue todo. Deambulo por la calle y siento odiar al sol, la vida circulando, aquellos que se cruzan en mi camino sin intermediar palabra, sin saber que ando perdida, buscando respuestas.

Entonces aparece ese edificio de ladrillo rojo sucio, y recuerdo tus últimos días allí; postrada en la cama, viendo la vida pasar a través de una ventana sucia. Decías que todo tenía principio y final, pero siempre quedaban las huellas. Afirmabas que él te esperaba, y tu pasado se representaría por escenas cuando cerrases los ojos. Temí decirte adiós, sabía que una parte de mi también iba a morirse allí dentro, y te fuiste, dejándome asustada e indefensa ante una nueva vida. Amabas el invierno y fue un día frío el que te llevó de este mundo.



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