domingo, 19 de febrero de 2012

Peligro.




Dijiste que era experta en coleccionar miedos, al fin de cuentas, vivimos de ellos. Hubo una carta urgente bajo el felpudo de mi puerta. Tu letra legible y experta, detallaba lo que las noches traían con mi recuerdo. Sonreí y me vino el olor de tu pelo, tu aliento cosquilleando mi cuello, tu mirada hacia mis caderas cuando salía por la puerta tras una breve e intensa conversación. En tu carta relataba lo que sentías al encontrar un asiento vacío en el autobús, donde muchas veces solíamos encontrarnos, jornadas largas de trabajo. Hacia frío y las ventanas eran cortinas de niebla, imaginabas que me colaría entre ellas y depositaria en tus labios ese beso que deseabas desde hacia tiempo. Solías decir que mis ojos eran leyendas cromáticas en verde, mis labios los aposentos de tu reino soñado. Estaba entre tus poesías y canciones, tú estabas entre los pliegues de mi ropa, imaginaba tus benditas manos acunando ese temor que infundía la posibilidad de saborear los placeres que me otorgabas. Sin embargo, algo nos ata, acontecimientos irreversibles. 

Hoy viajo con el sol pegado a mi espalda, anhelo abrazarte, dejar que el mundo gire por nosotros. Enterramos las lenguas que vociferan extasiadas una posible infidelidad, no importa,  sabemos que nuestro escondite proyecta verdades y confesiones. A veces te busco para desahogar lo que me atormenta día tras día, sonríes, alegras el paisaje gris que veo a través de los cristales, y olvido todo. No quiero ser la culpable de tus idas y venidas, no pretendo robarte tiempo, aunque sé que mis lágrimas no conducen a una respuesta exacta. Algo nos mantiene unidos, tú anhelas mi juventud, yo deseo ser adulta para intentar dar pasos grandes y seguros.

Intentas desnudar el mapa de mi piel pero hay demasiadas cicatrices. Un día te dije que bastaría que estuvieses en algún lugar, verte feliz, aunque yo no forme parte de tu vida. Quererte en secreto mientras deambulas en busca de algo o alguien, y saber que una vez fuiste ese salvavidas que surgió de la nada para guiarme. Notarte cerca y distante, saber que una pequeña parte de ti piensa y vive por mí, que estas sobreviviendo para ordenar tus sentimientos. En esa carta destruías la posibilidad de que yo fuese mujer en tus brazos, esclava de tus lecciones, querías que aprendiese, porque yo deseaba vivir sin miedo. Acariciaste mi brazo y me preguntaste si algún día podría dejar que esa barrera se rompiese. Formas parte de todos los sentidos que puedes imaginarte.

Hoy al establecer esa norma de no acercarme a ti, rompí la barrera. Necesitaba verte de nuevo, porque despiertas algo en mí que nadie logra. ¿Recuerdas aquellas tardes imaginando ser libres? La terraza era nuestro telón de posibilidades, el roble que yacía frente nuestra era un libro abierto donde plasmamos una historia que juré escribir un día. Relatabas los minúsculos detalles de cuando eras niño, amarrabas el tiempo entre las manos y con tu bicicleta aventurabas las calles en busca de algo que te afirmarse el adjetivo que te definía, un niño precoz y entusiasta ante un mar de cocodrilos. Siempre consideré en ti un Dios, una persona que tenia tanto valor para mí que todo lo demás se reducía. 


Oteábamos el horizonte, y en silencio observabas mis gestos, las contracciones de mi rostro cuando recordaba algo que quería compartir contigo pero que sin embargo no podía. Extraño esos días donde no me importaba que el frío se colase entre mi ropa y temblaran hasta los huesos, todo por esperarte. Intenté escribir algo para ti cuando regresé de una de nuestras citas. Al llegar a casa me di cuenta de que intentabas que obtuviese un beneficio, tenía miedo de perderte y podías olerlo a kilómetros. Las mañanas eran efemérides que inventábamos  para descifrar nuestra parte más intima. Gustabas de verme indefensa, confundida y no obstante, me delataba ese extraño placer de ser el huracán de tu vida. Era como una lolita al alcance de tus deseos, pero sin llegar a saborearlos. Provocaba en ti ese instinto que temías por hacerme daño o ser cautiva del arrepentimiento, tus ojos recorrían mi piel, inhalabas con deleite mi perfume y  retrocedías porque aquello no estaba bien. Yo buscaba tus brazos, porque en ellos me sentía segura, capaz de afrontar cualquier cosa, y al mismo tiempo, temía que pensases que era frágil como el papel.

Una vez leí que el sufrimiento es siempre permanente, oscuro y triste, y posee el carácter de lo infinito. Relativamente puede ser cierto, en mi camino ha habido espinas, en el tuyo carisma. Pero siempre conseguías hacerme reír cuando creía que mi corazón estaba decrépito. Acaricié la carta que me dejaste, e imaginé verte escribiéndola, con ese leve temblor que se escapaba cuando plasmarías algo que no debería saberse. Relatabas la excitación que te producía verme joven e ingenua, lo doloroso que era para ti acercarte y no poder aliviar la línea exangüe de mis labios, porque las heridas que tenía en el corazón salían hacia mi exterior. Había ocasiones en que lloraba en busca de tu exilio, pero algo retenía mis pasos y no llegabas a descubrir lo que verdaderamente me atormentaba. En un momento determinado, pensaste que era de madera, que el dolor había endurecido cada centímetro de mi cuerpo. Querías que esa mujer que permanecía dentro de mi saliera para florecer en cada decisión heroica que podría ejercer, esa que sabíamos que tendría un buen provecho en mi camino del autodescubrimiento. 


Un día preguntaste que cuando dejarías de existir para mí y tu recuerdo se desvanecería, te contesté que ese día llegaría cuando me hiciese lo bastante adulta y tu lo bastante mayor. Lo cierto es que no tengo valor para sacarte de mi vida. ¿Soy tal vez esa sombra que deambula por una calle paralela a tu descanso y  ves a lo lejos fulgurando en la ventana? ¿Qué soy exactamente para ti?.

Deseo encontrar un barco que me llevará hacia mi libertad, ese que temes porque no quieres cargar con mis maletas. Hoy he vuelto a subir las escaleras y hemos hablado con la sonrisa cómplice que el tiempo nos ofrece, la mesa que nos separaba era un plato vacío que tu inquietud había devorado. Habías esperado demasiado y yo había prolongado el tiempo de espera. Me mirabas y mis ojos eran tu respuesta ¿Sabes ser feliz? Preguntaste, ni recuerdo como se hace, contesté. Tres personas entraron en ese instante y cortaron la conversación, olía a peligro y decidí apaciguar la llama que empezaba a lamer mis venas. 


Me fui y te quedaste pensando, no todo necesita respuestas. Tú preguntas que eres para mí,  solo puedo responderte que hay sentimientos que no pueden ser expresados,  mientras camino hacia casa rezo para que no te vayas de mi vida. Eres ese bálsamo que encuentro en cada momento cuando siento que me duele el alma, y comienzo diciendo tu nombre, hablo contigo aunque no estés presente. ¿Qué eres para mí?, el milagro de encontrarte, la paz hallada cuando me abrazas, la resurrección de mis ilusiones. Simplemente le das vida a mi corazón.

2 comentarios:

  1. IMPRESIONANTE!! Qué forma de expresar los sentimientos. Qué emotividad, me puso al borde de las lágrimas.
    Felicidades amiga.

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  2. Gracias preciosa. Es para alguien que es muy muy especial para mí.

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