domingo, 5 de febrero de 2012

Ellos.




Podría decirles que se disfrutasen mutuamente, que la muerte no tendrá compasión por los años llevados,  será una insinuada intermitencia que los visitará y se los llevará para siempre. A veces, la tiranía es cómplice del rencor y ha sido consecuente en cada discusión que ambos lisiaban. Cuando ella llega a casa ve un cuerpo longevo esperándola con esa costumbre de asegurarse que no viene con los huesos rotos. Ese mismo cuerpo ha sido toda la exultación de amor y admiración. A ella le duelen las manos, a él el corazón. Han sido esclavos de las injusticias y derrotas, de la pobreza e infaustos de la vida. Pero el dolor permanece en cada rincón y el teléfono es un aviso que arde en la tarde, cuando sienten que los hijos ya son libres totalmente. Podría osarme a llamar a su puerta y mirarlos detenidamente sin importarme la disparatada situación. Quería preguntarles que fue del amor, donde lo enterraron y cuando llegaron a recuperarlo. ¿Es acaso un papel que se lija con el tiempo?.

En su casa huele a libro viejo, la cocina es un habitáculo ordenado y decorado con medicamentos, recordatorios y tarros de alimentos sin azúcar. Las baldosas impregnadas de grasa seca, pero que sin embargo apenas se percibe por los dibujos simétricos de rosas silvestres. Cuando eran jóvenes, la cocina era para ellos el escondite perfecto para experimentar el placer del comer. Dulcificaban la tensión experimentando nuevas recetas, y comían sentados en el suelo, riéndose al ver como el humo había nublado el techo y el horno.

Ella suele llevar una estampa de San Francisco de Asís, reza cada noche, sintiendo la fe incluso con los párpados cerrados. Él siempre lleva un monóculo cuando se enfrasca en las noticias que el periódico trae por las mañanas. Él no se deja ver mucho, supongo que dedica su tiempo sentado en el sillón viendo documentales o intentando leer la primera página del periódico. Rara vez puedo verlo paseando en la calle, disfrutando del cálido día, contando palomas o interviniendo en las conversaciones de otros ancianos, que como él, están cansados de ser viejos. Ella siempre sale a la misma hora, con el carrito de la compra y sus medias antiembolias,  el cabello níveo recogido en un moño bien cardado. Me sonríe, y siento como si el tiempo no hubiese encogido para ella. Mientras exprimía los últimos minutos de limpieza en el portal, se acercó a mí como el sigilo de un gato y me susurró que era demasiado joven para clavar las rodillas en el suelo. Le contesté que al fin de cuentas, el dinero era el dinero, y aunque no fuese lo bastante elevado, podría ejercer mis quehaceres debidamente, con el fin de cumplir mis expectativas. Un día me dejó entrar en su casa, entramos en una pequeña habitación donde un calendario clavado en la pared y dolorido de cruces, nos enseñaba que el mes traían días importantes. La buena señora se  puso sus gafas, y con suavidad, me cogió de la mano.
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-    -¿Qué ves?- estábamos ante el calendario, y lo único que podía distinguir eran números escondidos bajo la marca redonda de un rotulador rojo. En silencio, intenté diluir lo que ella querría que viese. Señaló un número con el dedo.

-       - Un 9.- respondí.

-       - ¿Y si lo volteas?

Esperaba mi respuesta con entusiasmo.

-Un 6.

Ella rió.
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    - ¿No te das cuenta? Es como la vida misma, las dos caras de la verdad y la mentira.

Ella tenía razón, todo tenía dos caras, y en mi mano solo había encontrado la mentira, el miedo y el dolor.
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-   - Cuando pienses que algo es relevante ante tus ojos, míralo con más detenimiento. La realidad de las cosas son en ocasiones inversas a lo que creemos. – dijo con un ápice de amargura.

Aquel día  me enseñó a ver la vida de otra manera. Me convertí en una persona realista y pacífica. Todo debía llegar a su tiempo, ella me lo hizo saber. Cuando la veía salir por la puerta algo en mí crecía, me alegraba las mañanas con sus anécdotas, aunque no contábamos con suficiente tiempo. Ella por su quehacer de comprar la comida y ocuparse de su marido, y yo por el trabajo que debía realizar. El último día que la vi, no mostraba el entusiasmo de los otros días, me confesó que no podía dormir por las noches y que su final se acercaba. La animé aclarándole que aun la vida la esperaba a ella, me dio una débil sonrisa y un hasta luego.

A los pocos días, su puerta era una tabla de madera sucia y quemada. Dijeron que había sido un accidente, acercaron demasiado el radiador a las sábanas. Encontré de lo único que se salvó, una fotografía apenas visible pero que aun podía distinguirse el color sepia de un recuerdo permanente. En ella, había una pareja con dos hijos preciosos, atrás decía: “Nosotros e hijos, 1942”.

En sus rostros pude encontrar la respuesta, el amor no es un papel que se arruga, es titanio, y fue lo que ellos supieron conservar con el paso de los años. Limpié las cenizas que asomaban por la rendija de la puerta e imaginé que nada había ocurrido. Que ella saldría con su carrito y deseándome los buenos días,  y acto seguido él saldría a la calle, con su bastón y mirando con frecuencia el reloj de su muñeca, para asegurarse que ella llegaría sana y salva.




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3 comentarios:

  1. esta muy bien wapa trasmites mucho en este relato me ha encantado sigue asi.

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  2. Jolines me ha encantado. Es un relato muy hermoso, muy aleccionador y está muy bien escrito.
    Felicidades y muchos besos.

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