martes, 28 de febrero de 2012

Claudia.



Se llamaba Claudia, era preciosa, tenía el cuello largo y delgado. Solían llamarla patito feo, pero a mí me recordaba a un cisne. Todas las mañanas la veía salir de su puerta  con un montón de libros bajo el brazo,  gafas mal puestas y  zapatillas multicolor. Claudia era  de aquellas curiosidades que a uno no se le podría escapar un lunes por la mañana. Mientras intento dibujarla en mi cuaderno,  Claudia se afana bajo el constante sonido de su corazón y me limito a observarla sabiendo que pierde un bonito tiempo arrebujada en un espacio que no deja conceder a nadie que intenta conocerla. Yo era como ella, pero la vida ha sabido ponerme en su debido pedestal y sé que no hay peor enemigo que la soledad. No sé  qué edad tiene pero ronda sobre los dieciséis. Claudia no era el énfasis de belleza, sus dientes intentaban ser alineados con un aparato, varias pecas sorteaban su cara y siempre recogía su pelo en un moño enmarañado. Danzaba como las sirenas e imaginaba acariciar el aire en un ritmo lento y sensual. A Claudia la dejaron en el olvido en una esquina donde solo se oían a las palomas velar por su talento;  sin embargo no sabían que ese mismo cuerpo virginal y extraordinario que danzaba para ellos un viernes por la noche, era ella misma, transformada en una improvisada belleza.

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