domingo, 12 de febrero de 2012

Autobús, destino a...






09:10. La estación está atestada de extranjeros, huele a humedad y sudor. No llevo más que una pobre maleta escasa de ropa y un bolso cuyo contenido se basa en un libro de Marcel Proust, un espejito, bálsamo, chicles y un monedero provisto de cincuenta euros y  una tarjeta de crédito. Compro un billete de ida hacia Madrid, he decidido ser libre; el estrés laboral que he conllevado en tres largos meses, han hecho darme cuenta de que en verdad, necesito un soplo de aire que implique un punto de partida. Estoy sola, decidida y asustada. Cuando vas a un lugar que no conoces y no sabes hacia dónde dirigirte y salgas de la boca del metro, es muy probable que termines:

·         Engañada por un incompetente transeúnte que se divierte estafar a jóvenes aventureras.
·         Dar con suerte y recibir ayuda de un guapo madrileño que te invite después a unas copas y acabes felizmente satisfecha de una noche loca de sexo.

El autobús sale a las once de la mañana. Decido pedir un café con leche. Un anciano arrastra su bastón mientras camina cabizbajo. Los dos camareros hablan sobre la educación social y estudios de sus hijos. Mientras muevo el café con la cucharilla, y su olor me embriaga, pienso en los últimos acontecimientos de mi vida; las decisiones que había tomado, las oportunidades que dejé escapar,  todo aquello que debería haber experimentado y no hice por temor. A través del cristal puedo ver parte de la ciudad, un nebuloso sol, maletas de aquí para allá, conversaciones, despedidas, parejas, tráfico…
Frente a mí, dos hombres engullen un enorme bocadillo. Uno de ellos mastica mirando al otro en silencio. El otro se concentra en cada mordisco que deja en el pan. Recuerdo esa frase de Confucio que decía: “el silencio es el único amigo que no traiciona”.
Miro el reloj, las diez y media.
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       -   No serás feliz mientras estés ahí sentada- me dice una mujer vestida con una chaqueta de cuero y los ojos manchados de rímel. Hace tiempo que no veo una mirada tan triste. Se va a toda prisa, torpemente, subiéndose el bolso. Tiene razón, no podré ser feliz esperando tener una vida que deseo y no busco. Solo oigo murmullos, bullicio, estruendos de vasijas, estornudos y de fondo, la radio. Sin embargo, puedo oír los latidos de mi corazón, ojala alguien pudiera escucharlos también.

-si no sabes a que suenan tus latidos, no sabrás hacia dónde va tu capacidad de transmisión- me dijo una vez alguien.

El hecho de que en este mismo momento, sentada en una cafetería, a las diez y media de la mañana, con el corazón hecho añicos y una maleta pintada de libertad, haya podido oir la voz de mi interior es algo que realmente me asusta. Hay quienes dicen que el día que te conoces a ti mismo puede ser tu suerte o desgracia. Es satisfactorio saber que en este día he aprendido a saber quién soy. Cojo mi maleta, termino el café, me encamino hacia el andén con una sonrisa y espero a que el autobús aparezca para llevarme hacia el camino del autodescubrimiento. 

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