viernes, 6 de enero de 2012

Viernes.


Estoy sentada en un autobús, el sol me quema la cara, a ambos lados se proyecta un hermoso paisaje. Hace un momento saboreé un café, leí el libro que siempre traigo en el bolso e hice el intento de no dejarte llegar a través de las páginas, como esa droga que se palpa en la lengua y adormece tu inteligencia.

Dos personas  me han hablado entre una descomunal multitud de un viernes, decían que la vida es como una gramola donde elegimos canciones para cada momento. Tú eras mi canción más triste. Dentro de mí hay montañas, como las que hay ahora a ambos lados de la carretera. Soy tierra árida. Quiero gritarle al mundo como me siento, apoyarme en unos brazos que no estén fríos, como los míos, como este invierno. Estás en mi monedero, con tu sonrisa de siempre, dándome suerte en cada paso que intento dar en mi vida, y pese a que estoy sola, no tengo miedo. Sé que encontraré lo que ando buscando y ahora puedo decir con toda seguridad, que no te necesito. En cierta medida, pese a que tú lo eras todo para mí, aunque te quise con todo mi corazón, ahora es cuando debo decirte adiós. 

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