lunes, 2 de enero de 2012

Enero.





Tenía los ojos secos, la noche era una cortina de dudas. Íbamos por la autovía, iluminados por las luces del coche. El mundo estaba vacío, escaseaba el tráfico. En la radio sonaba “dont worry, be happy”, ¿cómo puede uno no preocuparse cuando está lleno de problemas?
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-  - Dios aprieta, no ahoga- musitó sin apartar los ojos de la carretera. 
  Apoyé la cabeza contra el frío cristal. 3 grados bajo cero y solo  quedaba nuestro aliento impregnado en el parabrisas.
-          -¿Porqué las estrellas son blancas?
-          -Están muy lejos, al decir verdad, yo también me planteé esa cuestión.

Pensé en todos los deseos y plegarias que había mandado en más de una ocasión, e incluso dibujé su nombre junto al mío, para que cuando me sintiera perdida, pudiera mirar arriba y ver centellear una esperanza. Miré su rostro, estaba lleno de heridas, a pesar del tiempo transcurrido, era evidente que no todas habían cicatrizado lo suficiente. Y hablamos del espacio, las oportunidades, los caminos que terminan y otros se alzan. Tal vez las lágrimas que dejé salir, habían salido disparadas para estrellarse contra el cielo.

No te preocupes, sé feliz”. Dibujé una pequeña sonrisa, y eso bastó para que los kilómetros se hiciesen más cortos. Miré arriba, un avión emprendía su viaje, te imaginé sentado, intentando encontrarme a pesar de la oscuridad, dejé que el miedo no exprimiese mi corazón.

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