miércoles, 19 de diciembre de 2012

La sombra





La habitación es un abrigo frío y abandonado. Tras una puerta se percibe una sombra, un cenicero lleno de cigarros muertos, unos zapatos rojos de tacón tirados por el suelo, una canción de Miles David sonando en la estancia.

Una chica enfrenta su pálido rostro ante el pequeño y sucio espejo del baño. Retoca sus ojeras con corrector. En sus pupilas se percibe una balada triste. Ella es un crisantemo que se deshoja al filo aliento del viento. Se ha puesto aquel precioso vestido que descubre unos redondos y orgullosos pechos. En pleno centro de Madrid, ella es la sombra de sí misma, sentada sobre un asiento vacío y descosido de un antiguo Citroën. 

Aquella sombra que veía tras la puerta, y que la acechaba cuando ella se escondía entre las sábanas, viaja a su lado; volviendo a ensombrecerle los ojos y las curvas de su cuerpo. Hoy, ha decidido dejar a un lado la absurda idea de convertirse en alguien que no sea ella misma. No quiere permitirse promesas cuando la luna haga un orificio sobre su cuello. Él la esperará, lo intuye, siempre lo ha sabido. La despojará de ese vestido y morderá con deleite su hermosa piel. 

Hoy, es una flor débil y marchitada que teme fundirse con el viento. A través de la ventanilla del coche, ella saca su respingona nariz e inhala con los ojos cerrados el perfume de los pinos que rodean un parque. Apenas puede pensar debidamente cuando el conductor - un hombre serio y enigmático - frena el coche. 

- Es la hora- dice él.
- Es la hora- repite ella.

Ella cierra de un portazo la puerta y observa como el coche desaparece detrás de una ligera niebla. Se ha quedado sola en mitad del parque silencioso. Un lugar ideal donde podrá desvestirse y ser ella misma. Aprieta fuerte los puños y los párpados y permite que esa sombra que la ha acompañado siempre, salga a su exterior. La sombra, que tiene forma de hombre, es el ente que la poseyó con vertiginosa necesidad. El conductor que se le acercó era otra sombra que percibió los ocultos secretos que ella escondía en su mirada. Supo de antemano que en esta misma noche, la chica es la elegida para convertirse en inmortal. 

Ella había intentado abandonar sus deseos lujuriosos y reprimir la sed. Pero era demasiado tarde, nada podía salvarla. Caminó junto a la sombra hacia el centro del parque. La luna tendía sus rayos de plata sobre un trozo de terreno. ¡Era la hora! Se echó el pelo hacia atrás y dejó que aquella sombra, la misma que había vivido con ella, inmortalizase el último pulso de sangre que corría por sus venas.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Desearás volver



Ella dijo: “lo mismo que deseas irte, desearás volver”.

La puerta, que recibía a mi madre  en esas noches donde la luna pintaba mi rostro como un retrato, ahora la extraña a ella de tal manera, que apenas puede abrirse.  Es como si el espíritu del vacío hubiese anunciado su catastrófica llegada. Extraño la boca burlona y ligeramente torcida de mi madre e incluso esas palabras que yo odiaba oírle decir. Palabras como aquellas: desearás volver.

Yo era una chiquilla incomprendida que deseaba encajar en alguna parte.  Quería atizar mis alas vírgenes hacia los horizontes soñados. En esos valles con musgos revestidos de un verde fluorescente yo Imaginaba ser gaviota. Quise  irme para no volver, y la voz aguda e impetuosa de mi madre arañaba mis oídos diciendo lo de siempre: desearás volver. 

Llevaba en mi pelo las caricias muertas de sus manos, empecé a anhelar los amaneceres al lado de ella. Mi madre no tenía nombre, no quería que la llamase madre, su hogar apenas tenía ventanas, y  las estaciones del tiempo, parecían no adherirse en su marchita piel.  Era una paloma que olvidó su nido en algún lugar.

-¿Qué harás cuando estés lejos de mi? - gritó cuando subí a aquel navío.

El mar, como una boca hambrienta, hizo que me ocultara en una ligera niebla. No volví a ver a mi madre hasta cinco años después. Regresé porque su voz - que fue lo único que llevé conmigo-, interrumpía mi descanso.

Aquel árbol que había sido testigo de nuestras lecturas en voz alta  y oraciones, pendía una hoja marchitada que no  tardó en caer sobre mi pelo. La casa que me había visto nacer ya no era un hogar, era un cimiento quebrantado por el transcurso del tiempo, dolorido por la soledad de mi madre. Subí los peldaños oyendo como estos crujían bajo mis zapatos. Había un silencio anormal.  Al entrar, las telarañas se abalanzaron furiosamente hacia mí por el descaro de mi visita. Las tablas de madera estaban casi carcomidas. Era extraño, porque cinco años no era demasiado tiempo.

Oí un susurro que me heló la sangre. La mecedora que aun estaba en el rincón del salón, se meció suavemente.  En ella, el espíritu de mi madre me miraba como si hubiese estado esperando este momento toda su vida. Entreabrió sus labios heridos de pellejos y dijo al mismo tiempo que tomaba mis manos entre las suyas: “te advertí que desearías volver”.

sábado, 1 de diciembre de 2012

A la luz de una vela.






Ocurrió a la luz de una vela. Era domingo, como siempre, di un paseo por los alrededores del viejo caserón del que dicen estar encantado. Como no peco de ser supersticioso, defendí mi incredulidad atreviéndome a entrar en su enorme jardín.
Hace muchos años esta entrada debió poseer una hermosa vegetación, tal vez era un vergel. La vieja verja chirrió débilmente cuando la empujé. Vi, en una de las ventanas manchadas de humedad, un rostro pálido cuyas facciones parecían las de un ángel. Con el corazón acelerado y revolviéndome la sangre, decidí averiguar quién habitaba allí. Los peldaños crujían bajo mis zapatos. Cuando mi mano agarró el pomo oxidado, un escalofrío me inundó. Alguien susurró mi nombre, subí a la primera planta, una luz mortecina se adivinaba tras una puerta entreabierta. Entré con cautela y vi dos cuerpos sudados revolviéndose con placer en una cama ajada con sábanas blancas y manchadas de sangre. Los ojos de aquellos amantes me mostraron su historia a la luz de una vela. Descubrí que aquel rostro era el mío, poseía con amor a el cuerpo femenino y perfecto que había presenciado mi llegada, el mismo que yo había visto en la ventana.
Recordé la leyenda, decía que hace muchos años dos amantes se encontraban en aquel caserón y mientras hacían el amor fueron asesinados. Desde entonces los espíritus aun pecan cada día a la misma hora su amor prohibido en el lugar de los hechos. Hay quienes afirman haber sorprendido un extraño rostro en una de las ventanas.
Di un paso atrás con el corazón desbocado, ¡no podía ser! Aquello no podía estar pasando. Ella asió mi mano y rogó que me quedase. Pero yo solo pensaba en huir. Sus ojos me miraron con frialdad y dijo sentenciando: “No temas, ya estás muerto”

domingo, 18 de noviembre de 2012

Por siempre nuestros.


¡Esos balcones, adornados de enredaderas, cómo los recuerdo! Señalábamos la ventana que daba al exterior, cuyas persianas viejas y ajadas, se adivinaban tras el cristal manchado de gotas secas. Dentro de ellas  inventábamos historias: apasionadas, melancólicas y eternas. Te imaginaba asomado, con ese temple relajado y entusiasta. Me soñaba  en tus brazos, rogándote que nunca me dejaras.

Eran balcones hechos de ladrillo rojo y hierros de alforja. Pero eran nuestros, para vivir la  libertad. Antes de que nos sorprendiese la noche, oteaba el horizonte haciéndoles vivir a las nubes con mis latidos optimistas. Solías decir que las nubes parecían galletas mojadas en leche, cuando llovía.

Cada vez que te ibas, llevabas contigo la huella del silencio. Yo me sentía triste y solitaria, como un pájaro que aun no conoce la vida. Y aprendí a esperarte, porque no veía sentido respirar para mí misma. Deseaba respirar para ti. En cada momento que hemos compartido juntos, jamás he dudado de lo especial que yo he sido para ti. He advertido el temor en tus ojos cuando recogía mis cosas para ordenarlas, tal vez para marcharme un día. Pero nos quedaba el transcurso de los días, yo contigo, tu conmigo.

Han pasado años desde la última vez que te vi marchar y cerrar esa puerta que fue testigo de tus lágrimas secretas. No conseguí aprender a vivir sin ti, debes perdonarme por ello.  Camino por esta calle, aun están esos balcones nuestros, ligados a nuestros sueños, cada  uno con el guion que les dimos. Siguen haciéndole honor a esta estrecha calle que para mí, ¡únicamente para mí!, tiene sentido.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Paseo.





-¿Quieres que demos un paseo?- propone mi madre colocándose sobre los hombros su chaqueta.

Acepto. Busco en el armario un conjunto ligero y cómodo. Deposito el pijama en la cama para que aguarde mi llegada, y salimos a la intemperie. Las terrazas están repletas de gente que cuenta los quehaceres del día y beben despacio una cerveza. Hay quienes necesitan sentirse rodeados, como nosotras en este momento. Andamos en silencio, mi madre lleva una falda que baila traviesa con el viento, en su rostro hay un ápice de ternura y desolación. Inhalamos la brisa que trae las montañas, hay rostros que encontramos en el camino, algunos nos conocen, otros nos ha olvidado. Encontramos un banco y nos sentamos. Oímos los coches circular a nuestras espaldas. Ella agradece que haya abrazado su soledad,  deposita su mano suave en la mía. Me encantaría poder decirle que la quiero a pesar de todo, que estoy perdida en laberintos.
Le pregunto sobre el ochenta y siete, ella concentra la pregunta en un murmuro. Fue el año que nací, aquel instante que cambió todo: su cuerpo, proyectos y pensamientos. Yo fui la que le salvó, dice ella. ¿Hasta dónde somos capaces de querer a alguien?
 Mi madre no es mi madre. Se convierte en madre cuando ruego su voz y acaricia mi cabeza. Ahora vuelve ser mi madre, porque esta acariciando mi corazón con su compañía. Somos dos almas que pese a haber estado unidas, no nos conocemos lo suficiente. Ella  es como una libélula que escapa de las plumas de mi almohada y me trae estrellas que perdí en sueños.
Mi madre es como una niña que olvidó crecer y proyecta su juventud frente al espejo cuando dan las doce. Es como el corazón de una fruta madura que solo puede intuirse bajo un caparazón peliagudo. Una fragancia que exalta mis noches de insomnio. La que se deja ver entre la mitad de la puerta escondida de su luz.  La que permite que le grite e ignore lo mucho que puedo llegar a quererla. La que espera mi llegada sea la hora que sea y advierte mi sufrimiento cuando esquivo la mirada. Ella, que abre los cerrojos y olvida como echarlos, porque una madre siempre perdona.
Cuando digo que la quiero, ella lo repite cinco veces más. Y siempre sabe hacerme conocer los espejos para que yo vea que esconden trampas; porque no siempre sacan defectos. Ella idealiza mi futuro adhiriéndolo al suyo, porque teme perderme, pero sabe que no me iré del todo. Hay trocitos de mi que tendrá siempre.
Acaricio su mano y apoyo la cabeza en su hombro. Hoy soy una madre para mi madre. Nos hemos perdonado las batallas, y decirnos lo que no nos atrevíamos a formular. El dolor es una diana herida de dagas, las dagas propias de nuestras palabras.
La ayudo a ponerse en pie, froto su brazo con la manga de mi jersey. Hoy tocará arroparnos con los recuerdos. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Confesiones.




Hay llamas que no terminan apagándose nunca. Vi como te marchabas, cruzabas la puerta y no quise decirte adiós, ¡maldita palabra! Cogí la chaqueta, me la puse sobre los hombros, aún tenía clavado tu olor. Debí haber cogido el último tren, pero como siempre, olvidé la cartera en casa. Desde aquí se vislumbra el perfil de una ciudad que me es desconocida. A través de la ventana de este hotel intento creer que no fuimos mentira, que era cierto. Hubo pasión, fuego y deseo. Entretuve el tiempo dejándote dentro de mí, poseyéndote en cada mirada, en los mordiscos que clavaba en tu piel. Quisiera verte entrar ahora, con tus pantalones bien sujetos por un cinturón comprado en rebajas, y esa camisa apretada que sobresale por los dejados días de ejercicio. Quisiera no tener que lubrificar mi pasión en un baño caliente y lleno de rosas marchitas, aquellas que trajiste un día para pedir disculpas por no haberte comportado como un caballero. Añoro tu bendita voz, que sacrificaba las penurias, y que elevaba mi fortaleza e ilusiones. Perdóname por depender de tus besos de aguja y ese abrazo que me sumergía en un océano cuya profundidad no llegamos a entender. Me repito a mi misma que aún puede ser que me quieras, que no se han muerto del todo las opciones de tenerte muy cerca. Lo sufro con tanta intensidad que dejar escapar el aliento es solo una premisa estúpida. Indago entre las fotografías que guarda el baúl en el desván, y en ellas encuentro viejas historias de una adolescencia perdida. Quiero repetirme que no me has olvidado, ¿cómo ibas a poder hacerlo? Y entonces aparecía ella, yo, tú y los fantasmas, porque hay espectros que no terminan yéndose jamás; se ausentan pero regresan, dejándome ese sabor en la garganta como los tragos de un whisky o un vino añejo.

 Intento abrigar en mi silencio palabras que suenen a un “te quiero” pero he conocido el entresijo de tus instintos, ¡bendita sea! Claro que los he conocido. Y entonces los dedos apuñalan el teclado. He intentado encontrarte en alguna parte pero no logro atraparte, ni besarte, ni tan siquiera arroparte con el resplandor de mis besos rojos. Permíteme arropar en tu vientre el despojo de mis sentimientos, aquellos que fecundan incesantes entre tus párpados. Hay mirlos que encuentro y vuelan encima de mí para hacer estallar mis pensamientos. Y pintar en el cielo, un corazón con mi nombre y el tuyo.

martes, 16 de octubre de 2012

Cuando la vida se convierte en un soplo



A Daniel se le hizo tarde en un andén a las 8:45. Empezaba a refrescar, había olvidado la chaqueta en casa. Con paso ausente decidió sentarse en los duros asientos del exterior. Su vida debería estar en orden, pero no había encontrado un ápice de entusiasmo que conllevara a estudiar en profundidad los quehaceres de su día a día. En esta preciosa mañana, él habría podido quedarse más rato durante las sábanas con Giselle, una chica alemana que había conocido hace unos meses. Podrían haber apagado el despertador una vez que los hubiera despertado y fundirse nuevamente en promesas, tal vez, solo esta vez, habría podido decirle que la quería. En esta misma mañana, cuarenta y cinco minutos antes, estarían viajando en una carretera febril, asustados por los cambios que darían sus vidas, pero dispuestos a ello. El volvería a besar aquellas mejillas blandas y sudadas y sabría que todo merecería la pena. Habían soñado durante tanto tiempo y lo habían realizado, a sabiendas de que su relación era una continua lucha de escondites y acertijos. Giselle tenía los ojos como la piel del tigre y en ellos Daniel encontró ese trozo de él mismo, el cual hacia tanto tiempo que no encontraba. Era en esta mañana cuando sus vidas habrían podido cambiar, pero hubo algo que falló en Daniel. No pudo quedarse más rato en la cama, no besó largo y tendido el cuerpo de Giselle y no subió las persianas. Un cielo plomizo lo recibió una vez salido del portal, cogió un taxi y murmuró la palabra: estación. Allí los había como él, vagando inquietos de un andén a otro, con la mirada perdida y envueltos en preguntas. Daniel precisó no llegar tarde a ninguna parte porque si bien quiso madrugar para conocer lugares, no era el momento oportuno para llegar con retraso a lo que iba a ser su desconocida parada. Pero la había perdido, como muchas otras cosas, y ahora quedaba esperar… ¿A qué?

Daniel jugó con su nombre, mordisqueándolo, y volviéndolo del revés. Solo de esa manera olvidaría a Giselle por unos instantes. Ya la imaginaba levantándose de la cama, con su olor de abandonada, el pelo revuelto y alineado de rayas rubias y marrones, los labios cortados y rosados, la piel suave y encogida. Le parecerá extraña su ausencia y mirará a ambos lados de la habitación, se preguntará con aire ausente y algo preocupado donde estaría él a estas horas.  Recorrerá toda la casa, pronunciará su nombre con la ferviente esperanza de verlo inclinado sobre la encimera bebiendo un vaso de leche. Mirará varias veces cada habitación e incluso debajo de la cama, porque siempre queda ese espíritu travieso. Entonces ocurrirá lo que Daniel odia, Giselle explotará en lágrimas y se ahogará con ellas, afirmará ser la culpable del abandono y se sentirá menos mujer que ayer. Se mirará al espejo tantas veces que terminará odiando su imagen, y se preguntará el porqué Dios- ese mismo ser superior que siempre esta en las estampas escondidas de su monedero- la ha hecho tan infeliz. Borrará la huella del carmín de sus labios y se frotará tan fuerte que terminarán siendo dos finas líneas borrosas. Después evitará la ciudad y llenará sus horas libres de soledad y locura. Probablemente estampe contra la pared algún marco de fotos o destruirá todo lo que le hará recordar a él. Esquivará las preguntas de las vecinas y creará un mundo en sí misma. Una vez que el tiempo transcurra, habrá asimilado que Daniel se enamoró de las carreteras y su nombre será tan solo un hilo que se quebrará lentamente. Pero no sabrá jamás que él no se marchó porque quiso hacerlo, sino que  en esa misma mañana él había madrugado para recoger los análisis que a escondidas se había realizado un mes antes, y el resultado sentenciaba que a Daniel le quedaban semanas de vida.

 

martes, 25 de septiembre de 2012

Hoy toca algo diferente, ea, porque si.





Si, eres bruja, te lo digo yo. ¿Ves ese hombre de ahí? Lleva en pie todo el día. No se ha sentado desde que vinimos anoche de fiesta. Tú y yo con vestidos de lentejuelas. ¿Y qué me dices de ese cartel que le falta caerse? Lleva escrito soy vuestra calle, pero ¡como se equivoca!, porque en esta calle circulan bohemios y castos y no son callejones estrechos donde alguien tema salir. ¿Por qué te digo que eres bruja? ¿Y lo preguntas, tú, que deberías saberlo mejor que nadie? Venga, déjame cogerte de la mano, es un bonito día. Vamos a llenar nuestra bolsa de sonrisas, y a dejar unas cuantas para quienes veamos con la cara agria. Venga no seas tímida, acompáñame.

¿Ves aquel violinista que toca como si tuviera el alma de una mujer? Como se entrega, que delicadeza. Espera, quiero quedarme un poco más, ¡Eh me está mirando!, es extraño, no suele mirar a nadie, solo a sus manos. Deja que esta columna de piedra que sujeta nuestra espalda sea cómplice de nuestro descanso. Si, ahora vamos, caminaremos el barrio de los bohemios. Qué pena que tengamos que alejarnos del chico y su violín,. ¡Ya estamos aquí, ¿contenta? Se te ve a kilómetros esa sonrisa que parece hecha de estrellas. Los ojos se te aclaran con el sol, parecen albinos. Bueno ya no empaparé tus oídos de halagos, has tenido bastantes con la cantidad de tíos que han piropeado tu culo, tus piernas y tu escote. ¡Que si!, hoy en día solo se fijan en eso. Es una pena, si. Pero hay un chico para ti, te lo digo yo. Déjate de promesas a la luna y de velas rojas encendidas los viernes porque creas que es el día del amor. Tienes que abrir el corazón, si eso mismo, y no las piernas, ¡por dios, las piernas déjalas cerradas!


Aquí a mitad de la calle está el saxofonista, dando vida a los muros medio derrumbados que hay enfrente. Hace temblar hasta los cristales del escaparate de la joyería. Acaba de guiñarte un ojo ¿qué se ha creído? lo que quiere es tu culo y hacerte una mujer. No, nada de eso, ni se te ocurra preguntarle, no me seas cría, aun queda mucho camino por recorrer. Te gusta el oso gigante que vigila la entrada de la tienda de productos naturales y relajación. Es curioso, porque un oso ahí…

Pero tiras de mi mano y me invitas a entrar. Menos mal que no hemos estado demasiado rato, empiezo a estar cansada, claro eres joven, a mí se me empiezan a notar los años. ¡Cuantas joyas se burlan de nuestros bolsillos! Algún día me gustaría tener colgado un diamante de Swarovski. No me mires así, es que últimamente empiezan a gustarme las joyas, vale sí, es raro, supongo que cuando una chica empieza a crecer se hace más coqueta.

¡Oh, la tienda de chucherías!, lo que nos faltaba. Ahora tocará inflarnos de chocolate, breas rosas, y variedad de golosinas. Aquí en esta calle, el mundo parece feliz. Los niños sujetan la bolsa de chucherias como si eso fuese su salvavidas. ¿Ves lo mucho que les brillan los ojos a todos? Este sitio es especial, te lo digo yo. Allí la tienda de fotografías, ¿bonitas, verdad? Cuantas caras sin conocer que nos sonríen en sus retratos. Algún día te compraré una cámara, así que deja de hacer pucheros.

Ven, sigamos. Allí está la heladería, vale si, disfrutaremos de nata con nueces y fresa. Ah ¿quieres sentarte? ¿No crees que sea mejor caminar un rato? Dicen que contraer las nalgas mientras caminas es un buen ejercicio que tiene como resultado un culo bien firme y bonito. ¡Ah! ¿No nos hace falta? Gracias por el piropo. ¡Te tengo que querer! ¡Vaya por dios!, ¡mira! el chico del que te hablé, si aquel mismo que descubrimos rascándose las pelotas, si, si, el que nos dio una papeleta como invitación a una porción de pizza por un euro. Que tranquilo se le ve, con el pelo chupado hacia atrás y esas ojeras que le hace parecer un muerto viviente. Qué tipo tiene, ¡si señor! Eso es tener un buen par de cojones bien escondidos. Deja de mirar el reloj, que la vida no está hecha para contar agujas.

Vamos a ayudar a esa mujer que apenas puede levantarse, la pobre está muy mayor, ¡qué lástima! Vivir para convertirnos en pasas. Nos da un beso en la mejilla como agradecimiento, ¡qué humildad existe aun! ¡Qué alegría! No te pongas sensible, aun hay gente buena. No quiero mirar a la izquierda, por favor no me preguntes. Nada, son cosas mías, ¿conoces la frase ojos que no ven, corazón que no siente? Pues eso mismo es, no quiero tener que ver para volver a sentir. El amor o lo que empieza a parecerse a él es como un vaso de whisky que una vez que lo pruebas no puedes parar. Vale si, supongo que hoy estoy algo melodramática. Vayamos a comprar un boleto en el quiosco, con un poco de suerte tal vez nos toque la lotería. ¡Que si, hay que soñar!, ¿no eres bruja? Pues elige tú el número. No me mires así, sabes que no me equivoco. ¡Vaya, el siete! Si ganamos te juro que lleno toda tu cara de besos y hasta me permitiré tener el descaro de presentarte a un tío que cuando lo veas se te va a caer la baba, ¡jurao!

El chico de la papeleta de una porción de pizza por un euro y el que se rasca las pelotas en plena calle, se acerca. ¡Joder que se acerca! Idea un plan, ¡venga! Encima la mujer que hay sentada a nuestro lado se ríe la muy...

A ti se te encienden las mejillas, bueno con cualquier cosa al decir verdad. ¡Eh hola! ¿Qué tal? si si aquí todo va bien, ¡vaya que calor! ¿Que si tengo móvil? Se lo tragó el váter… ¡oh destino!. Si, si como lo oyes. ¿Esta? Esta se llama Alicia, si, es soltera. ¿Qué si hoy puede quedar? Que va, tiene cosas mejores que hacer. Y deja de mirarle las tetas. Hablo como me dé la gana. Venga si, te deseo lo mismo, a la mierda también.

No me regañes Alicia, es que ese tío es un pringado. Tienes que conocer otro mejor, alguien que te bese aunque te huela el aliento a cebolla. No, no estoy loca, ya me lo dirás. Venga no te enfades, no te pega nada arrugar la frente, así estás más fea. Venga dame una sonrisa, así, mejor, mucho mejor. Tienes que sonreír siempre, recuérdalo. Vale, la próxima vez guardaré mis instintos protectores contigo. Tienes razón, ya eres una mujer hecha y derecha. Pero es que dieciocho años… ¡dios! Qué difícil es.

Que pronto se pasa una calle ¿verdad? No me importaría recorrerla diez veces más a tu lado. Debe ser porque estando contigo es más fácil. Venga regresemos a casa, mañana será otro día, de acuerdo, volveremos a pasar. Claro que sí, todo es mejor cuando se ve a las mismas personas que nos hacen reír. El mundo parece incluso más pequeño y acogedor ¿verdad? ¡Ea! pues ya has creado otra promesa, a partir de hoy, esta será nuestra calle favorita y la recorreremos hasta el día que dejemos de respirar.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Cenicienta se quita los zapatos




A cenicienta empiezan a quedarle grandes los zapatos. Se mira en el espejo y no se reconoce, limpia el hogar dejándose el alma. A veces empaña lágrimas en el cristal, deja escapar un leve quejido.
Cenicienta se repite que una chica  tiene que ir guapa, ¿pero cómo puede estrujar sus virtudes si no tiene siquiera recursos?

Cenicienta está cansada de apellidarse López, desesperada de ir noche tras noche en busca de una farola para calentar esa frialdad que empieza a treparla por los pies.Quiere ser mujer, no esclava.Cenicienta está cansada de navegar entre detergentes, estropajos y sueños en un balde. Se enfurece cuando se le escurre la fregona entre las manos. Limpia su sudor, emerge en agua sucia el estereotipo de vida que desea encontrar. Cenicienta no encuentra lo que busca y teme no hacerlo nunca.

Ella hace de las calles laberintos y se sienta a esperar con las rodillas heridas.Otra vez la rescata el mismo rostro, pero no quiere ver ese, sino cientos de rostros más.Cenicienta se llena los bolsillos de céntimos e imagina que se convierten en besos de oro.Va de un lugar a otro y de vuelta la fatiga.

Imagina los amaneceres como pinceles, despierta a la ciudad con sus inquietudes. El colchón aguarda su cuerpo,una cama fría y triste que ansia ser llenada de sueños.Cenicienta apenas puede dormir, ve como florece en su piel una leyenda muerta.

Abre la ventana todas las noches porque le ha dado nombres a las estrellas. Es una crecida Wendy que ha olvidado como se hace mujer. Cenicienta pierde su voz en el tejado y no ha encontrado la carroza adecuada. Ha estado subiéndose en calabazas creyendo que tenían los mejores asientos.

Esta noche ha decidido enfundarse en una tela azul opaca para que los sapos busquen lagunas en su recóndito bosque.

Hoy va a dejar de llamarse cenicienta,
Va a encontrar su destino en mapas que cuelgan en las casas que la rodea.

lunes, 27 de agosto de 2012

Yolanda y Esther


Yolanda va al banco y encuentra una vieja amiga. En su cartera solo hay una tarjeta de crédito escaseado en fondos. Su amiga- que se llama Esther- lleva  una factura. Ambas entablan sobre el hogar y el día a día. A Yolanda le duele el corazón pero no dice nada, sin embargo, a Esther le duele sonreír porque bien se sabe que no es fácil ocultarse en una máscara. Yolanda usa zapatos de tacón, hoy ha decidido ser la mujer que desea ser. Esther lleva zapatillas, se ha acostumbrado a ignorar su imagen frente al espejo.

Les aguarda una cola interminable de espera. Se funden en silencio. Puede oírse el ruido metálico del cajero automático y Yolanda no desea otra cosa que comprarse aquel vestido que ha visto minutos antes en un escaparate. Pero el vestido tendrá que esperar, hay una bata blanca y azul esperándola en un portal, ha de gastarse una mínima cantidad en fregonas y trapos. Esther deletrea en un papel lo que necesita llenar en el carro de la compra. Hay tres bocas que esperan su llegada.

Yolanda acaricia la baldosa brillante con su zapato y se pregunta cómo puede haber guiado su vida de esa manera. La cola disminuye, huele a perfume y papeles. Esther pende su mirada en el mostrador, se muerde los labios, hay una pequeña herida en la comisura, esta cansada y tampoco dice nada. Yolanda mira los carteles y envidia esos rostros satisfechos. Sabe que su vida cambiará, la esperanza es el pan que la alimenta cuando advierte el vacío que torna su rutina. Mira a Esther y la ve pálida, remilgada. Debería preguntarle si acaso es feliz pero han pasado años y es incómodo. Esther suspira y da un paso adelante, quiere encontrar afecto en alguien, desea oír que todo irá bien. ¿Cómo puede sentirse tan sola rodeada de personas? ¿Cómo puede siquiera desear romper los hábitos que turban sus deseos de volar?

Yolanda se aprende la espalda de Esther y piensa en invitarla a un café. Deben haber sucedido demasiadas cosas, al fin de cuentas no viene mal un poco de compañía. Esther pronuncia un adiós y a Yolanda se le rompe algo dentro. Espera a que su turno acabe y sale a la calle en su busca. Esther camina con los pies torcidos, es una de esas manías que Yolanda aprendió bien y que hizo reconocerla entre la multitud. Cuando la alcanza, la ve indefensa y piensa como puede tener los ojos tan tristes. Esther sonríe y acepta su compañía.

Helas allí, sentadas y solitarias, contándose lo que se perdieron y ganaron a lo largo de la vida. Esther musita que una vez encontrado a Yolanda ha liberado en si esa pequeña esperanza de poder retomar la decisión de ser la mujer que sabe que puede llegar a ser. Y a Yolanda no le importa que esa bata azul y blanca esté esperándola en el portal, ambas se funden en una deliciosa sonrisa que prevé que la vida de estas dos mujeres va a cambiar. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Lo que quedará de ti




¿Qué les diré cuando vean que ya no estás y ese triste piano que está bajo el cuadro que pintaste un día? ¿Qué podré inventar cuando vean mis labios hinchados y silenciosos? ¿Qué podré decirles cuando vean la cama bien hecha y el perchero ausente de tus prendas? ¿Y cuando no vean aquel vaso que escogías siempre para el café? La puerta fue una boca llorona que gritó tu nombre una vez te marchaste. Escupiste que yo no era aquel disco de vinilo que te recordaba a la época de los ochenta.

Aun rio cuando recuerdo que cogiste el abrigo equivocado, era el mío el que te llevaste, ¿cómo no pudiste darte cuenta? Te dije adiós y creíste haber ganado. ¡Pobre de ti cuando deambules esas calles que harán recordarte las curvas de una mujer! Cuando entres en una iglesia y no te quede nada por lo que rezar. Cuando lleguen las noches y lo único que dormirá contigo será tu soberbia. Hemos batallado con nuestras lenguas de fuego y las cenizas son cristales rotos que rompimos creyendo que con eso nos habíamos desfogado. Dijiste: “no te enamores de mí” y preparé la mejor comida del mundo para ti. Susurraste: “sexo” y vestí mi cuerpo con la mejor picardía que encontré. Dijiste: “marcharé un día” y seguí preparando la mejor comida del mundo. Planché tus inquietudes y máscaras, limpié incluso las bisagras de la puerta para que vieses en ellas tu talante ridículo. Nuestra cama era una boca sucia que guardaba nuestros secretos. ¿Qué éramos en verdad? simplemente habitaciones sin cerrojo, dos tazas vacías, un reloj triste, un beso sin ser beso.

He decidido empaquetar lo inservible, estarás lejos mientras yo no desearé otra cosa que lo mejor para ti. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Una sombra en la ciudad.






Hoy la ciudad susurra tu nombre y acribilla mi silencio sobre el asfalto. El sol es tan solo el bostezo de un Dios. Escondo las manos en los bolsillos, empiezan a tornarse maduras, no estoy preparada para crecer. Tal vez hoy pueda concederme ser ese pájaro que encontrarás en el alfeizar de tu ventana. Añoro el balanceo cansado y triste de tus brazos alzando mi cuerpo, y esa mirada, ¡vaya, si, esa mirada! Como olvidarla. Has decidido partir a otra ciudad porque tu nido se hizo pequeño, nada quedaba pendiente a tu alcance, ni siquiera la súplica de estas pupilas mías que brillan tristes bajo una bombilla sucia. El pomo que sintió tus dedos, me ha regalado por última vez esa huella tuya que apenas se ve pero que hago latir entre mi mano. Una vez que te fuiste, aprendí a que no me saliese amargo el adiós. He sentido las nubes muy cerca, han sido mi sombrero cuando caminaba incansablemente hacia aquel lugar donde te conocí. Sé de memoria los números que tiene el calendario que yace clavado en la pared de tu despacho, al igual que sé irónicamente la cantidad de gotas secas que tiene cada ventana que rodea tu calle. En las noches velo por tu sombra, a veces la imagino entrar sigilosa por la rendija de la puerta para acariciar mi piel febril y dolida. He visto tus labios blandirse en la incomprensión. Ya lo ves, soy una esencia más que deambula sin sol y sombra por las calles de esta pequeña y apagada ciudad.

lunes, 30 de julio de 2012

Gato


-         - A ti no te gustan los gatos- dijiste.

Y te respondí “claro que me gustan, el problema es que yo no les gusto a ellos”

Qué de las veces que habías intentado agarrar uno para mí y acababan debajo de los coches. Yo replicaba diciendo que me usaban para alimentarlos con un cuenco de leche. Me mirabas y decías divertido “¡pero si a mí me encantan los cuencos vacíos!”

Te miraba sin entender y tu risa se hacía más fuerte.

-       -   Tal vez debas ofrecerles cuencos vacíos, así intuirán que lo único que puedes darles es tu soledad. A los gatos les gusta no pertenecer a nadie.

Qué razón tenías. Sin embargo, había uno en especial del cual me enamoré, uno pequeño y travieso que parecía una mancha de leche.
-         
  - Me abandonará.- sollocé. Sentí tus brazos rodearme, juré no haber sentido unos brazos tan fríos como los tuyos.

Decías que los gatos no abandonan y yo me oí alzar la voz diciéndote “los gatos aman los tejados y la soledad. Aman por igual la luna, porque les recuerda al pecho de una mujer”.

Acercaste tu boca en mi oído y aquello fue el mayor peligro del mundo.

-         - Ese gato no  se irá de tu tejado si lo alimentas con amor- susurraste.

Hundí la cabeza en tu hombro y depositaste en un mechón travieso de mi cabello una flor que encontraste aquella mañana. Al día siguiente te marchaste y dejaste una caja de cartón en la entrada de nuestro piso. No tardé en descubrir a un gatito que tenía tus mismos ojos. Decidí hacerle un nombre y alimenté nuestra compañía con las palabras que me regalaste un día, aquellos que hicieron hacerme entender que nadie pertenece a nadie.

martes, 24 de julio de 2012

Hasta siempre.




Ya ves, ha sucedido así. Un domingo, ¿qué curioso verdad? A ti que tanto te gustaban los domingos. Lo viviste como habitualmente hacías, pero aquello que realmente te hacia feliz-que era disfrutar de la ciudad y sus aceras-fue lo que terminó matándote. Como odio esa palabra, como detesto tener que sentirla cuando te vi inerte entre mis brazos, pero en tus ojos  ya apagados, solo vi una vida vivida a nuestro lado. Que triste será ahora todo sin ti, ya no te oiré ladrar, siquiera gruñir o llamar la atención. No estarás detrás de la puerta para darme la bienvenida, y tampoco te veré con la cabeza apoyada en el cesto de mimbre. No estarás creando paisajes a mi lado ni veremos crepúsculos y anocheceres. No subirás en mis rodillas para buscar calor ni tampoco intentarás dibujar una sonrisa mía. Ya no nos tendremos el uno al otro, no nos veremos tristes ni contentos. Ya no podré enjabonar tu cuerpecito azabache ni te sacudirás empapándome a mí por igual. No olerá a ti la casa, ni llorarás por las noches. No se oirán tus pasos en el pasillo y no correrás extasiado de alegría al verme llegar en la calle para infundirnos después en un abrazo. Perdóname por las de veces que te he reprochado por no hacer una cosa bien o no aprender a hacer tus necesidades en la calle. Ojala hubieses sabido lo mucho que te quería, y de lo que has aportado en mi vida, de lo maravillosa que me has hecho sentir aquellos días de soledad y de los cuales has compartido conmigo. Fuiste un gran amigo y un gran perro. Ya no volveré a verte y duele mucho, tanto que a veces incluso no lo soporto. Pero dejas la huella de tu existencia y tu recuerdo en mi alma y en mi corazón. 

miércoles, 11 de julio de 2012

Destino: Francia.




Hemos decidido cerrar las ventanas, pronto anochecerá, pero quiero quedarme un poco más acurrucada a su lado. Antonio huele a varón dandy y se mezcla con el aliento de un sorbo de vino lambrusco. Esta noche se presenta fría y el paisaje que se divisa debería ser menos mohíno. Nos abandonamos en caricias y recuerdos. París quedó atrás, impreso en mi billete de vuelta, con una manchita marrón en el reverso, creo recordar que fue por el último sorbo de café. En el vagón hice amistad con un uruguayo que viajaba por primera vez  a Francia. Al principio dudó en compartir su soledad con la mía, después nos vimos reflejados en el cristal de la ventanilla, disfrutando de un buen vino.  En ese trayecto conocimos el sabor de la nostalgia y anotamos en nuestra memoria versos de los grandes poetas, como por ejemplo fragmentos de Pablo Neruda, Mario Benedetti…
 El favorito de mi acompañante era el poeta Roberto Bolaño. A mí, sin embargo, me estremecían las cálidas confesiones del poeta Pablo Neruda. Miguel, que así se llamaba, confesó no haberse sentido tan solo en los últimos meses. Su novia falleció repentinamente justo cuando ambos habian decidido casarse ese mismo año.
La mirada de Miguel era una espiral de desvaríos. Observaba anonadada el movimiento que proyectaba sus labios cuando quería decir algo y no sabía cómo poder expresarlo. En mi anular estaba el anillo de oro que aseguraba mi responsabilidad conyugal. El crepúsculo parecía quemar las ventanas con sus rayos anaranjados y amarillos. Los ojos de Miguel eran el espejo de un mar contaminado.
-        -  ¿Alguna vez has temido encontrar algo que cambiase por completo tu vida?- preguntó con esa chispa de embriaguez.
Sopesé la pregunta unos instantes.
-          -Creo que todos hemos temido poder descubrir algo que no sabemos si nos hará ganar o perder. Ahora por ejemplo temo este momento.
-         - ¿Por qué?
-         - Porque  cuando bajemos de este tren no sabremos más el uno del otro.
-        -  ¿Qué podemos hacer?
Enrosqué un mechón dorado entre mis dedos. Bajé la mirada y susurré: Nada, no podemos hacer nada.
En esas seis horas de viaje, supimos mucho el uno del otro. Me dejé atrapar en la telaraña de su voz y soñé con romper el reloj, perderme en ciudades desconocidas y buscar la libertad que no me había atrevido conocer. Quería vivir otra vida, desaparecer como acostumbran hacer los que deciden olvidar su nombre.
Antonio me sujeta los dedos y los lleva a su boca. Él no sabe que están envenenados por secretos. Miramos juntos las paredes y hacemos el amor en silencio. Cada movimiento es un sigilo.  Mientras inhalo su aliento me pregunto si acaso no estaré enamorada de un fantasma. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Viernes, 22:00 P.M





I

Es viernes y el atardecer deja besos de colores en los suelos brillantes del aeropuerto. Las sombras que proyecta la luz de los escaparates sobre nuestras caras, cuentan historias y encierran soledades. Miro las manos y las comparo a las que deseé durante tanto tiempo. Mientras ansío que el altavoz anuncie mi vuelo, descubro un rostro que mirándolo de lejos parece cercano. Él acaba encontrándome a través de la memoria y me trae el sueño que deseo vivir a su lado. Recuerdo las caricias lentas y suaves, de un juego delicioso.

Hoy no permitiré que mi corazón flaqueé, voy a darle un nombre a esta sombra mía. Ha transcurrido una hora y viajo sentada al lado de la ventanilla, disfruto mirando estrellas y pintando deseos que solo ellas conocen. Sigo soñando entre nubes ácidas y plateadas. Veo mi destino dibujarse en el cristal y lo cubro con mi aliento.

Bajaré del avión, volverán a temblarme las piernas y él estará esperándome después de tanto tiempo. Tratará de adivinar que esconde ahora esta cara surcada de preguntas. Cree conocerme pero nunca se termina de conocer a alguien. Estará entre la multitud con un nuevo jersey o aquella vieja camisa blanca que se puso el primer día que nos conocimos. Una vez reencontrados, abrigaremos nuestra piel con besos inquietos y me llevará a casa.



II

Duerme apacible, juego con sus mechones, aliso y estiro su piel untuosa, sueño no separarme nunca de su lado. Aun no es tarde aunque el reloj nos contradiga. Decido salir a la terraza y respiro la ciudad. El amanecer viste el mar de color naranja y rojo. La brisa de la mañana calienta mis brazos, disfruto de esta soledad. Intento rezar pero he olvidado cómo hacerlo. Hubo un tiempo en que busqué a Dios, pero la fe acabó apagándose como un fósforo en aceite. Podría haber encontrado una respuesta y todo habría cambiado.

Una anciana juega con su reflejo en los cristales de su balcón y aprendo hacerme vieja. Las agujas que crean los minutos son como alfileres que arañan oportunidades y nuestra piel joven y suave. Las gaviotas trizan el cielo con los compases de su libertad y parecen bisbisear mi nombre. Encuentro hermoso lo innombrable.

En unas horas dejaré esta ciudad y todo seguirá igual. Sonarán con la misma melodía sus buenos días, aun quedarán esas miradas que esperarán sentadas. Se acallarán los incesantes ladridos de los perros cuando el sol ofrezca su generosidad. Las campanadas de la iglesia seguirán siendo fieles a las diez, y él me buscará cada día entre el vacío de las sábanas. Cuando me haya ido, encenderá el reproductor de música y volverá a sonar la canción que nos envolvió anoche mientras nos empapábamos en pasión. Tal vez me extrañe tanto que olvidará quitar la función de repetición, o tal vez… solo esta vez, lo apague y enfunde su dolor en la rutina de verse tumbado en la cama sin hacer nada, salvo ver aquella serie que tanto le gusta. Recordará mis posturas traviesas y morderá sus labios imaginando que son los míos. Ignorará el calendario porque a veces las semanas parecen años, es más fácil ignorar la impaciencia.


¿Y yo?, es sencillo, contaré hacia atrás. Dibujaré una sonrisa a quienes esperan mi llegada y fingiré que todo va bien. Cuando llegue la noche pondré la almohada de lado, para darle forma de un cuerpo y dormiré empapada en tristeza. Haré de mi vida un transcurso de inquietudes hermosas y disueltas y mantendré su recuerdo en una cajita de latón que será abierta cuando nos veamos nuevamente. Alguien dijo que no debemos aferrarnos a los corazones que laten lejanos. El avión retorna a esta otra ciudad en la que resido y creo recordar no haberme sentido nunca tan plomiza.

Alguien me espera con los brazos abiertos, escondo la nariz en su suéter con olor a lavanda. Vuelvo a casa.

jueves, 14 de junio de 2012

Natalia




Se llama Natalia. Tiene los ojos grises Y en ellos encuentro nebulosas espirales. Cepillo su pelo cada día. Cuando la miro sé que algún día podrá decirme lo mucho que me quiere. Natalia tiene diecisiete años Aunque parece tener siete. Ambos caminamos en un prado que empieza a florecer. Todo lo que nos rodea es hermoso y Natalia lo engrandece con sus zapatillas rosas y su camiseta de los Simpson. La gente nos mira mientras ella mueve el cuerpo con entusiasmo. Tiene una boca preciosa. Sueño con que algún día un chico pueda decirle lo mismo. Natalia grita mi nombre veinte veces al día y dice que le da suerte. Soy el único que puede hacerla sonreír en esta guerra fría de derrotas y confusiones. Natalia, mi dulce Natalia, daría lo que fuera por comprarle un escaparate entero de golosinas, vestirla a la última moda y ofrecerle el mejor lugar del mundo. No es consciente de lo que está bien o mal, no puede descifrar lo que queremos decirle o advertirle. No debe quedarse sola más de cinco minutos, es el mayor peligro del mundo.


Hoy Natalia ha dejado suelto su pelo rojo. Lleva una bolsa de caramelos en una mano mientras que con la otra agarra fuerte la mía. Somos cómplices en un mundo que solo nosotros conocemos. Inventamos paisajes, historias, todo lo que siempre hemos soñado. Soy confidente de su tristeza y alegría. Nadie entiende que es el mundo para Natalia, ni siquiera yo. A pesar de su enfermedad es inteligente y cuando observa, sabe hacer sentir a alguien que es especial. Podría hacer bailar una habitación. Pronto anochecerá, ella salta de alegría y gira sobre sí misma. La contemplo y quiero decirle lo maravillosa que es, lo feliz que me siento cuando rompe mi soledad. Somos dos moléculas distintas flotando en un universo indescriptible. Natalia es ese baúl que guardará dentro el secreto de su silencio

lunes, 11 de junio de 2012

Ángel de la victoria




Anduve perdida un miércoles, los pájaros borraban mi sombra sobre el asfalto. ¿Qué pretendía encontrar?.

Me alertó el susurro que escuché la noche anterior a tu partida. Terminarías volviendo y así esperé tu aliento para despertar. Recorrí la ciudad buscando tu nombre en letreros, en los adoquines, en las esquinas donde los ancianos recrean día tras día las mismas historias. Los semáforos brillaban como unos pendientes polícromos. Subí al un autobús y tampoco encontré tu nombre en los asientos. Odiábamos los lunes y nos habíamos conocido en ellos. Se hizo tarde e intenté alcanzar mi sombra.

Te fuiste y no pude susurrarte que vi un ángel escondido entre la frondosidad de aquel parque que JUNTOS contemplamos, ahora apenas transitado. Olvidé decirte tantas cosas...
¿A qué sabían mis lágrimas? ¿Por qué era tan amargo aquel café?. Dos puertas heridas parecían las alas de aquella estatua de piedra que miraba hacia otro horizonte. Decidí esperarte mientras las nubes empezaban a cubrir con sombras a aquel ángel que soplaba mi nombre mientras yo limpiaba la humedad de mi cara.

Volviste y te dijeron que yo había desaparecido, pero no supieron que había fundido mi alma entre las piedras antiguas que ahora miran tu ventana.

domingo, 27 de mayo de 2012

Bohemios.



De repente todo parece ridículo. Somos dos sombras tumbadas en un colchón que huele a cerveza y tiene algunas manchas grises y rojitas. La habitación parece la casa de un enano, duermes a mi lado. Observo como mueves los labios intentando atrapar el aire que se escapa. Tengo la piel como jirones de cera y por un momento dudo si soy real o fantasía. Abres ligeramente los ojos y vuelves a quedarte dormido. Podría preguntarte porqué siempre terminamos huyendo incluso cuando abrimos los ojos. La ventana hace de nuestro calidoscopio y volamos a través de los cristales, cada día les paso un trapo húmedo. Busco caras en las baldosas de mármol, no entiendo como pudimos elegirlas, temías descubrir líneas extrañas.

Nos dolían las rodillas porque dejábamos demasiado tiempo los papeles y cuadernos en ellas. Decidí enmendar la situación, fui a una tienda de antigüedades para comprar un atril. El olor a viejo rozó mi nariz cuando entré en la tienda.  Dentro había un sinfín de muebles antiguos, espejos donde mi reflejo era un fantasma pálido y olvidado. Los sifonieres recordaban a bocas dentadas. Las baldosas estaban algo pegajosas y cubiertas de serrín. Había una enorme estantería preciosa donde podrían ir colocados libros, reliquias de literatura. Dejé la huella de mis dedos en una pequeña parte de la estantería, imaginé acariciar palabras. Del techo pendía una lámpara en forma de araña, en la estancia sonaba una sinfonía, aunque no recuerdo de quien podría tratarse. Hubo también algo que llamó mi atención, trataba de una silla de lectura, servia también como mesa, era perfecto para aquellas noches en vela. Las bisagras estaban algo oxidadas, pero el respaldo firme y orgulloso podría soportar las tristezas de mi espalda y manos. El atril estaba hacia atrás, por lo que sería útil, lo toqué y su tacto era suave, tentador.

El suelo, revestido en tablas de madera,  crujía a medida que avanzaba. Aquello recordaba un  desván, las vigas estaban algo desgastadas. Tropecé con una mesa de madera de ébano, las esquinas estaban fundidas en esculturas de galgos de bronce, era hermosa. Imaginé una habitación con picaporte de oro, paredes tapizadas de persa, muebles legendarios  y una gran ventana con vistas a un paraíso, donde las estrellas fulgurasen y desordenasen nuestros nombres.
El propietario de la tienda estaba inclinado sobre algo, se trataba de un atril. Con un paño seco y sucio frotaba las esquinas del mueble, una vez terminado se sorprendió con mi presencia.
-        
  -    -¿Desea algo?- me preguntó llevándose la mano en la frente para limpiarse la pegatina sudada de horas de trabajo.
-        -  Ese atril.
-        -  Solo queda este y temo poder decirle señorita, que no está en venta.
-        -  ¡Pero lo necesito!
-        -  ¿Porqué?- se puso en pie y se cruzó de brazos.
-         - Simplemente lo necesito.

Se volteó y siguió limpiando otros muebles. Dispuesta a seguir con mi plan de persuasión decidí intentarlo una vez más. Pensaba en tu sonrisa, tu rostro, en esa ventana que abriríamos cuando dejásemos el atril riendo en la esquina.
-          
     -Por favor, necesito hacer feliz a alguien con ese atril.

El hombre, ahora que lo tenía frente a frente, tenía una boca gruesa y pequeña, algo desproporcional con la nariz y sus ojos de búho. Tenía las cejas muy pobladas, era difícil no fijarse en ellas. Su enorme barriga se balanceaba cuando hacia un gesto brusco. Sacó de su bolsillo un paquete de cigarros y salió afuera conmigo. El sol pintaba las aceras.

-     -     Fíjese, hace un bonito día. Usted es joven y bonita, ¿no cree que puede hacer feliz a cualquiera?


Quedé un rato en silencio, no supe que decir.


-   Le daré una cantidad generosa de dinero por él.

El hombre tardó un momento en responder. Se tomó su tiempo. Fumaba prolongadamente mientras yo frotaba mis brazos, el crepúsculo empezaba a apagarse. Dio una última calada, tiró el cigarro entre las rendijas de la alcantarilla y volvió adentro. Pensaba en tu nombre, no podía dejar de pensar en otra cosa.

-          -Debo estar loco, pero acepto. Espero que consiga hacerle feliz.
-          -Yo también, gracias- y deposité en su mano el dinero.

Al llegar a casa, esforzándome para subir el atril por las escaleras, te vi sentado frente a la ventana. Levantaste la mirada asombrado cuando me vistes cargando con él. Al principió note desorden en tu voz, pero luego acariciaste mis labios con tus dedos manchados de tinta. Reí cuando me miré en el espejo, ¿aquella…era yo?

-No deberías haberte gastado dinero en esto.- dijiste con la cabeza agachada. De vez en cuando podía descifrar ese brillo que volaba de tus pupilas, te había halagado aunque no lo dijeses en voz alta.
-          -Lo hice por ti, por mí, por esto.- Señalé una habitación pequeña apretada entre tantos papeles, trastos inservibles, colecciones antiguas, bibliografías de música…
-         - Tenemos todo lo que podemos desear.
-         - ¿Tú crees?

Me dirigí hacia la gramola, elegí a Rachel portman. Te tumbé en la cama e hicimos el amor, mordisqueé tus labios regalándote la huella de mi aliento. Palpé los huesos de tu clavícula, gritabas mi nombre como si temieses olvidarlo. Cuando llegabas al orgasmo yo hundía la nariz entre tu pecho, sentía como me ahogaba tu sudor. “cariño abrázame, cariño bésame y nunca me abandones”. La canción terminó.

Pedí que volvieses a decir mi nombre pero fue el silencio el que habló. Nuestra vida es una cáscara vacía y nosotros dos polluelos inexpertos. Tus besos no saben a nada, la sal de tu sudor es agria, el tacto de tus manos es áspero, olvido no quererte demasiado. Nos preguntan cómo podemos ser felices viajando a través de las calles agarrados por la filigrana de la esperanza. Tú pintas historias y yo las resucito en cuadernos viejos. Nos preguntan que es la felicidad, tu los miras y les respondes: << la felicidad no hay que perseguirla, sino crearla diariamente. Es aquello que debemos intentar olvidar mientras vivimos>>

sábado, 19 de mayo de 2012

Cuerdas.




Decidí rescatar las cuerdas del tendedero de mi madre. Mi padrastro las había tirado en un contenedor asegurando que no servían para nada, lo viejo y roto había que ser despojado de los grandes hogares. Mi madre lloraba e intenté limpiarle las lágrimas con mis besos, pero solo dejé marcas rositas en sus mejillas y no era suficiente. Mi madre sollozaba que esas cuerdas habían mantenido todas las prendas de su juventud, recuerdos, habían soportado tempestades y los bruscos empujones. Aquellas cuerdas habían sido testigo del sacrificio a altas horas de la noche lavando a mano todo aquello que quiso ocultar o dejar impune. Colgaba con delicadeza toda esa ropa mojada con olor a limpio, fresco. Salía al balcón y vigilaba constantemente el proceso de secado. Cuando miraba las cuerdas, mi madre parecía vivir en otro lugar, se quedaba horas en pie observándolas. Un día le pregunté por qué sentía aquella extraña admiración hacia unas cuerdas roídas.
-          
  - Fíjate en ellas, son resistentes. Soportan el peso de nuestras manos y nuestra ropa. Son… admirables. Esa es la palabra que las define: fuerza.

Hubo un tiempo que creí que mi madre estaba loca pero cuando la veía sentada y tejiendo algo nuevo para mí con esa dulce mirada llena de secretos, intuí que mi madre era la persona más extraordinaria que alguien pudiese conocer.  Cogí la bicicleta y recorrí las calles en busca del contenedor en el que mi padrastro había tirado las cuerdas. Revolví la chatarra tapándome la nariz. El hedor era insoportable pero no falló el entusiasmo. Por mi madre yo era capaz de revolver toda la basura del mundo con tal de ver su sonrisa. Una preciosa chica rubia pasó por mi lado, murmuró que yo estaba loca dejándome las horas dentro de un espacio lleno de cosas que no servían para nada. Pero ella no sabía que yo estaba triste porque mi madre lloraba y tampoco sabía lo que esas cuerdas significaban para ella. Le hice burlas y seguí hurgando.  Encontré de todo, desde bragas hasta sujetadores, botes vacíos, peluches, comida podrida; libros de todos los géneros, un pintalabios de  la marcha channel, un corazón de cristal partido en dos…esto último me hizo pensar en el día que vi partir a mi padre en un autobús con su sonrisa de hielo, haciéndose pequeño a medida que se iba alejando.

Decidí meter en una bolsa que afortunadamente encontré debajo del contenedor, una pila de objetos que podría rescatar, aquellos que habían sido parte de la vida de una persona y que ahora serian parte de la mía. El cielo proyectaba líneas grises y rosas, imaginé un ramo de lilas para mi madre.  A medida que hurgaba dentro de la basura me di cuenta de que algo rozaba mis pies, era un gato negro. Tenía un ojo levemente enfermo y en sus pupilas manchitas rojas. Lo cogí y lo mecí entre mi pecho, algo tan adorable no podría estar abandonado. Le entregué un poco de mi soledad y el cariño que podría anhelar, porque a pesar de que dicen que los gatos son traicioneros también necesitan unos brazos que los rescaten. Encontré las cuerdas en otro contenedor que no estaba muy alejado del cual registré. Olían mal y apenas estaban lo bastantes fuertes. Aun así, las metí en la bolsa y emprendí el camino con alegría, vería la sonrisa de mi madre y ese sería el regalo de mi cumpleaños. “Feivel” que así decidí llamar al gato, decidió desprenderse de mis sucios brazos y se quedó quieto en la esquina.

El rostro malhumorado de mi padrastro me recibió cuando entré en casa. Mi madre estaba arremolinada en sábanas, en su sillón de siempre. Al verme, noté indiferencia pero cuando vacíe la bolsa delante de ella y los objetos hacían ¡clic plaf! mi padrastro se llevó las manos en la cabeza y gritó que yo era una sinvergüenza por traer porquerías. A mi madre se le iluminaron los ojos cuando vio las cuerdas, se abalanzó sobre ellas y se las paso delicadamente por su rostro corrido de rímel. No esperé besos o un abrazo. Quedé quieta y aliviada apoyada en el marco de la puerta, viéndola rezar para que no la abandonasen. Busqué a Feivel asomada en la ventana y vi un rabo negro  en forma de interrogación asomado en la esquina, sabía que estaba esperándome. Bajé a toda prisa y lo que vi de Feivel solo era una sombra perfilada y tranquila. Acaricié su lomo e inventé para él un mundo que podría haber conocido. Las noches son constelaciones vacías,  los días bolsas de golosinas caducadas y mi corazón una piedrecita de titanio cuando mi madre vuelve a llamarse madre y feivel hace de compañero en tardes provistas de aventuras. 

martes, 15 de mayo de 2012



Un café a las cuatro. Un edificio lúgubre que arde en adoquines desiguales. Intento recordar lo que sucedió esta mañana, pero la sombra que proyecta la ventana distrae mi pensamiento. Pienso en aquella nube que no llegó a ninguna parte, y ese mensaje que debí mandarte pero que sin embargo no hice llegar. Dos hombres hablaban de un traje y lo que vislumbré fue tan solo un estúpido traje que burla mis huesos. En ellos, la tira adhesiva con tu nombre y todo aquello que no logré decirte. 

Se oculta la enfermedad del silencio y ese prolongado dolor de no saber si hago bien en caminar hacia varias direcciones o quedarme en un punto fijo. Ese traje tan bonito que disfruté cuando bailamos aquel tango y que ahora está revestido en óxido, con perlitas puntiagudas, brillantes y empañadas. Ese mismo que conoció la huella de tus manos.

Son las cuatro, no puedo dejar de mirar el reloj, deseo que se derrita en mi muñeca para imaginar el calor de tus manos. El sol tapiza los coches con una capa de brasa y esta epidermis enferma. Recuerdo por entonces la lava tibia de tu semen desparramándose sobre el caliente y húmedo trozo de carne dentro de mí. El éxtasis de tu cuerpo encima del mío, pareciendo dos légamos. Recuerdo el cosquilleo de tus dientes mordisqueando mis lóbulos y haciendo de mis surcos labiales una sopa de letras. ¿Acaso puedo pedir en este momento que no sean las cuatro y olvide tu nombre?


domingo, 6 de mayo de 2012



Hoy me has partido el corazón, esperaba tener tiritas en el botiquín pero… ¡nada!, vacío, y las heridas no bastan con betadine, suficientes coloradas están ya, no quiero un color feo naranja encima de ellas, lo empeoraría mas.

Afuera las lumbres ardían en la ciudad y yo ideaba guerras frías para jugar a desafiar el peligro. Hoy he sentido cuchillos oxidados clavándose como estacas en todo mi cuerpo. No presencio un paisaje al cual admirar, ni unos ojos que podría amar esta noche. Hay una voz que me ha olvidado, y siento soledad, más que antes, he de admitirlo. Mi mundo no es como lo imaginan, adoro creer en las inverosimilitudes, tal vez eso reta el hecho de que en este momento de mi vida viva una mentira. Recorro con vigilia los rincones donde jugué a ser personajes deseados, intenté encontrar cariño en brazos que creí seguros y acabaron pudriéndose.

Hoy me has roto el corazón y todo sigue intacto, procurando no convertirse en fósforos inservibles. Siento que ardo en algún lugar y no vendrán a rescatar mis cenizas. Hoy soy un bosque desnudo que suspira sin saber que tierra cultiva. Viene a mi cabeza la triste balada que canté anoche en un local, cuando la única compañía que obtuve fue un vaso de whisky y unos zapatos empapados.

Regresé a casa con un puñado de semillas, creí que crecerían junto a mis esperanzas, pero murieron cuando dejé el abrigo olvidado en el trasero de un coche. Ahora doy la razón a quien dijo que los días grises eran marcas que dejaba una vida vacía y absurda. No he encontrado la caja de lápices, debí habérmela dejado debajo de una mesa o en la última clase de secundaria. Tal vez se cayó de mi mochila cuando corrí para alcanzar unos labios que creí poder besar siempre, o tal vez sin recordarlo la tiré en la basura porque pensé que no tendría que pintar mis días de otros colores. Que equivocada estaba y que inútil fue pensar que tú estarías siempre en mi vida. Nada perdura, debí haberme clavado en los sesos esa verdad. Debí aprender a apagar las luces cuando no necesitaba la luz, debí olvidarme de tu voz o de tus manías, de aquellos paseos agarrados de la mano, aprendiendo de la vida.

Hoy has roto el corazón de esta casa que te espera cuando regresas, cuando me abandonas y vuelves días más tarde, como si nada hubiera ocurrido.Olvido todo en una habitación contagiada de soledad, dejando que las manos posean estos papeles que hablan de ti y esta bujía que parpadea enfadada esperando ver tu cuerpo desnudo. No podré dormir porque sentiré otra vez la ansiedad de no poder gritar o decidir. He encontrado una canción que acunará un poco esta soledad. Tiene gracia ¿verdad? A mí que nunca me han gustado escuchar canciones antes de dormir. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Avestruz, pez, piedra.


En el diccionario avestruz significa lo consiguiente: Ave estrucioniforme corredora que puede llegar a medir 2 m de altura, de patas largas y robustas, cabeza y cuello casi desnudos y plumaje suelto y flexible.
-       
     - Tú eres como ellas.
-        -¿piernas finas? ¿ cabeza desnuda? Tengo una manta de pelo que parece oro.
-        - Aparte de eso es porque corres como el viento a pesar de no tener alas lo bastantes grandes. Tienes la cabeza desnuda de muebles que puedan molestar tu estancia por la vida. Además, cuando te enfadas, bramas muy alto para que puedan oírte hasta los dioses, que a saber tu si existen.
-        - Creo en su existencia, ellos han sabido protegernos.
-         - ¿De nosotros?

(Risa)
-      
           -A mí de ti.
-         -Bonito piropo.

Media hora después...
-      
      -No puedo dejar de mirar esa imagen.
-         -¿Tanto te recuerdo a un avestruz?
-         - Cuando te sentías amenazada te escondías. Cuando algo te incomodaba pasabas desapercibida entre la multitud mirando siempre las baldosas.
-         -Los avestruces no esconden la cabeza entre las baldosas.
-        - Conviertes tierra en arena.
-        -  Y tú la arena en tierra.
-         -¿Aprenderemos a no discutir?
-        -¿Aprenderemos a saber discutir?
-         -Dejémoslo, somos el ying y el yang.
-         -Eso es lo mejor cariño, lo mejor.
                                                       
                                                            -pez-
-       
      -Tú eres como Orange.
-         - ¿El pez?
-         -Vives respirando en una pecera de alambres.
-        - ¿Crees que Orange ha decidido nacer naranja? Obsérvala por un momento. ¿Qué te transmite?

(Silencio)

Orange chapotea, le brilla las escamas, envidio que sea tan preciosa.
-     
           -   Es solo un pez que vive respirando bajo el agua.
-       -  ¿Lo ves? Solo sabes eso cuando la miras. Es lo que te dicen los ojos, tu cerebro.
-       -  ¿Qué intentas decirme?
-       -Aquello cuanto parece insignificante verdaderamente oculta algo grandioso.
-        -¿Puedo besarte?
-        - Dejémoslo para mañana.
     -  Nunca se sabe si habrá un mañana.
-        -  Lo habrá.
-        - ¿Cómo estás tan seguro?
-        -  Porque haré que sea posible.

 Orange abre la boca y nos habla en silencio. Se da cabezazos imaginando poder saltar de la pecera y conocer algún lugar. Tiene los ojos saltones y su pupila es como un huevo podrido. Orange vive en una pecera redonda y demasiado pequeña para sus necesidades. Se queda muy quieta cuando oye gemidos de placer en la habitación o la luna pinta su espacio. A veces Orange nos hace pensar y otras veces somos nosotros quien la hacemos pensar a ella. Sabemos que llegará un día en que tendremos que enterrarla en una boca que recoge y evacua nuestros excrementos y residuos. Orange vive sin vivir y nosotros vivimos sin saber cómo vivir.
                               
                                                                 -piedra-
- Quiero ser una piedra.
-¿Porqué?
- Son duras, resistentes, inmortales.
-¿No lo eres ya?
- Soy más bien esa tierra árida que rodea las piedras.
- ¿Qué hay de malo?
- Estoy cansada de ser arrastrada por el viento. Quiero estar fija en alguna parte.
- Las piedras también viajan.
- En ese caso seré de esas bien colocadas que suele haber al lado de la carretera.
- No serás feliz siendo piedra.
- Tampoco lo seré si sigo siendo tierra.