viernes, 16 de diciembre de 2011

Domingo.






Nos quedábamos largo rato mirando como el fuego lamia la leña.

-Esto es lo que más me gusta del invierno.

El fulgor anaranjado parpadeaba en tu labio inferior. Si nos acercabamos demasiado, arderíamos. El calor penetraba en mis pantalones y por las mangas del jersey. El crepitar del fuego rompia el silencio que nos obsequiaba el hogar cuando el sol dormía. Lenguas amarillas que nos susurraban la libertad de arrancarnos la piel a besos. Una de las leñas parecía la máscara desencajada de un bufón, imaginé que era mi calavera convertida en papel de estraza. A veces, la leña era atizada por pequeños petardos. Te pregunté el porqué el fuego hacia doler la madera.
-          
- - Creo que eso nunca lo sabremos.

Enterraste tus dedos sobre los mios, prometiste que no me dejarías. De pronto nos vino la imagen de un crematorio.

Ceniza… nunca.
En ese caso… seria la arena de una bonita playa.

Y tú… serias la huella que dejan tus zapatos cuando me busques entre el sur y el norte. 

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