jueves, 24 de noviembre de 2011

Habla, huye, vive.





Confieso temer decirte adiós,
Confieso temer morir y…
No despertar de este insaciable letargo.

¡Vivan los novios!, dos sonrisas cómplices, granitos de arroz en los amasijos de nuestro pelo, vociferan extasiados, es el día más feliz de mi vida. Por fin… ¡marido y mujer!
Han pasado tres años. Veo el video todas las noches, cuando noctambulo. Miro la puerta entornada de nuestra habitación, procuro no hacer ruido. Me duelen los labios, una hilera roja pegada en el borde de la comisura, he acabado acostumbrándome. El calendario cicatriza los días que quedan para que el miedo deje de ser el enemigo.

 Siempre ocurre lo mismo, cuando quiero huir, llevar a cabo mi plan, mi estómago se revuelve y fracaso en el intento. El baño ha sido el escondite que me ha llevado lejos de él, en los momentos que creía que mi vida acabaría siendo aniquilada. Me enfrento ante el espejo, retoco cada parte de mi rostro. Las ojeras con un tono ligeramente beige, las mejillas pálidas, hundidas, el labio superior interrumpido por una pequeña cicatriz. Hago la habitual pregunta: ¿Quién soy?

Oigo la cama crujir, tiemblo, (tranquilízate)
La puerta truena, ¡ pom, pom!
(Silencio)
-          Ana, abre la puerta.
-          (…)
-          ¡abre la puerta, coño!
¿Que esconde una lágrima? Y… ¿el silencio?)

Abro la puerta y él está ahí, asqueado de mi desnudez. Entra en la habitación dándome un empujón. Abre la tapa del váter, haciendo caer mi albornoz, orina ignorando que yo esté sentada en el filo de la bañera, imaginando zambullir la cabeza para ahogarme. Observo sus movimientos, esperando a que me sonría y hagamos el amor de aquella manera que solíamos hacer cuando el sol entraba por las persianas. Pero eso no ocurre, hace tiempo que no nos mordemos la piel ni los labios, solo escupe gritos, insultos y quejas sobre lo que decido hacer para comer.

-   Dúchate de una vez, no quiero encontrarme con un plato vacío cuando vuelva.

Un portazo, una lágrima, agua caliente lamiendo mis heridas, han empezado a tornarse violáceas. En los últimos meses he dedicado mi rato libre a intentar comprender el eje de una relación. He buscado con desesperación  en libros de autoayuda, (como ser feliz; métodos para subir la autoestima; dietas del kiwi, sandia, sopa; como superar la convivencia, avivar la llama de la pasión). 
Sin embargo desde que encontré lo irracional en él, los títulos que leí fueron: (la agresión y sus causas, ubicaciones de centros a ayuda a la mujer, como gritar).

Llevo la inevitable y cansina palabra que muerde mi cabeza en la hora del desayuno, comida y cena, cuando él llega ebrio en plena madrugada. ¡BASTA!. El constante sonido de sus manos abofeteando mis mejillas, rompiéndome el sostén, abriéndome las piernas, sus manos tirando de mi pelo, acariciándome los pechos, frotándome los labios con el pulgar. Hablaba con ellas, era una forma de decirme que me odiaba, que me quería, que no podía vivir sin mí, que regresase a la cama, que si me marchaba volvería a alzarlas  para hacerme aprender la lección. Las mismas que me invitaron a bailar, la primera caricia, la previa y última carta. Sus manos, tratándome como una muñeca de porcelana,  y cuando me hacia pedazos reconstruía con su boca (como si esta hiciese de pegamento) los trocitos de mi alma y corazón. Poco a poco, las piezas del puzzle que él jugaba con mi cuerpo y estado mental, se volvieron ilusorias. Él ya estaba cansado de esta muñeca, y esta muñeca temía ser tirada a la basura. 

No siempre era así, a veces traía a casa un regalo para mí. Una rosa pintada de azul (me encantan las rosas azules), una caja de bombones, un llavero de París que deseé tener hace tiempo, ropa interior sensual, y la última entrega de mi serie favorita. Cuando me los entregaba con orgullo y satisfacción, deseaba besarlo, rogarle que no se marchase. Quería que todo fuese como antes, cuando nos conocimos en el Pub Sant James, con Salomón Burke de fondo, y nuestras copas de Bailey. Éramos amigos, compartíamos el dolor que nos había causado la vida y sus proclives;  nos dábamos cariño mutuamente, abrazándonos cuando hacia frio, o simplemente telefoneaba cada noche para asegurarse de que yo seguía ahí. Poco a poco formó parte de mi rutina, de mi misma y manejó todos los pensamientos que tenia sobre él. Tenía un carácter difícil, golpeaba el volante cuando le insistía que cambiase de dirección, se salía del coche para según él, poder respirar debidamente. Conocía sus ansiedades y temores, la marca que su pasado había dejado en todos los rincones de su habitación y en sí mismo. Pero ahora, ese hombre que creía conocer muy bien, era un extraño. Nadie termina de conocer realmente a una persona.

Apenas recuerdo lo que ocurre cuando entra por la puerta, creo entender que no he hecho nada malo para que actué como un bumerán. Un fuerte golpe en el costado, los labios hinchados, ¿y si me ha besado demasiado fuerte? No, lo recordaría. El frio y duro contacto de las baldosas contra mi cuerpo. ¿Cómo es posible que tenga tanta fuerza?

 El espejo estalla en mil pedazos, se incrustan en algunas partes de mi cara, brazos y rodillas. Un trocito de cristal se ha colado por mi boca, intento escupirlo, pero baila entre los dientes. Veo mi imagen distorsionada y repartida en reflejos, tengo un aspecto azorado y sanguinolento. A pesar de que hay fuego entre mis venas, alzo la mirada. Ante mi, una silueta soberbia, sus ojos, dos circunferencias convertidas en dos llamas. Se agacha, huele a cerveza y tabaco, odio. Me tira del pelo y acerca su boca a la mía. Puta: susurra; ¡Puta, levántate!, te han pillado hablando con el vecino, ¡eres una autentica puta!. La cabeza es un martillo que golpea mis sienes, quiero levantarme, decirle que esto no es una derrota. Cierro los ojos y escucho a mi corazón, suplicándome que me ponga en pie. (Vamos, ponte en pie, ¡maldita sea!).

Aparece en mi mente la señora Carmen (la frutera que también lleva gafas de sol), Beatriz (mi compañera que sale los domingos conmigo para jugar al bingo). Aparece mi pasado, ese bebé que podría haber tenido y terminó desprendiéndose como una lágrima espesa entre mis piernas. Yo convertida en adolescente, con miles de sueños, sonriendo siempre, deseando encontrar el chico adecuado. Aparece mi presente, tormentas, angustia, dolor. Aparece mi futura yo, vestida de felicidad, con otra mano que no permite mi caída, curando mis heridas, una mujer sin señales, y que ha aprendido a valorarse. Miro de reojo el calendario herido por mis cruces, y decido actuar.

“Mujer mata a su marido ayer tarde, en Jaén. Los informes indican que lo hizo por defensa propia. La víctima tenía 53 años, y sufría de trastornos  psíquicos. La autora del crimen confiesa que cada día era una tortura, y que tuvo que elegir entre su vida o morir. A día de hoy, son más de 400 mujeres víctimas del maltrato en nuestro país.”














4 comentarios:

  1. Impresionante , desgarrador (he tenido que leerlo en dos tandas) inmejorable. Tu denuncia es única y tendrías que publicarla en algún periodico. Es tan conmovedora, tan trágica y tan real.
    Dios! eres muy buena, cuida eso.
    Aunque tu no lo creas tengo escrito algo, para mi próxima entrada contra la violencia sexual, pero ni comparación, te lo digo de verdad. Hay peldaños en la calidad y en la intensidad de la escritura, simplemente tú estás más arriba. Gracias por regalarme tus grandes lecciones.

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  2. Querida amiga:

    Agradezco tus palabras, sinceramente no veo que mis peldaños sean más altos que los tuyos. Leeré lo que has escrito, pues si de alguien he de sentirme envidiada es de ti.

    Un abrazo y gracias de nuevo :)

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  3. puro desgarro sigue así ay que desgarrar con dureza y dulzura y lo haces muy bien, le das muy bien al desgarramiento de las palabras. MOLA.

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