martes, 22 de noviembre de 2011

OCURRIÓ EN UN XIX


Como el filo de una navaja,
rajando mis labios,
La lengua es una contraseña que esconde una historia.

Mezclé el helado con lágrimas,
El frio se hizo amigo de mi pensamiento,
Volví a pensarte, de nuevo, débil.

Una sacudida en el pecho,
era anciana dentro de un cuerpo joven, febril.
Anoche nadie entendió el silencio que se presentó,
el constante restriego del pañuelo sobre mi cara,
el rímel dejó su huella,
Ya era tarde.

¿Tarde para qué?
¿Quizá, para ser feliz?

Arañé mis párpados con la violencia de los dedos, qué sumisos, 
obedecían a mi recelo.
La tapa del retrete hizo de mi almohada,
vomité la tristeza que había quedado atascada.

Así soy algunas noches,
Mitad-luna,
Mitad-tormenta.

Esta es la endeble bipolar que conoces,
que cuenta los sábados para hacerlos domingos.

Y…
mientras el destino era una autovía,
reprochaste que no tenías culpa de que aun yo no hubiera superado…

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