miércoles, 9 de noviembre de 2011


Anoche necesitaba recordarte, imaginar que estabas presente, estuve en tu portal,  la persiana bajada volvía a reírse de mí, decidí llamar al botón de al lado, la casa de la que era tu vecina y amiga. Ensayé una sonrisa, a pesar de que lo que en verdad deseaba, era llorar. Gritó con júbilo mi nombre, y precedió a darme un abrazo y un fuerte beso en la mejilla. Una Lágrima caída y no supe si era por el ojo que tenia enfermo o por mi inesperada visita. Entramos y me ofreció su asiento junto al brasero, lo agradecí, pues en la calle hacia una temperatura de 15º bajo cero. Se sentó lentamente en el sillón y fue entonces cuando noté el lado vacío. Solías sentarte en la misma postura, la cabeza ligeramente encorvada hacia delante, porque te dificultaba ver la televisión, la luz del día cuando iluminaba tu pelo blanco, esa expresión aislada e inocente. Ignoré ese dolor que empezaba a engendrar y me concentré en la conversación que ella, quería conllevar. Preguntó lo que preguntan las mujeres mayores cuando se encuentran con una joven que tiene una vida sumamente interesante al lado suya. Solo podía responder abreviaciones y confirmar que en verdad, todo volvió a su cauce, pero la herida sigue abierta,  lo sabe tan bien como yo. Vi su soledad, quizá más que antes, será porque yo también sé lo que es y lo que significa dentro de sus convenios. Tenia las manos incluso más arrugadas, el semblante preparado para cuando tuviese que despedirme y marchar hacia mi rutina. En la televisión emitían ese programa que ambas odiábamos pero que no teníamos más remedio que ver, queríamos empaparnos de las últimas novedades y no dejar hablar al silencio, porque a veces sentíamos que dolía. Degusté una ciruela que ofreció, el jugo dulce fue un deleite para mi lengua, me recordó a la vejez, porque es una máscara que aparentemente es sobria, oscura, pero por dentro es dulce y sabia.

Al rozar el hueso del centro, recordé cuando de pequeña, te pregunté si eso seria el corazón. Sonreíste y dijiste que todas las cosas de este mundo lo tenia. Le pregunté si tenia miedo del final y me miró dubitativa; claro que lo tenia, pero ansiaba encontrarse contigo y con su hermana en el otro mundo, cada noche, al cerrar los ojos y visualizaros, era más valiente. Me di cuenta de que no quería envejecer, convertirme en una solitaria y triste anciana con un brasero calentando sus pies y los huesos siendo una pesada manta. No quería ejercer el papel de abrir una puerta y fingir que estaba bien, cuando en verdad no lo estaría. Sentarme en una mecedora, recitar versos de una historia que la vida me dio, mirar la televisión y preguntarme cuanto me hubiese quedado por aprender de la vida misma y sus protagonistas, ver a jóvenes aprendices de un camino vorágine. No quería enfrentarme al vacío de una habitación y respirar la humedad de las paredes, sentir la huella de los recuerdos, pensar ante un frigorífico escaso de comida, que es lo que podría llenar en mi pequeño estómago.

Cuando ya no supimos de que hablar y nos empezaba a doler el silencio, me puse en pie y sin seguir mirando tu asiento burlón y vacío, me despedí de ella, ignorando al salir, tu puerta, que si ya no tenia polvo, era un milagro. Bajé las escaleras como si mi cuerpo se hubiese quedado allí dentro con tu recuerdo. Una vez en la calle, envuelta en la constante rutina de la ciudad, dejé que el frío me contase como podría recuperar la calidez.  

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