lunes, 8 de agosto de 2011

Nubes.

Un día me contaste que cuando eras pequeño, solías mirar las nubes, en ellas encontrabas el pasatiempo perfecto para salir de la rutina. Afirmabas que ellas, también respiraban y que mandaban señales a través del viento. Aquel día, mientras el sol golpeaba el parabrisas, dibujé una historia en una nube muy pequeña, pero decidí guardarla dentro de ella, como si metiese una carta en un buzón de algodón. Mis historias no eran como las tuyas, las mías hablaban del vacío que deja el pasado, las huellas incandescentes que suele dejar el amor adolescente, y otras pesquisas. Las tuyas hablaban de dragones, fantasía, el convenio de tener a alguien para no dejarlo escapar, de esos susurros que se escapan, jadean y vuelven de nuevo para saltar hacia tu cama, como un tigre. El último cuento terminó, el cual imprimimos en nuestras hojas de deseos, las nubes cambiaban de lugar, de forma, sin darnos cuenta, como el tiempo.

-Mira, ahora tiene forma de perro- jadeaste- y ese de allí parece un monstruo que chapotea en un suelo invisible.

Te respondí que quizá venia a comerse nuestra carretera, me reí del baile de tus pupilas fingiendo temor. En cuestión de minutos aprendimos a ser niños de nuevo. Pinté en mis bolsillos más monedas para montarnos en esa noria gigante que podría llevarnos al cielo para ser nubes también. Cuando te miré intuí que ya habías enviado un mensaje arriba, y la niebla que el sol traía, acabó por disiparse. Me convertí en bohemia, o quizá eras tú, que solo necesitabas un cuaderno para dibujar una brújula. Nuestra próxima parada fue el país de las maravillas, atrás dejamos el país de nunca jamás. Estábamos creciendo y avanzamos mirando hacia delante, sin miedo a esa vida con sus preguntas sin respuestas, aun nos quedaban kilómetros que recorrer, tal vez sea esa la verdadera cuestión de la vida, ir por carreteras sin saber que camino encontraremos.

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