viernes, 4 de marzo de 2011

El reencuentro


Acabo de llegar a esta ciudad que había dejado hace años, el tiempo había pasado muy lento para mí, y puede ser verdad que hacerse mayor es difícil. Llevaba noches soñando con el color escarlata de la camisa de mi madre, aquel color que se quedaba atado a mis pestañas cuando el sueño me llamaba. Y oía la risa de Silvia, siempre ella. Aquel lugar que una vez fue un hogar de aventuras yace ahora desértico, triste y gris, una oleada de nostalgia y tristeza invadió mi corazón, la verja estaba oxidada, y dos candados la sujetaban. Cuando la abrí, ya no se oían los ladridos de aquellas tres perritas que siempre nos daban la bienvenida con alegría, solo se oyó la voz débil de mi madre, sonreí guardando mi tristeza. Al verme me llenó de abrazos y sus ojos empezaron a llorar. Suspiré entre su hombro, la había echado tanto de menos, como había necesitado en todos estos años a mi madre. Hablamos del tiempo perdido, y de aquellas cosas que quedan por arreglar. Pero yo necesitaba ver a otra persona, y ella sonrió dándome permiso para buscarla. Paseé sobre aquel malgastado suelo de piedra, había aceitunas negras aplastadas y otras enteras, todas esparcidas, que inundaban casi la mayor parte del camino donde yo pisaba. No supe hacia dónde mirar, en cada rincón, en cada esquina, había un recuerdo y toda una historia. Vi aquel tejado donde yo me solía subir a pensar y a escribir junto a mi perrita Cuka, que siempre, iba detrás de mí. Nos sentábamos sobre las tejas, y ambas nos sumíamos en aquel espacio íntimo y armonioso, disfrutábamos del cálido sol que nos alumbraba. Miré hacia los árboles y aquellos rincones donde yo subía y bajaba corriendo junto a mi hermana, lo llamábamos: el peligro, nos gustaba recorrerlo, simplemente éramos ignorantes. Llegué más abajo, y allí, solitario y viejo, estaba aquel árbol del que pendía una cuerda atada a sus extremos, la cuerda que hicieron nuestros abuelos para convertirlo en un columpio en que nos mecíamos entre risas y por el cual muchas veces peleábamos para que llegase el turno de cada una. Lo toqué y su tacto sigue siendo rudo, fuerte pero húmedo y rasposo, me senté tras varios años sin hacerlo, mi cuerpo había cambiado, y mi cintura ya no cabía entre aquel espacio pequeño donde nos sentábamos para ser columpiadas, aquella cinturita ya había desaparecido. Más allá, entre herramientas y leña, estaba nuestra vieja bicicleta, aquella que recorría toda la casa entera, acelerándola con ilusión y carcajadas y que me costó una buena riña con mi hermana. Ahora la cubre una fina capa de polvo y las pequeñas marcas de manitas ya se han borrado. No pude evitar llorar por los recuerdos, porque los años habían pasado demasiado rápido, porque estaba madurando, y porque echaba de menos aquellos días allí, riendo, comiendo las migas de mi abuela junto a mi hermana, bañándonos después en aquella pequeña e incómoda piscina que solía poner el abuelo. Y la gran pendiente donde, con nuestras bicicletas, corríamos cuesta abajo hacia la verja y repetíamos una y otra vez hasta que nos cansábamos. Y Aquellas risas de papá y mamá, todos unidos, cuando éramos una familia feliz. Encontré a Silvia sentada en su habitación, mi Silvia. En ese momento el tiempo pareció detenerse por un instante y recordé en un fugaz instante, todos los acontecimientos que ella y yo compartimos a lo largo de nuestra vida. Ella se quedó sin habla, y sentí como el corazón se hinchaba dentro de mi pecho, la abracé con fuerza, intentando desatar aquel nudo que apretaba mi garganta. Cerré los ojos e inhale ese perfume suyo que me gustaba oler cuando mamá la sacaba de la ducha. Acaricié su cabello, y después, la miré a los ojos, esta era mi hermana, aquella niña que había sido tan cálida y que ahora se había vuelto tan fría, esa niña que lloraba en mi hombro cuando sentía que el mundo no estaba hecho para ella. ¿Por qué tuviste que irte?, me preguntó y vi en sus ojos mucha tristeza. Le dije que necesitaba irme, olvidar. Entonces ella bajó la cabeza y en un susurro me confesó que aquellas noches en mi ausencia miraba mi foto antes de irse a dormir. Le dije que no la había olvidado, ¿cómo iba a poder hacerlo? era la única hermana que tenía. Se me partió el alma cuando le dije que volvía a irme, pues la ciudad en la que ahora residía formaba ya parte de mi vida, ya no podía cambiar el camino que elegí. No quería volver a estar sin Silvia, no volver a llorar por ella porque ese vacío suyo se me adhería como uña y carne. Aun así, le aseguré que intentaría volver siempre que pudiera. Ella unió su llanto con el mío y suspiró fuerte, muy fuerte. Cuando me dirigía hacia la puerta, el rostro de mi madre y hermana quedaron grabados en mi mente mientras yo les despedía con una sonrisa, sentí un inmenso dolor al ver a Silvia correr hacia mí mientras el coche arrancaba el camino, era tan joven, si tan solo pudiera entenderme. Finalmente conseguí atar en este corazón mío, aquel lazo roto que nos había mantenido alejadas, y cosí en mi boca, la promesa de un reencuentro.

1 comentario:

  1. Pues reencuéntrate con ella, ya. (Pero por Dios bendito, no puedo leer las letras blancas en el fondo negro)

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