domingo, 13 de febrero de 2011

A tu lado.




Hace tiempo que la sonrisa de Laura no aparece por su rostro, esa mujer que he amado toda mi vida no parece la misma. La observo comer en silencio, con una expresión triste, en como digiere cada alimento como si le costase hacerlo. Extraño ese cuerpo de mujer, en esa forma suya de mirarme y decirme a través de sus pupilas que aún quedaban esperanzas en este mundo, en nuestra cúpula de ilusiones y sueños. A pesar de que los años han transcurrido, sigo sintiéndola cerca de mí, con el velo de su falda rozando mi pierna, su risita de caprichosa cuando la miraba a través del retrovisor diciéndole que pronto le daría su premio. Aquellos días azules donde el sol era cómplice de su pelo rubio, el rosa de sus mejillas cuando besaba su frente, aquellos labios, donde un lunar reposaba en su comisura. Esa caricia en sus manos de muñeca, su cálido aliento en mi cuello cuando se curvaba para quitar la mesa. tantos recuerdos que aun percibo en el aire, Laura, mi Laura, mi mujer, recostada en la cama, abrigada con la manta que aun ata mi perfume, el sabor de las lágrimas corriéndole por el rostro, perlitas que he visto brillar últimamente y que no me gusta ver. Siempre acabo terminando a su lado, recostado junto a ella, solo que no lo sabe y yo me muero por besarla hasta que se quede dormida. Observo con una sonrisa el perfil de sus caderas, el cuerpo que consideré perfecto, aquellos pezones rosados escondidos bajo la fina tela de su pijama, su ombligo en forma de aceituna donde muchas veces he metido el dedo para oírla reír siempre que la veía decaída, su ser, donde he sentido el calor de una mujer, aquel espacio íntimo y placentero que nunca quise abandonar. Laura suspira, creo que es porque transpira mi esencia, su piel se eriza, el frio de mi ausencia parece acompañarla, de hecho lleva tiempo sintiéndome, habla conmigo como si aún quisiese aferrarse a la eternidad, donde juramos permanecer siempre, cogidos de la mano, como si fuésemos uno solo. Y ahora mi mano se siente sola, estoy aislado, enfadado, por no poder poseerla con ese amor con el que solíamos entregarnos, por no poder besar sus labios, tocar su rostro, su cuerpo, su cabello, por no poder preguntarle si en verdad la hice feliz, pedirle perdón por todas esas cosas que no tomé en cuenta. Laura coge mi fotografía, me reza cada noche, no quiero cerrar los ojos, no quiero partir, no sin ella. Sabe que la espero, aun pone plato para dos, nuestra canción favorita antes de irse a dormir, esperando el mañana, como si tuviese la ferviente esperanza de que yo estoy ahí y que todo ha sido una pesadilla. Se aferra a la almohada imaginando que es mi pecho quien la protege, acaricia mis ropas, y esconde la cabeza en la camisa que dejé manchada de cerveza. Viste sus pies con mis zapatos y me entran ganas de reír cuando la veo caminar entre tropiezos, ya que mi número le está dos pies encima de su talla. Así pasan los días, viendo como poco a poco su rostro va adquiriendo el paso de los años, ver como se le van cayendo los dientes, su perfume de siempre impregnado en su piel arrugada, la forma que tiene de deshacer la cama, y de nuevo el rezo. Hay días que visita el parque donde está aquel banco bajo el árbol donde nos besamos por primera vez, a veces se queda de día y llega en la noche, sumergida en el recuerdo, vestida de negro. Es de noche, una cálida manta de estrellas la alumbran mientras duerme abrazada a mi camisa manchada, ha llegado el momento, la veo estirarse, joven y hermosa, envuelta en un haz de luz, viniendo hacia mí, y entonces el mundo desaparece, puede verme, pronuncia mi nombre, acompaña mis pasos con seguridad y alegría, hemos creado el vivo recuerdo, la eternidad, la espera, emprendemos el camino a un mundo mejor, donde nuestros corazones volverán a ser jóvenes, por siempre.

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