jueves, 13 de enero de 2011



Noche mágica, noche esperada, la espero, sé que vendrá, la veo aparecer, si, es ella, lo sé, mi corazón me lo dice. Ójala ella supiera lo que produce en mí cuando entra por aquella puerta desvencijada, todo yo parece desmoronarse, pero no debo desvanecerme, está cerca, quiero tenerla aquí, quiero saltar sobre esta fosa para abrazarla .Me siento tan solo aquí, la envuelve un manto blanco, lleva la carga de la tristeza atada en los hombros, se siente en concordancia con este desapacible lugar de pérdida, llanto y soledad, huele a muerte y parece no darse cuenta. Las paredes de las fosas visten de moho, la verja está oxidada, tal como lo está mi alma, desterrada en el último ataúd del desaliento. El perfume de ella impregna el espacio que me separa de su cuello, de su perfil, es tan hermosa, dios mío, si que lo es. La lluvia golpea su rostro, humedece su cabello, quiero peinarselo, atraerla a mí, decirle que no todo está perdido, que yo vivo aquí, amándola en secreto. No deseo otra cosa que estrecharla en estos enormes brazos que yacen sin vida, amarla puramente, sin dolor, sin guerras, sin miedo. Compartir mis noches con ella, amanecer con la cabeza pegada en su pecho, rendirme ante sus atributos. Quiero robar la sangre que empapa cada músculo de su cuerpo y fusionarla con el mio, besarla, tocarla. De pronto un ruido sordo, se gira, me escondo, no quiero que me vea, no debo asustarla, pero... la necesito tanto. Un poderoso sentimiento se apodera de mí, no quiero hacerle daño, aunque sé que yo nunca haria eso. Se acerca, parece observarme aunque no puede hacerlo, parece tocar mi corazón pero lo que en realidad hace es acariciar el nombre que me dió vida y que sella el mármol donde yace mi sepultura. Entonces parece sonreir y yo parezco vivir de nuevo, casi floto a su lado, casi me parece tocarla, la hierba se blandece ante sus pisadas, el lecho del adiós. Me quedo con su sonrisa, su falda parece bailar con el viento, envidio el aire que respira, la ropa que viste su cuerpo, la piel que cubre su persona. Quiero ser la lluvia que escupe desde arriba para meterme entre la masija de su cabello y en cada poro, parece vacilar en si irse o no, pero no lo hace, ¿ me habrá podido oir?. Se sienta y acaricia mis oidos con historias jamás contadas, con leyendas que alimentan cada resquicio del pasado y del presente. Y justo cuando el sol hace su entrada entre las montañas, se despedeza y se limpia la falda, se marcha, y yo prometo esperarla, ser el guardian de sus sueños guardados bajo llave. Tres dias, semanas y entonces aparece de nuevo, la noto feliz, me siento vivir, noto palpitar su corazón en su pecho, dios mío, déjame ser el sentido de sus latidos, déjame ser su ángel de la guarda. Su dolor es grande, casi puedo oirlo, haria cualquier cosa por ella, renacer para amar, morir por amar. Y se va, dejándome en las cenizas de la inmortalidad, asignándome en un asiento donde la soledad será mi compañera de por vida. Y justo cuando la oscuridad es mi cómplice, ella me descubre y su rostro se descompone, lo sabia, intuia que este deforme cuerpo y este rostro que no va en armonia con su naturaleza, la asustaria, sus pequeños labios parecen estar a punto de llorar, pero en sus ojos veo misericordia, deslumbro una oportunidad, tal vez toque este corazón de piedra, este, que está deseando ser acariciado por sus palabras. Se acerca a mí, y siento que me iré a cualquier parte, su melena rubia roza mi mejilla, y entonces su oido acaricia mi pecho, el aurora nos aplaude, y una insólita estrella que ardia en esas noches de rezo, aparece para revelarnos el poder de nuestro encuentro y de ese beso que curará el veneno que me invade por dentro.

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