martes, 10 de agosto de 2010

Berenice

Ha vuelto a amanecer, de nuevo, otro día más en el que afrontar las huellas que dejó. Berenice, parece dormir en su cama, pero en realidad se que no lo está, piensa en él, también sufre y eso hace que yo muera cada vez más. Ojalá pudiera abrazarla, pero no quiero fiarme de mi intuición, ¿y si de verdad duerme? ¿O… quizás finge hacerlo? A veces es tan débil que siento que puede romperse entre mis brazos en cualquier momento.

Salgo por un momento a comprar el pan, el día está soleado, parece mentira que el sol salga de entre las nubes, anima los árboles, las calles, y deslumbra a las personas, mientras mi pequeña está triste. No quiero sentirme bien hoy, pero tengo que superarlo, por ella. De paso, le compro un trozo de pastel de chocolate, se que le gusta, vuelvo a casa, me fijo que tiene entre su brazo la foto de él, ha convertido a su padre en un fantasma. ¿Porqué tuvo que dejarnos? ¿Porqué pretendió engañarme con estúpidas palabras sobre viajes por causas del trabajo?, ¡mentiroso!, odio amarlo y odiarlo al mismo tiempo. El pecho de Berenice sube y baja y me reconforta saber que de verdad está dormida. Cierro la puerta de su habitación, me preparo un café, así puedo relajarme un poco. Salgo al balcón, abrigo mis brazos, pero en realidad no siento casi nada, me siento desnuda, mi cuerpo parece flotar como si yo también me hubiese convertido en fantasma. La taza de café calienta mis manos, se han vuelto ásperas y agrietadas, ¿cuanto tiempo hace que estas manos dejaron de ser bonitas?. Mis ojos obligan a mirar aquel retrato en donde está él, a pesar de todo, sigue ahí, sonriéndonos, fingiendo ser el marido perfecto. Lleva entre los brazos a Berenice, que feliz era, que bonita era su boca cuando fruncía los labios como una chiquilla que estuviera casi a punto de llorar, mi corazón se estremece, los ojos de mi pequeña brillaban tanto como el sol brilla ahora, iluminando este pequeño espacio en el que me encuentro. Vacié del armario toda su ropa, la metí con desdén en grandes bolsas de basura, enterré mi sentimiento allí, en una simple bolsa, con lo grande que era mi amor y que pequeño se había convertido de golpe. Le eché sus pertenencias a la cara, quise desterrar de mi mente aquella imagen suya, aunque sabia que no me iba a ser fácil, veintiocho años unidos y entregados no eran años que pudiesen ser olvidados. Recuerdo el rostro de Berenice cuando él cruzó la puerta.

- lo siento pequeña, he de irme.- fueron sus últimas palabras. Le grité que se marchara, y yo cogí a la pequeña y llorona Berenice, la abracé como si el alma se me fuera, lloraba y suplicaba que hiciese que su papá volviera, pero sabía tanto como yo, que eso no iba a ser posible. Ella, que calentaba su cuerpo con el suyo, aroma de mujer, aroma a fresa y a manzana, color carmín tatuado en su camisa, la amante perfecta y exquisita. ¿Como no pude darme cuenta antes?, ¿como no tuve siquiera el valor de abrir los ojos y presenciar que él llevaba los labios casi ahumados?, ¿ porque tuve que hacerme creer que ese perfume pegado a su piel era quizás mío?. Echo de menos la curva de su cadera rozando la mía mientras dormíamos en aquella fría cama, y también el olor de su aliento mientras me susurraba al oído que intentásemos discutir lo menos posible delante de nuestra hija. ¡Maldita sea!, ojalá no me doliese tanto ese vacío que va creciendo cada vez más, la soledad de una mujer abandonada. Tengo ganas de llorar, de vaciar mis ojos hasta que queden secos, quiero gritar hasta que se apague mi voz, pero… Berenice no se merece eso, ella necesita que mi mirada sea pacifica y amorosa. Unos pequeños y rechonchos brazos rodean mi cintura, Berenice huele a colonia y a virutas de lápiz, un mechón de su rubio cabello me hace cosquillas en la mejilla, me volteo y allí está, una obra de arte bien realizada, unos ojitos color chocolate que hacen de espejo, y esa pequeñita mancha de nacimiento que tiene en la comisura de los labios. La abrazo con fuerza, la acuno sobre mi pecho mientras observamos en como las nubes, que parecen algodon, se mueven haciendo formas sobre nuestras cabezas.

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