miércoles, 24 de octubre de 2018





Hace mucho que no publico algo, lo sé. ¿Meses? he perdido la cuenta. Después de las vacaciones siempre hay algo que hacer y eso conlleva a sumergirte en la temida rutina. Ahora he comenzado una nueva época donde mi prioridad abarca estudios. Pero publicaré algo pronto.

Ya extraño plasmar por aquí mis escritos. Siempre queda el papel. Es lo que se permite llevar una en el bolso cuando la inspiración aparece.

Lo dicho, sigo por aquí. Ya me pondré al día.

Abrazos literarios.


martes, 10 de julio de 2018

Pequeñas y grandes independencias







En los balcones oscilan banderas orgullosas y en los parlamentos los atriles están llenos de falsas promesas.
-Solo son papeles, falsas expectativas - decía Amanda. - El país está en llamas. Es una falsa independencia. Somos nuestros propios esclavos. Pero yo no estaré para ver el desenlace, mi vida acabará en unos probables 325 días.

Aquellas palabras me entristecieron. Sabía que era cierto, pero una nunca está preparada para volver a recordar la realidad una y otra vez. No en mi caso. Perder a una amiga no es fácil. Al igual que no lo es tampoco perder a alguien a quién queremos. 
Nos acompaña un cielo preñado de nubes de vapor, nubecitas deshilachadas. En la carretera somos dos salvajes que se independizan de la monotonía e hipocresía. Un combate de lengua contra lengua, nuestros sueños reflejados en el parabrisas. Y en la radio suena viejas épocas, Petula Clark vociferando downtown. Nosotras sacando la mano por la ventanilla. ¡Oh esta pequeña y gran independencia!  Los campos sembrados de tulipanes y girasoles, nuestras sonrisas, nuestra gloria. La ciudad quedó lejos, con sus estipulaciones y diferencias, un entrechoque de ideas invertidas. Amanda y yo somos dos sombras alegres en una carretera sin nombre. Ella con su pañuelo rosa en la cabeza, yo con mis rizos sueltos. Y en el maletero dos maletas con solo lo necesario. Ella con los días contados, yo con los míos por contar. Le hice una pregunta, antes de abandonar todo, antes de dejarnos en nuestros cincuenta metros cuadrados, en nuestro pisito en pleno caos céntrico, nuestra normalidad y realidad. Le pregunté cómo quería acabar, cómo quería su final. Ella me miró cautelosa y con una leve sonrisa en sus labios solo me dijo: llévame lejos. Solo eso.

Entendí que no quería regresar. No quería volver a sentir sus pies siendo esclavos de aceras sucias y compartidas. Quería una vida paralela, sin esperas, sin pruebas radiactivas, sin vías ni medicamentos. Su cabeza era ahora una superficie lisa y apenas surcada de vellito fino. Extrañé el volumen de sus rizos y el olor de la espuma fijadora en su cabello. Amanda seguía siendo Amanda, era eso lo que la hacía especial.

Así que aquí estamos las dos, bebiéndonos los kilómetros, escuchando viejas épocas, cantando y riendo, siendo libres al fin. Y no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá una vez que ella se marché para siempre. Pero no quiero pensar eso ahora. Hemos de vivir, hemos de exprimir los momentos que se nos conceden. La miro y estoy feliz por acompañarla en su aventura, su final. Siendo dueñas de nuestras pequeñas y grandes independencias.




miércoles, 6 de junio de 2018

Este jueves un relato: el cuadro



Estaba allí, bien puesto, sobre la pared. Era el único que mostraba la verdadera naturaleza de paz interior. Lo demás cuadros eran abstractos, formas simétricas y sin sentido para mi. Pero aquel cuadro significó un abrir de ojos. Una sala de espera solo tiene eso, cuadros sin sentido o pocos conocidos, sillas duras de plástico, suelos brillosos con olor a detergente; las puertas asignadas con número, rostros preocupados, mustios, impacientes. Yo tenia miedo, siempre lo he tenido. Miedo a las circunstancias imprevistas, miedo a vivir al limite, miedo por abrirme en libertad. Eran frecuentes mis visitas médicas, revisiones sin importancia, solo para cerciorarme de estar completamente servible y sano para vivir muchos años. Era muy importante para mi las revisiones periódicas. ¿Qué me dolía la cabeza más de dos días? médico. ¿Qué sentía palpitaciones o me sentía extraña? médico. ¿Qué me dolía el estómago o sentía nauseas? médico. Vivía pendiente de todo lo relacionado con mi salud y esa angustia la vivía en algunos cuadros. Siempre he pensado que cada cuadro contiene la esencia de uno mismo. Ese día, el cuadro que vi, uno distinto de todos los que he visto, abrió una parte de mi mismo que desconocía. Vi el reflejo del sol en ese mar en calma, aureolas anaranjadas que lamian el agua. Y el velero, tan solitario pero tan seguro de su trayecto que me sentí navegar en él. Supe que siempre hay un camino, que siempre hay calma tras una tempestad, que el sol siempre está ahí, tan alto y brillante, dándole color a las cosas, incluso las más pequeñas. Comprendí que yo soy el velero de mi propia vida, que puedo navegar sin temer las próximas tormentas. Me levanté de la dura silla de plástico y decidí reducir las visitas médicas. Salí de la sala de espera con una sensación de triunfo y con un poco de miedo, porque... ¿Quién dijo que era fácil?

martes, 22 de mayo de 2018

Jean Louis y Paris.




Una historia en Paris,
amantes furtivos y vidas paralelas.
Jean Louis que adoraba ver a personas totalmente distintas
y manejar sus destinos.
Jean Louis, que le encantaba el café bien azucarado por las mañanas,
que imaginaba diseños en su pequeño armario de soltero.
Que vestía siempre con vaqueros y camisas de colores claros.
Jean Louis que vivía en un ático de cincuenta metros cuadrados
en un barrio de Paris.
Que se enamoró cinco veces
en cinco sorbos de cada copa de Gin tonic.
Que a veces era un poco hipocondriaco durante diferentes horas del día.
Muy meticuloso con su salud,
ya su tarjeta sanitaria debía de tener montones de usos.
Jean Louis que besaba con los labios un poco apretados
y ojos cerrados.
Que sudaba cuando se levantaba cada mañana
y tocaba siempre su lado contrario de la cama
para imaginar por unos instantes la presencia de un cuerpo
hinchado de besos de una mujer.

Jean Louis y sus interminables preguntas,
preguntas como ¿Qué significa ser normal?
¿Qué significa estar solo?
lo vi en una película.
Paris. Una historia en Paris.
Con adoquines húmedos y martilleado de pisadas,
de historias entrecruzadas e imprevistas,
de pensamientos filosóficos,
de un vive, que aun te queda tiempo.

 Jean Louis dejaba sus latidos en cada baile,
flamenco, tango, cualquier baile que su cuerpo podia enseñarle.
El final era un final que te deja suspendido un poco del suelo.
El final era que el corazón de Jean Louis no tenia la suficiente maniobra de
camino por delante.
Por eso me he inventado un poco su vida, su final.
Porque este Jean Louis mío encuentra unos ojos afines a los suyos,
ojos que chocan con los suyos, dos meteoritos.
Que ya no tendrá que lidiar con un billete de ida sin vuelta,
Que ya no tendrá que usar un armario de medidas solteras.
Que ya no tendrá que tomar cinco sorbos de gin tonic para olvidar sus antiguos cinco amores.
Que ya no tendrá que inventarse la vida de los demás.
Ya no tendrá que usar diariamente su tarjeta sanitaria.
Ya no tendrá ese dolor de acariciar el lado frío de su cama.

Su corazón es ahora una empuñadora de acero.



lunes, 16 de abril de 2018

Relato juevero (Ama de casa)






Treinta y seis años. Treinta y seis años de rutinas,

de discusiones, de desaires, de armarios vaciados.

Un beso de: buenos días amor,

otro beso de: buenas noches y a descansar,

que al día siguiente se ha de despertar a las seis.

A quien madruga Dios ayuda.

Pero a Mary nadie la ayudaba.

Los platos quedaban pendientes en el fregadero,

una montaña de ropa en la cesta,

y Mary sentía como todo se le venía encima.

Salía a comprar en el mismo supermercado una o dos veces a la semana,

y aprovechaba el tiempo libre para leer algún clásico o el periódico matinal.

Sin embargo, las noches se les hacía espesas,

como si en su garganta se acumulase todas las tristezas de los años.



Procuraba usar cremas baratas que hiciesen al menos una ayuda

para su rostro cansado y pálido.

Intentaba comprar en los bazares e iba al mercadillo cuando el bolsillo se lo permitiese.

Luego el corazón a mil, la preocupación excesiva,

las desganas de comer, porque siempre les costaba llegar a finales de mes.

Pensaba: trabajamos, nos dejamos los huesos, me dejo la vida en escaleras y portales,

en productos de limpieza, ¿y todo para qué?

Para pagar impuestos, para pagar lo ajeno.

El agua, la luz, el gas, el piso.

¿Qué hay de mí, que hay de darme un capricho caro?

alguna crema de Estee Lauder,

Algún bolso de Judith Leiber,

algún diseño de Chanel, Dior,

algún perfume de noventa euros,

de esos que dejan huella hasta la noche.

Sentirse rica por un día,

lujosa, poderosamente mujer.

¿Quién no lo ha deseado alguna vez?



Las manos de Mary estaban ajadas,

secas. Las uñas a falta de calcio.

Las ojeras presentes,

Los labios firmes, ausentes de sonrisa.



Y es que Mary ya no era Mary.

Ya no era aquella jovencita ansiosa de experiencias,

con un billete destinado a una nueva vida.

Ya no era aquella joven con carpeta de apuntes bajo el brazo

para presentar la solicitud hacia la universidad.

Ya no era aquella jovencita alegre, parlanchina,

de tipo envidiable, cinturita de avispa,

sonrisa ancha y pícara mirada.

Ya no se abandonaba a los placeres de otros cuerpos

y otras bocas.



Mary había dejado de ser Mary cuando murió su madre y tuvo que hacerse cargo de cinco hermanos.

Mary había dejado de ser Mary cuando conoció a Pedro y tuvo a su hija Emily.

Mary había dejado de ser Mary cuando se dejó a sí misma en aquel asiento de tren

con las lágrimas manchándole el jersey que ella misma se había hecho,

para comenzar una nueva vida junto a su futuro marido.

Un hombre que juró sacarla del abismo,

y que incluso construyó su propia casa, allá en el pequeño pueblo,

donde todos se conocían,

y donde Mary terminó por adaptarse.

Pero un corazón ambicioso nunca acaba por amoldarse, conformarse.

Durante esos treinta y seis años Mary había sido esclava de su casa,

de rutinas vacías y sin esperanza,

esclava de los mismos pasos una y otra vez hacia el mismo lugar.

Esclava de la obligación de entregarse a su marido unas dos veces por semana,

siempre en las noches, solo un poco de tiempo,

solo para satisfacerle, para que él estuviese orgulloso de tener dos pares de tetas y una entrada.

Sin preliminares, sin besos largos y entregados,

sin caricias.



Mary se sintió pequeña y cansada.

Cansada de tener como profesión cuidar de su casa,

enjaulada como un pajarillo.

Necesitaba explorar,

desearse a sí misma.

Estudiar hasta sentir como su cabeza se hinchaba de conocimiento.

Necesitaba decirles a los vecinos que estaba bien,

que era feliz.

Sentirse hermosa,

inalcanzable.

Necesitaba algo que ni ella misma podía darle nombre.

Pedro solía hablar con ella,

solo un rato, con cerveza en mano,

y después sus ojos se iban a la pantalla,

hoy toca partido querida,

haz algo, plancha, escucha música, cambia esos muebles de ahí,

o mueve algún cuadro. Cocina, haz la comida para la semana.

Y mary lloraba a escondidas, solo un poco,

no lo suficiente, porque había aprendido a ser una mujer de su casa,

una mujer sin derecho de voto.

Una mujer fuerte,

nunca débil.

Los hombres no querían mujeres débiles ni llorosas.



Y un día sucedió. Sucedió que los platos siguieron en el fregadero,

la cocina descuidada,

las latas de cerveza en la basura sin reciclar,

la cama sin hacer,

el maquillaje barato de Mary encima del tocador.

el armario ausente de su ropa.

Los zapatos desgastados debajo de la cama.

Las ventanas cerradas,

y la persiana a medio subir.

Los papeles del divorcio preparados encima de la mesa.



A Pedro se le cayeron las palabras al suelo,

se le encendieron las mejillas.

Y para evitar el silencio palpable y angustiado de un hogar ausente,

decidió poner el cassette. 

Y vio que una última canción había sido escuchada. 

Cuando lo reprodujo se sintió viejo,

destrozado, roto.

Perales cantaba la balada de una marcha,

de estar harta, de verle cada día, de compartir su cama, de domingos de fútbol,

de la falta de las caricias por la mañana.

Y ese amor, ay ese amor que ya no sabía si era amor se marchó por la ventana.



Y Pedro musitó incansablemente el nombre de Mary.

Lo masticó entre los dientes, con dolor, con rabia.

Y la firma de su libertad encima de la mesa,

la firma de Mary,

y los treinta y seis años tirados a la basura.



Mientras tanto, en el vagón de cercanías,

Mary sonreía por primera vez,

se sintió poderosa, libre.

Llevaba en su regazo los recién imprimidos papeles

para el acceso a la universidad para mayores de cuarenta y cinco años.


Sara G.




lunes, 19 de marzo de 2018

Primavera



Se va el soplo del norte,
la piel fría.
Las hojas muertas y arrastradas en las aceras;
las cortezas frías y ásperas de los árboles,
el murmullo del viento,
la amenazante presencia de la tormenta.

Solsticio de invierno.
La ropa que tarda en secarse,
los propósitos a medio hacer.
Los cristales escarchados.
Las desganas de salir,
la humedad que araña los huesos.

Se va la tristeza del invierno,
las bufandas que aprietan los cuellos,
que esconden la voz.
Pronto quedarán en el armario
las prendas gruesas, las mantas y las orejeras.

Se van los días largos,
las noches a destiempo,
la cruda dedicación del sol,
la pluviosidad. 
La Nieve. 
Adiós a la tristeza de Deméter.

Pronto llegará la bendita primavera
que empieza a brotar débilmente,
Dejándose ver despacio
en los almendros, albaricoqueros, damascos, cerezos.
La caricia del sol que se prolonga,
la primera estación.

Si, se aproxima. 
Lo noto en las sonrisas de los viandantes,
en el leve cambio del tiempo.
Es como una presencia que flota, que palpita. 
El sol, que permanece cómodo,
y las rugosas nubes que se alejan pronto. 
Lo noto en los maceteros, que regados por manos
amorosas, reverdecen. 

Primavera, tu aliento flota.