lunes, 20 de marzo de 2017

Mi planeta, tú.





Sobrevivo en el último bar de la esquina.

Suena en la radio una oda hacia el amor.

Convivo con el martirio de una copa de brandy.

He tejido palabras absurdas en servilletas.

Los de aquí apenas conciben miradas de compasión.

Hay abismo en sus ojos.

Sufro de nostalgia,

Entre tejados, salidas y nombres.

No te encuentro.

Deseo poder meter en un frasco todos los planetas sin que se escape ninguno.

Tú eras el planeta que más brillaba.

En mis manos, mis ojos, mi sonrisa.

Ahora eres Marte.



Eres un llanto sin sonido.

Una caracola ausente de mar.

Hubo un instante en que tus dedos sostuvieron la mujer

Que estaba explotando dentro de mí.

Nos sobran las ganas, nos sobran las palabras.

Nos sobra el placer, nos sobra la verdad.






miércoles, 1 de marzo de 2017

Este jueves un relato: historia en una escalera.





Su historia comenzó en el penúltimo peldaño de la escalera. Comenzó con una mirada. Luego los susurros en lo alto, en el rellano. Solía asomarse para observarla sentada en uno de los peldaños. Ella llevaba siempre un libro en el regazo, y usaba zapatillas converse. Había algo especial que le hacia seguir el ritual día tras día. Él aguardaba a que ella solo alzase la mirada y lo viese allí, de pie, solo y pensativo. Solía escribirle cuando llegaba la noche, le hablaba de lo hermosa que la veía, de lo solitaria y genuina que era su presencia. Y ella nunca leyó esas cartas. Las palabras se las tragaban las escaleras. Conforme pasaban los meses, ella sumaba escalones. En vez de sentarse en el mismo lugar, subía otro peldaño y allí se quedaba. Él solía escucharla hablar con sus amigas, solía oírle decir que la vida se le escapaba, que a veces incluso sus sueños eran como aquellas escaleras: empinados y estrechos. Sus amigas callaban, daba la impresión de que no sabían a que se refería exactamente. Pero él si lo sabía. También él se sentía perdido en vitalidad y deseo. Hasta que la vio por primera vez.



Una tarde de mayo ella escuchó por primera vez el susurro de sus labios. El de su admirador. Alzó la mirada. Él estaba allí. Sonreía. Y ella se sintió a salvo. En el penúltimo peldaño de la escalera ambos compartieron una historia que les llevó a traspasar los límites más hermosos de la vida. Decidieron ser libres. Él cogió su mano, miró sus ojos y dijo que ahora sus sueños ya habían alcanzado el camino. Había subido a lo alto. Habían aprendido el uno del otro sin darse cuenta. Aquellas escaleras tenían la respuesta.

domingo, 5 de febrero de 2017

Este jueves un relato: Dias de nieve.







La nieve que cae son lágrimas de cristal. Pronto los tejados son arropados por abrigos blancos. Observo por la ventana. Asomo mi mano. Me lleno de nieve, son besos de terciopelo. Es un día colmado de paz, silencio. Es un susurro del cielo. El invierno. Me permito disfrutarlo, pocas ocasiones son las que el nieve viene a vernos. En la calle pasea una niña sola, vestida con un abrigo rojo. Su pelo rubio se funde con la blancura del día. Apenas distingo su rostro. La veo de espaldas, caminando tan despacio que cada pisada es una caricia. Es la pequeña Reina de las Nieves. La escucho susurrar algo, y después desaparece en la esquina. El silencio vuelve a inundarme.

 Días de nieve leo en las portadas de los periódicos. Chimeneas que escupen columnas de humo. Mi calle es una cintura estrecha. Apenas pasan sombras. Cuando los oigo caminar me asomo. Soy participe de sus soledades, inquietudes. La fotografía de un bebé reposa sobre la estantería. Vuelvo a verla con la esperanza rota. Hace años me la robaron. Fue un día de nieve cuando la sostuve por primera vez en mis brazos, la cálidez de su frágil cuerpo sobre mi pecho. La felicidad parida de mis entrañas. Jamás había amado tanto a alguien como la amé a ella en ese instante de mi vida. Después me la arrebataron y horas después dijeron que estaba muerta. Mi hija muerta. ¿Cómo puede un dolor así hacerte levantar? Nunca he dejado de rezarle, de soñarla.

 La pequeña Reina de las Nieves vuelve a hacer presencia y yo me conmuevo con su presencia. Vuelvo a verla con su abrigo rojo y su pelo rubio y por un momento no sé si es producto de mi imaginación, si acaso ella existe. Pero la escucho susurrar, hablar por lo bajo. Y distingo un pequeño sobre en su mano. Me oigo preguntarle si necesita algo, si acaso se ha perdido. Y ella me mira. Tiene un rostro de muñeca, ojos pequeños, tal vez vacíos. Me dice que busca la boca de un buzón, un nombre que no logra encontrar. La invito a entrar. Por un momento se queda quieta, debatiéndose entre aceptar mi invitación o desaparecer en la esquina. La nieve empieza a adherirse con espesura sobre su abrigo y su pelo. Hace frío, sube, vuelvo a decirle. Y ella por fin acepta. Sus pasos cortos y tímidos suben por la escalera. Cuando llega a mi puerta, veo por fin su rostro de cerca. Algo en ella me fascina, me hace pensar. Me parece haberla visto en alguna parte. Me da el sobre ya arrugado y manchado de agua seca. El contacto de su mano es una leve caricia. Mi corazón palpita con fuerza. En el sobre pone un nombre, el mío. Y debajo una frase:


- Mi madre.

jueves, 26 de enero de 2017

Este jueves un relato: soledades




Vivo a diario una retahíla de emociones y soledades. Paseo por pasillos silenciosos y llenos de vida. En cada habitación se esconde un alma que ha vivido los suficientes años para contar sorprendentes historias. Sus rostros estàn marcados, llenos de mapas. He visto soledades preciosas, carentes de tristeza. Y hay otras soledades que no pueden aliviarse. Están sentados en sus correspondientes mesas, no queriendo entablar conversaciones. Se refugian en ellos mismos, entre fotos, recuerdos y rutinas. He oído de sus labios que los años son los que traen la soledad. Que es duro ver como te arrugas y que no logras decir lo que ansías. La vejez es la última cosa que uno espera de si mismo. Algunos cuelgan espejos detrás de las puertas, otros no quieren volver a verse nunca más. Los hay que esperan visitas como si esperasen el mayor regalo de sus vidas. y también los hay que prefieren estar solos, porque para ellos ya es suficiente, han hecho lo que tenían que hacer. Están ahí para esperar, para irse con la mayor alegria posible. Nuestro trabajo no solo consiste en cuidarles y limpiarles. Va más allá. Nosotros abrazamos sus soledades, procuramos iluminar sus miradas y sonrisas. Procuramos que se vayan de este mundo con la mayor paz posible, amándolos por como son, aceptándolos.


Mi trabajo es duro y un poco triste, algunos lo pensarán. Pero la recompensa es preciosa. Es verlos bien, cuidarlos, hacerles ver que aún sirven para hacer lo que deseen. Hacerles útiles y maravillosos. Es hacerles sobrellevar un poco mejor la soledad que cargan en su corazón.

Ella







"Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacía la luz".


(Extracto del libro el grito silencioso, del autor Kenzaburo Oé)

Estaba irreconocible, tumbada y dormida, lejana. Le habían asignado una habitación en la planta de cuidados intensivos. La estancia estaba en penumbra. No se escuchaba ningún ruido, solo el de su respiración. La única compañia que tenia era la de su hija, que sentada en el sillón, la observaba como si desease decirle tantas cosas. La noche se había presenciado. Tocaba esperar, con la esperanza de volver a verla bien, tan ella. Quejándose de todo, pero siempre con una sonrisa, y siempre hablando. Se tambaleaba cuando caminaba unas millas, percibiamos el olor de su discreto perfume, y reíamos al ver su cabello que nunca estaba en orden. La llamábamos por su apellido, nunca por su nombre. Cuando comía, siempre le daban las horas. Masticaba cada alimento como si fuera el último, sin hablar apenas con nadie, siempre tan suya. Decía que no se sentia afín con el mundo, que aquel no era ya su hogar, que ella ya estaba lejos. Antes de dormir solía mirar el retrato de su esposo ya fallecido. Pensaba, siempre pensaba. Tenía un rostro bonito y terso, el rostro de una mujer que le ha gustado lucir hermosa. Fueron pasando los días, y con ellos su debilidad. Le gustaba encerrarse en su habitación y en su silencio, en la antepenúltima habitación del pasillo, con la puerta semiabierta. Se despertaba con nuestra voz. Era una de las cosas que recordaba, nuestra voz, la que tanto se había acostumbrado y a la que ahora no podia prescindir. Su rostro empezó a cuartearse y palidecer. Sus facciones estaban flácidas, ensombrecidas. Sus manos frágiles y casi rotas. La mandíbula ya era una caja vacía de dientes. Y su voz... su voz empezaba a desaparecer, perder su tono. El tiempo, decia ella, era una sala de espera.

Es duro verla postrada en otra cama que no es la suya, vestida con un camisón, y no con su falda y camisa. Es duro saber que su habitación pronto perderá su luz y que la puerta antes semiabierta, se irá cerrando poco a poco.


https://www.youtube.com/watch?v=cM5G3a-XOjU&list=PLtVCxuIWSa_4ts4GKnZSHT6C49LFyMURS&index=2


Esta canción es para ti.





viernes, 20 de enero de 2017

Relato juevero: De tutores y tutorias







Sólo estábamos la madre de la amiga de mi hija y yo. La clase aún estaba vacía, con ese pequeño desorden que dejan los niños. La pizarra estaba manchada de tiza borrada. Me pregunté que tema habian dado ese dia. Recordé escuchar a mi hija quejarse de lo aburrido que era estar alli. La tutora aún no aparecia. Ambas empezamos a mirarnos nerviosas. No escuchábamos nada, ni siquiera pasos. Pasada media hora decidimos tomar cartas en el asunto y preguntar a alguien si la tutora vendria o no. Salimos de la clase y buscamos. No habia nadie en el pasillo. Era como un colegio fantasma. Hasta que oímos un sonido muy peculiar en una puerta. Ambas nos miramos y asentimos. Cuando abrimos la puerta vimos entre fregonas y cepillos de barrer a la tutora haciéndoselo con el conserje. Ya os imaginaréis la cara que se nos pondría a los cuatro.

jueves, 19 de enero de 2017

Este jueves un relato: ¿Juegas conmigo?













Tenia ocho años cuando conocí a Cloe. Aquel día yo jugaba en mi balcón y su voz despertó mi mundo. Ella estaba a dos balcones del mío. La escuché llamarme con un silbido. Al principio no supe que se dirigia a mi. Cuando nuestros ojos se encontraron supe que yo era la elegida. Recuerdo que esa mañana el cielo tenia destellos rosados. Me preguntó como me llamaba. Dijo que se llamaba Cloe. Quedamos en vernos en nuestra calle. Tenia los ojos bonitos, de color celeste. Las mejillas finas y delicadas y una amplia frente limpia. Su pelo rubio se ondulaba por las puntas. Jugamos al escóndite y soliamos llamar a los timbres de las puertas para después salir corriendo. A Cloe le divertia mucho.

-¿No crees que estamos siendo niñas malas? - le pregunté con la conciencia de no saber si lo que haciamos era lo correcto o no.

-Somos niñas, y a nuestra edad es normal tener travesuras- dijo con los ojos brillantes.


A veces Cloe se refugiaba en su mundo y no me permitia entrar en él. Solia verla sentada en su balcón, con las piernas cruzadas y la mirada cabizbaja. Yo le preguntaba que le pasaba y ella me decia que no tenia ganas de hablar. A veces yo bajaba a la calle y daba cortos paseos, buscando alguna distracción. Un grupo de niños buscaban en un contenedor de basura. Me acerqué a ellos y quise participar pero decian que las niñas no podian entender aquel juego. Enfadada y aislada volvia a casa. Pasaban días hasta que Cloe llamaba a mi puerta. Cuando estábamos juntas éramos como invencibles. Nada me daba miedo. Las horas escapaban a nuestro control.
Me gustaba estar a su lado. Era como la hermana que nunca tuve. Soliamos jugar a la rayuela, al pilla pilla y a juegos de mesa. En ocasiones buscábamos tesoros qué descubrir. Nuestra calle solo tenia balcones y edificios, era una calle pequeña de un barrio pequeño. Pero para nosotras era todo un descubrimiento. Había un pequeño jardín correspondiente a una casa y se nos tenia permitido jugar allí. Nuestro mayor descubrimiento fue una família de gatitos que se encontraban viviendo en un edificio abandonado. Los escuchábamos maullar pero no podíamos entrar. Con el paso del tiempo, dejamos de oírlos.

A Cloe le entristeció mucho. Intentaba animarla, pero volvía a sumergerse en si misma. Una tarde de lluvia ella llamó a mi puerta. Mi madre la invitó a pasar y ambas nos metimos en mi habitación. Estaba más silenciosa que otras veces, lo cual me resultó extraño. Le pregunté que le pasaba y tras un breve silencio dijo que se mudaba. La noticia me golpeó. La lluvia repiqueteaba con furia la ventana. Era como si también ella se sintiera como yo. Cloe cruzó las piernas y bajó la cabeza. Aquella tarde los ojos de Cloe tenian un color más apagado. Apenas distinguí en ella a la niña aventurera y traviesa que conocí. Cloe había madurado.

-¿Pero adónde te marchas?- pregunté sintiendo como el suelo de mi habitación dejaba de existir.

-Mis padres dicen que al Norte- respondió en un susurro.

No volvimos a hablar. Nos quedamos allí sentadas, haciéndonos compañia, asimilando la noticia. Sabíamos que aquello nos separaria.

-Nos mandaremos cartas- dijo con esperanza.

Nos lo prometimos. El dia que Cloe se fue yo bajé a la calle para despedirla. Era la primera vez que veía a sus padres. El maletero de su coche estaba lleno de maletas. Sus padres no decían nada. Cloe estaba sentada en el asiento de atrás. No dejamos de mirarnos. Cuando el coche arrancó, mi corazón también lo hizo. Cloe se despidió de mi sacudiendo con tristeza su mano.

Cada año ambas nos mandábamos cartas, como habíamos prometido. En una de esas cartas solo rezaba una frase: ¿Juegas conmigo?
Sentí el impulso de asomarme en el balcón y allí abajo estaba ella, sonriéndome como el primer día que nos conocimos.